Franco Hessling Herrera
El modelo que representa Milei, quien se arrodilla ante Trump y castiga públicamente a un adolescente con autismo, encarna el tipo de líderes de la mentalidad exitista y pragmática: mendicantes con los poderosos y verdugos con los débiles. Tiempos de líderes cobardes.
Son tiempos de liderazgos con escasas virtudes de aquellas que traían consigo los consagrados guerreros medievales, que tanto enorgullecían a las clases nobiliarias y que nos habían legado valores como la gallardía, la hidalguía, la valentía y la entereza para no doblegarse ni claudicar aun ante la adversidad más contundente.
Los guerreros tenían el honor de ser la guardia y defensa de sus caseríos, pueblos o señoríos. Le plantaban cara a las amenazas externas y aunque esos ataques fuesen de lo más potentes esos guerreros eran los que, como se dice popularmente, morían con las botas puestas, sin irse para atrás ni aflojar en la integridad de su encomienda: enfrentarse a las amenazas y defender a los suyos.
Esas cualidades bélicas se trasladaron al campo de la política, que algún pensador supo definir como el terreno a través del cual se practica la guerra sin derramamiento de sangre. La valentía, la entrega, la fortaleza, la entereza y el ofrecimiento de la propia vida por sus comunidades pasaron a ser virtudes ansiadas para cualquier dirigente que orientara los rumbos de una comunidad, población o, más cerca en el tiempo, de un estado. De alguna forma, esa clase de dirigentes políticos se presentaban como los líderes que generan la tranquilidad de un padre/madre: nos hacen sentir más seguros y protegidos, como si ningún mal podría afectarnos cuando estamos bajo su cuidado.
Esos liderazgos, herederos de las características de los guerreros medievales y de la antigüedad, fueron los factores que por mucho tiempo conformaron los talantes de las autoridades carismáticas que teorizó Weber. Es decir, esa fortaleza para defender, proteger y enfrentarse a los poderes amenazantes eran los rasgos de personalidad sobresalientes de los y las líderes políticos. Máxime cuando se trata de pueblos, naciones o estados que no han estado del lado de los vencedores, los poderosos y los ricos. Es decir, cuanto más historia de opresión, más valorados los liderazgos insurrectos contra los poderes dominantes.
Los mencionados liderazgos dieron lugar, lógicamente, a cierta forma de jerarquía paternalista. En ello se traslucieron también idolatrías y admiraciones obcecadas, propias de los efectos del liderazgo carismático. Esa valentía para enfrentarse al poderoso daba un halo de heroísmo mítico a los dirigentes políticos en los lugares del mundo postergados. De allí que el antiimperialismo, el rechazo a la dominación de las potencias y la reivindicación de autodeterminación hubieran sido tan importantes durante la mayor parte de las historias de los estados nacionales latinoamericanos. Los líderes podían triunfar o fracasar en el intento, pero jamás claudicaban ante los más fuertes y potentes. Se trataba de dirigentes caracterizados por sus férreas convicciones y su bravura.
Esa clase de liderazgos dieron lugar a más derrotas que victorias. La lógica indica que los fuertes se imponen a los débiles y que Goliat le gana a David, aunque puedan haber excepciones a la regla. Ese acostumbramiento puede haber hartado a los espíritus criados en el existimo de la victoria y los laureles fáciles, que ya no se conformaban con derrotas heroicas y líderes valerosos. Empezó a primar la preferencia por victorias pírricas y liderazgos tácticos que, aunque sin virtudes destacadas ni valores que enorgullezcan, consigan pragmáticamente conquistas, resistencias o sensaciones de triunfo. Se empezó a valorar la posibilidad de estar entre los ganadores, aunque sea como cola de león, antes que conseguir una derrota autodeterminada como cabeza de ratón. Ser furgón de cola de los Estados Unidos, por ejemplo, empezó a ser mejor visto que ser una país soberano donde el precio del dólar, moneda foránea, sea más castigado por el mercado de valores, dominado también por intereses extranjeros.
Esa nueva mentalidad exitista, pragmática y desapasionada de valores como la valentía engendró un nuevo tipo de liderazgos. Ya no se trata de plantarse ante los poderosos y ser solidario con los más débiles sino, todo lo contrario, se trata de ser verdugo de los vulnerables y ariete de los fuertes. Y no es que esa ambigüedad sea exclusiva de Javier Milei, que es un gatito mimoso de Trump al mismo tiempo que se atreve a humillar públicamente a un púber autista como Ian Moche. Es una tendencia de época que puede observarse en el propio Trump, que humilla a Zielensky y a los inmigrantes, pero guarda las formas ante Putin y Xi Jiping.
A nivel local, imperan el mismo tipo de liderazgos, cobardes ante los más poderosos y verdugos ante los débiles. Gustavo Sáenz se arrodilla ante la Casa Rosada mientras persigue a maestros que hacen huelga por sus magros ingresos. Emiliano Durand se ufana de jubilar -una atribución que no le compete- a un sindicalista burócrata, pero se doblega ante Sáenz, quien lo culpa entre bambalinas por las derrotas electorales del oficialismo. El liderazgo de moda, que nada tiene que ver con los valores que se supieron rescatar de los guerreros, es un liderazgo tipo bullying: abusa de quienes de por sí son inferiores y se arrodilla ante quienes, en principio, son superiores.

Mario Casalla
Antonio Marocco