Punto Uno
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Por Pablo Borla
Hoy en día, muchas personas desconocen que es una perinola, a pesar de que ya se jugaba en la Roma Antigua y está presente desde hace muchísimo tiempo en los juegos de la Janucá judía. Consiste en un dado conformado por un poliedro tipo peonza de cuatro o más caras, en el que figuran expresiones como “Toma todo” o “Deja 1”, lo que define la suerte del jugador que la echa a rodar.

Por una cuestión, quizás de afán lúdico, en nuestro país estamos acostumbrados a que a algunos dirigentes políticos o importantes empresarios, siempre la perinola se les detenga mostrando su feliz faceta de “Toma Todo”.

De allí este vergel de riquezas llamado Argentina, con lugares en donde “pateas la tierra y ya te crece un tomate”; ex ejemplo internacional de colección de ganado pastando disperso y ofreciendo a disgusto su carne, su cuerno, su leche o su lana; manantial de cuencas de agua dulce y minerales brillantes que alimentaron el sueño de El Dorado; proveedora de buena madera, abundante grano y negro petróleo, fue despojado sistemáticamente por oportunistas sagaces que han sabido llegar a poder hacerlo desde la legitimidad de las urnas o la imposición de la fuerza, con complicidades varias, con aliento y apoyo extranjero, con “criollos que nos venden y gringos que nos compran” al decir del contundente Jauretche.

Nunca les importaron caminos ni métodos para obtener beneficios.

Legión de amorales, históricamente cipayos, ideológicamente racistas, convencidos de que el país les pertenece.

Y a veces da la impresión de que esa perinola está “cargada” dependiendo de quien la tire, porque cuando le toca al humilde, al trabajador, a la persona de bien siempre, aunque no figure en la perinola, sale “Todos pierden”.

Y se exhibe así de compromiso, como para figurar, porque en realidad no todos pierden, sino la mayoría.

Al margen de aliados ocasionales y de oportunistas coyunturales, en Argentina desde hace siglos ganan los mismos, en una suerte de magia, fortuna o alquimia que se va transmitiendo de padres a hijos, como un sucesorio sumarísimo.

Su contrapartida, la miseria, también se transmite por generaciones, y -salvo una lotería azarosa, un talento impensado e impar para el deporte o el arte- salir de la pobreza es casi imposible, o quizás, tan solo, mejorarla un poco, en un país en el que aún la universidad es gratuita (a pesar de que gente como la ahora “capitalina” María Eugenia Vidal la desprecie) y puedan intentar, con esfuerzos enormes, titánicos, apartarse de esa noria generacional.

En las próximas elecciones nacionales se define si varios de los auspiciantes de la riqueza propia y la pobreza ajena retoman fuerzas, cuando la pandemia parece ir diluyéndose lentamente, y van por lo poco que queda.

Algunos ya encontraron huecos en las leyes que intentan proteger los intereses nacionales y se convirtieron en contrabandistas, vendiendo grano por países vecinos, que se benefician de arriba del producto argentino. Y ellos también, por sobre todo, evadiendo los impuestos que los giles pagan.

Otros van por el agua dulce o por lo que sea. A raspar el fondo del tarro, si se lo permitimos y cuentan con aliados y auspiciantes poderosos en los medios y en los estrados judiciales.

Han evolucionado. Antes, auspiciaban cruentos golpes de estado (a veces aún lo hacen como pasó recientemente en la hermana Bolivia) pero es más práctico el golpe desde la Justicia, con aval y un supuesto derecho aplicado que deja al arbitrio del juez amigo ese espacio gris que los justifica.

En medio de ello, un electorado apático, que demuestra en el voto en blanco su bronca, resentimiento y escepticismo. Porque siente impotencia y no sabe más como hacerlo, puesto que los nuevos se parecen mucho a los de antes, pero con un marketing diferente, lleno de sonrisas, bailes y globos.

Y cuando surge un debate como el difundido en las Redes, con una docente exaltada y fuera de sí y un alumno irrespetuoso y desubicado; un debate mal encarado, sin planificar, sobre política en un colegio público, se huye de él por ser de tono político. Porque Política es una mala palabra y lo mejor, siempre, para quienes sacan su beneficio de ello, es que no se debata de nada que cuestione el statu quo.

Lo que quieren es que siga girando la perinola y que salga Todos Pierden para que unos pocos, sin jugar siquiera, sin azares ni sorpresas, ganen.