Punto Uno
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Por Natalia Aguiar
La gestión de Alberto Fernández parece estar en un círculo vicioso de crisis, ya que no termina de salir de una y empieza otra secuencia. Quizás por ello, al iniciar la noche del sábado una gira europea, se ilusione con las bendiciones papales.

La semana pasada fue compleja para el Gobierno, mientras por un lado se disputaba la continuidad o no de Federico Basualdo, hombre de la Cámpora, la cuestión tomó otro tono cuando culminó con el insólito rechazo del oficialismo al fallo de la Corte Suprema de Justicia a favor de las clases presenciales en la ciudad de Buenos Aires. La secuencia lleva a un mayor debilitamiento político del presidente y del ministro de Economía, Martín Guzmán, que transita por la cornisa nevada y con deshielo. Que Alberto pueda ver la luz al final del túnel en ésta gira europea, que inició el sábado en busca de apoyo externo para negociar la postergación de un pago con el Club de París de US$ 2.400 millones, y que además necesita de acuerdo previo con el Fondo Monetario Internacional. La luz plena llegará cuando vea al Papa Francisco, y que esa energía irradie a todos los argentinos.


Tras el fallo de la Corte, en el que cuatro de los cinco ministros votaron en un mismo sentido y avalaron la autonomía de la ciudad de Buenos Aires, la “foto de la unidad” en el acto de Ensenada no fue más que puesta en escena de campaña para intentar encubrir las evidentes diferencias dentro del Frente de Todos. No está claro el rumbo a tomar, a seguir a encarar ahora, antes de las elecciones, ni después. Una postal que decidieron inmortalizar para desafiar a la Justicia y a la oposición. Claro que, si bien el fallo de la Corte es técnicamente correcto, devela falta de poder en el presidente Alberto Fernández, porque la Justicia federal y la Corte suelen ser termómetros del poder Ejecutivo. No se hubieran jugado tanto los ministros, si ese poder no estuviera mancillado como parece. O quizás decidieron resolver ajustados a derecho ahora, antes de las elecciones respecto de la autonomía porteña, y dejaron el tema de los puntos de la Coparticipación para después de las elecciones nacionales. Una de cal y una de arena. Los jueces no son incrédulos y votan termómetro en mano. Lamentablemente.


Postal de unidad
Tras esa fotografía de unidad del Frente de Todos, Alberto se mostró con un discurso altanero e inseguro, incluso desconociendo la división de poderes que erige nuestra forma de gobierno representativa republicana y federal. Lo peor fue que dejó en claro que el poder real está en manos de la presidenta, perdón de la vicepresidenta. Es ella quien lleva la sartén por el mango.


Ante un fallo desfavorable al Gobierno, el mea culpa y la introspección hubieran sido una buena alternativa, en vez de buscar traiciones. Quizás pensar que la forma debió ser otra y no a través de la altanería de un decreto plenamente inconstitucional, alejado de la concepción democrática de gobierno y ajustada más al autoritarismo de personas inseguras o carentes de proyectos certeros. Grita, grita que algo quedará, pero ahuyentan y desconciertan. Transforman una crisis institucional en política. Y esto resta, no le suma a nadie.


El descarrilamiento económico
Estamos ante un abismo en plena niebla, sin saber dónde pisar a ciencia cierta. El Gobierno no nos da señales de sapienza o seguridad en sus decisiones, por el contrario, genera aún mayor confusión. Si bien Cristina y Alberto compararon sin sonrojarse las políticas económicas del kirchnerismo con las del presidente norteamericano, Joe Biden, el populismo parece haber tomado las riendas de la economía. Martín Guzmán, cada vez más acorralado por los camporistas, Axel Kicillof y Cristina Fernández. Que en vez de tranquilizar a la economía, y los índices de inflación que no acompañan, parecen tirarle más leña al fuego.


Parece que vale todo
El Gobierno pretende ganar las elecciones a cualquier precio y a como dé lugar. No importan las formas ni el camino a recorrer, sólo importa el resultado. El oficialismo apuesta a mantener sus jurisdicciones fuertes, como lo es el conurbano bonaerense, y lo único que aumenta es la incertidumbre económica en un año electoral. Para los entendidos, la inflación se verá disminuida o moderada con el ingreso de dólares de la actividad agraria y las retenciones.

La política económica en modo electoral terminará por derrumbarnos ya que -como lo sostienen los economistas- cada punto o índice de déficit fiscal se financia con mayor impuesto inflacionario, lo que se traduce en mayor emisión monetaria, es decir cada vez más y más deuda en pesos y presión tributaria. Todo lo contrario a intentar aumentar la inversión privada, que en el 2020 cayó 13% del Producto Bruto Interno, y generar fuentes de empleos formales.

A su vez, cada aumento extraordinario del gasto público, no conlleva a que se compense en otros rubros. Por el contrario. Además, los únicos índices que plantearon retrocesos en el primer trimestre de este 2021 electoral, fueron las jubilaciones, en un 8,8% menos, y salarios estatales, en un 6%, menos. Así estamos.

Que las bendiciones de Francisco, tras las cuales fue Alberto, irradien a todos los argentinos de bien que en plena pandemia, deben afrontar la falta de vacunas y estrategias públicas que encaminen las riendas de la política y la economía del país. Que la incertidumbre no sea la regla.

Que se haga la luz…