Franco Hessling Herrera
Cuesta entender qué motivó a Estados Unidos a embarcarse en una guerra que no le trae muchos réditos y que deslegitima al gobierno, aún más, puertas adentro. Una clave explicativa podría ser la estrategia distractiva, igual que hizo en su momento Netanyahu con Hamas y en algún otro momento Galtieri con las Malvinas.
¿Quién hubiese imaginado un ataque de los Estados Unidos, aliados con Israel -o funcionales a Netanyahu- en suelo iraní? ¿Quién hubiera creído que Trump y el premier israelí querían destronar al líder Ayatollah que había sido un obstáculo para el desarrollo inmobiliario de la región apoyando a la resistencia palestina y a los grupos terroristas que se oponen al saqueo de tierras? ¿Quién podría haber supuesto que se despacharían con bombardeos contra población civil indefensa a la que ya el propio régimen atacaba cada vez que había disidencias? ¿Quién hubiese vaticinado semejante tensión bélica justo cuando Trump se arroga, favorecido por los gusanos venezolanos, como propalador de la paz y, ergo, merecedor del premio Nobel?
Cualquiera que no viva sólo consumiendo videos en redes sociales, comentarios de sobremesa cargados de prejuicios y publicaciones ligeras en cualquier plataforma podía estar seguro que, de un momento a otro, el ataque contra Irán llegaría. No tanto, o no únicamente, por las instalaciones nucleares a las que ya había castigado el año pasado, sino también por las apetencias del líder y genocida israelí, Bibi Netanyahu, quien necesita terminar de arrasar con cualquier forma de disidencia en la región y, así, reconfigurar el orden de medio oriente, definitivamente con su conducción y, tras suyo, igual que Milei, con la mano del Tío Sam.
Sorprende la capacidad de manipulación de Netanyahu con Trump, porque Estados Unidos, en cambio, no tiene mucho por ganar con este movimiento militar que empuja a una guerra al país, que ya se ha cobrado vidas americanas y que tiene un amplio rechazo entre la población estadounidense (según una encuesta dada a conocer esta semana por el NYT, 3 de cada 4 compatriotas de Trump rechazan la aventura bélica en Irán). La capacidad de convencimiento del israelita, que no ejercita con los palestinos a quienes directamente elige exterminar, ha llevado a que Trump incluso se enemiste con el capitolio, donde demócratas y republicanos han alzado su voz contra la decisión unilateral, por lo tanto inconstitucional, de arrastrar al país a una guerra.
Como siempre, la volatilidad de Trump desconcierta. En eso, Milei es su mejor alumno o la versión doméstica de lo que ya hemos definido como el tipo de liderazgo del bullying, es decir, duro con los débiles y anuente con los fuertes. Son líderes que se muestran fuertes y decididos, que hablan con mucha suficiencia y arrogancia, pero que lo que dicen va variando según la situación, al punto de contradecirse groseramente a sí mismos en tiempos récords, o de mentir sin pudores, rubores ni mínimas elegancias. Así quedó demostrado con Milei, una vez más, con el discurso ordinario de inauguración del período de sesiones parlamentarias del Congreso, probablemente el más blasfemo, engañoso e incivilizado desde que existe el país.
Trump primero apeló a la demagogia más obvia, es decir, a que la intervención se daba contra las formas dictatoriales y las brutales represiones que últimamente habían dejado un regadero de sangre en Irán. Claro, esos clivajes no le son exclusivos a la teocracia iraní: el ICE del propio norteamericano ha matado, perseguido, apresado y reprimido cruelmente en American soil itself. Sin embargo, al momento de los ataques las tensiones internas estaban atemperadas, pero la legitimidad del régimen estaba probablemente en su peor momento desde la década del 70 del siglo anterior.
La cuestión nuclear también fue empleada como argumento por el presidente estadounidense. Pero eso deja al desnudo que el año pasado mintió cuando dijo que los bombardeos habían servido para desmantelar el armamento de ese tipo que tenía el país oriental. Irán sigue siendo el país del mundo que más enriquece uranio, insumo básico para los procesamientos nucleares, sean con fines pacíficos o con el propósito de construir armamento. Por lo tanto, haya mentido hace un año o mienta ahora, lo cierto es que el desmantelamiento de la fuerza nuclear iraní no es la única ni la principal razón para que Trump decidiera encarar esta guerra.
Lo más evidente es que la guerra le trae sobrados réditos a Netanyahu y que el control regional podría recaer más en él que en los Estados Unidos. Sorprende tanto servilismo del poderoso yanqui con el deslegitimado genocida sionista, porque este último ni siquiera aceptó participar de la ceremonia en la que el megalómano americano lanzó su junta de seguridad internacional, que opera y fundó unilateralmente y que probablemente expire cuando su mandato presidencial haya acabado. El genocida no hace lo que el republicano quiere, pero el republicano hace todo lo que necesita el genocida. ¿A qué se debe?
Probablemente a que Bibi se ha vuelto más que un colega para Donald, sea casi que un mentor en esto de provocar efectos distractivos. Cuando acaeció una sorprendente intrusión en suelo israelita el 7 de octubre de 2023, Netanyahu experimentaba sus peores meses desde que ocupa la primera magistratura. Acorralado por otras fuerzas políticas, dando azotes a la disidencia, con manifestaciones en su contra por todo el país y encerrado en su tendencia a ir acumulando más poder mientras socavaba las instituciones democráticas. El ataque de Hamas no pudo ser más oportuno. En este caso, lo que acechaba a Trump era el repudio contra su política anti migrantes y los todavía ocultos lazos con el proxeneta y abusador de menores J. Epstein. Una guerra siempre viene bien, y Netanyahu le dio la excusa y el consejo perfecto. ¿Los argentinos? Alineados por culpa del fanatismo de Milei con los países en guerra, es decir, expuestos a ataques de represalia que pudiera pergeñar el régimen iraní.

Mario Casalla
Franco Hessling Herrera
Antonio Marocco