
Hoy martes 17 de febrero, el Corso de la Ciudad llega a su fin, marcando el cierre oficial del carnaval salteño. Durante varias semanas, el corsódromo ubicado junto al estadio Padre Ernesto Martearena fue el epicentro de la alegría, la música y el color que caracterizan a esta celebración.
Cada fin de semana, siempre que el clima lo permitió, miles de personas se congregaron para disfrutar de un espectáculo que combina tradición, creatividad y pasión popular.
Las primeras fechas se vieron afectadas por intensas lluvias, lo que obligó a reprogramar algunas noches. Sin embargo, lejos de apagar el entusiasmo, esta circunstancia reforzó el compromiso de las agrupaciones y del público, que esperaron con paciencia para vivir la fiesta en todo su esplendor. Finalmente, más de 40 comparsas, murgas y agrupaciones desfilaron por la pista, con la participación de más de 4.000 bailarines que llenaron de brillo y energía cada jornada.
El Corso de la Ciudad no es simplemente un evento festivo: es un legado cultural que se remonta a fines del siglo XIX. Los primeros registros documentados datan de 1891, cuando los desfiles se realizaban alrededor de la Plaza 9 de Julio. Desde entonces, el carnaval salteño ha evolucionado, adaptándose a los cambios sociales y culturales, pero manteniendo intacta su esencia de encuentro comunitario y celebración de la diversidad.
La riqueza del corso radica en su carácter de crisol de culturas. En él confluyen las herencias europeas con las raíces locales, dando lugar a una fusión única que se expresa en los trajes, las coreografías y la música. Las murgas, con su humor y crítica social, conviven con las comparsas que despliegan un estallido de color y ritmo. A su vez, las tradicionales “carpas” aportan el calor de la música popular y el encuentro familiar, consolidando al carnaval como una de las expresiones más representativas de la identidad salteña.
Cada agrupación que participa en el corso es el resultado de meses de preparación. Los trajes bordados a mano, las carrozas decoradas con esmero y las coreografías ensayadas con dedicación reflejan el esfuerzo colectivo de barrios enteros. Para muchos, el carnaval es más que una fiesta: es un espacio de pertenencia, donde se transmiten valores de solidaridad, trabajo en equipo y orgullo cultural.
El corsódromo, inaugurado para dar mayor comodidad y seguridad al público, se ha convertido en un símbolo moderno de esta tradición centenaria. Allí, familias enteras se reúnen para compartir la experiencia, turistas descubren la riqueza cultural de Salta y los artistas locales encuentran un escenario para mostrar su talento. El cierre de este martes no solo marca el final de las celebraciones, sino también el inicio de la cuenta regresiva hacia la próxima edición, que cada año renueva la ilusión y la expectativa.
En definitiva, el Corso de la Ciudad 2026 reafirma que el carnaval salteño es mucho más que un espectáculo: es memoria viva, es identidad compartida y es una fiesta que une generaciones. Desde 1891 hasta hoy, el corso ha sabido reinventarse sin perder su esencia, consolidándose como una tradición que late en el corazón de la ciudad y que seguirá iluminando las noches de febrero por muchos años más.
