09 19 casallaMario Casalla
(Especial para Punto Uno)

La autora de este acto fallido fue la entonces gobernadora de la provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, en un discurso al comienzo de su gestión. La enfática afirmación formaba parte de una vibrante enumeración de hechos, que uno tras uno iba desplegando y que remataron en un rotundo acto fallido: “Cambiamos futuro por pasado”.

O sea, exactamente al revés de lo que quiso decir. Inútil fue que rápidamente se rectificara e intentase volver a poner los términos en orden inverso (es decir: pasado por futuro) pero, como suele suceder en estos casos, fue peor: se puso nerviosa, se trabó y se notó más aún la incorrección que acaba de escapársele. Hubiera sido preferible no aclarar porque oscurece, pero ya era tarde y así, la bien estudiada “pose Heidi” (¡en medio de los bravos varones bonaerenses!) dejó paso, por un instante, a otro rostro (menos amable quizás) que se insinuaba por debajo del de María Eugenia. Ni qué decir cuando el que habla es Javier Milei, que a la muletilla “digamos”, al banquito para parecer más alto, le agrega una importante serie de actos fallidos. Este término técnico que en psicoanálisis se denomina como “acto fallido”, es algo que por cierto nos pasa a casi todos pero que -en su situación- ese fallido tiene una dimensión política, que el correr del tiempo va confirmando.

En efecto, al parecer es cierto que cambiamos, pero también lo es que ese cambio parece implicar más el regreso hacia algo ya conocido (que se repite) que el ingreso en un futuro realmente novedoso. Ambigüedad que suele traer casi siempre consigo este verbo tan especial: “cambiar” y el partido “Juntos por el cambio”. Para apreciarlo es necesario un poco de precisión técnica.

Aciertos y no fallas

Como dijimos se trata de un concepto propio de la teoría psicoanalítica, que Freud introduce en su obra “Psicología de la vida cotidiana” (1901) y que no hay que confundir –como suele hacerse- con simples errores, mezcla de palabras, olvidos o cosas por el estilo. O mejor dicho es un poco de todo eso, pero leído de otra manera.

Los denominados actos fallidos (junto con los sueños y sus relatos) son algunas de las “vías regias de acceso al inconsciente” que Freud celebraba haber encontrado, dejando así de lado la hipnosis que le proponían Charcot y Breuer. Por lo cual –en términos estrictamente psicoanalíticos- se trata de actos verdaderamente exitosos, donde el sujeto puede así expresar verdades de un orden más profundo (inconsciente) que el cotidiano y que también lo representan plenamente. Dicho de manera muy general y para aquí entendernos: en los fallidos afloran pensamientos o representaciones usualmente reprimidas e inconciliables con el orden usual del individuo, que de otras maneras permanecerían ocultas y por tanto agravarían su padecer.

Pero claro, tales fallidos que, en el transcurso de un tratamiento analítico y debidamente interpretado, ayudan a la curación del paciente, en la práctica política resultan cuasi letales: “dicen” aquello que precisamente no hay que decir o que es inoportuno se diga o se sepa, en aras de la carrera (o del cargo) en que la persona se encuentra inmersa. Y claro, aquí verdad y política se bifurcan: lo que es bueno para una, es malo para la otra.

Cuando algo así ocurre, recurriendo a una gráfica expresión coloquial hablamos de “metida de pata”. Ni qué decir del ex presidente Carlos Menem quien -a pesar de su lema de campaña “Síganme, no los voy a defraudar”- a poco tiempo de ejercer el gobierno e iniciar su profundo plan privatizador y destructor del estado- confesó en un acto público: “Si les decía lo que iba a hacer, no me iban a votar”. Y claro, María Eugenia Vidal metió la pata tan honda que terminó acaso expresando algo más que un fallido individual. Cuando la joven y simpática ex gobernadora falla y dice que cambia futuro por pasado, ¿se refiere sólo a sí misma o al colectivo político que integra? ¿Cambia sólo María Eugenia o cambia Cambiemos? Me parece que ahora ya hay razones fuertes para interpretar aquél fallido como algo más general. Tiene que ver más con un plan del gobierno en su conjunto, que como simple síntoma individual.

Además, María Eugenia Vidal hace muy poco compró un departamento de lujo en un sector de Recoleta al que llaman “La Isla”, uno de los más caros de la Ciudad de Buenos Aires y allí comenzaron las lógicas dudas sobre cómo fue financiado. El inmueble estaba valuado en unos 500 mil dólares y según su declaración jurada Vidal había ahorrado tan sólo 3 millones de pesos. Entonces adujo que compró la casa con dinero proveniente de su divorcio más un crédito hipotecario del Banco Ciudad, entidad que –como su nombre lo indica- pertenece al gobierno de la misma ciudad que ella integró.

No hace mucho el actual Gobierno Nacional ofreció -a través del Banco Nación- una línea especial de créditos a tasa especial. Los primeros en abalanzarse sobre ellos fueron funcionarios o amigos del propio Gobierno. Entre los señalados aparecen Felipe Núñez, director del BICE y asesor de Luis Caputo, con un crédito de $373 millones; Federico Furiase, secretario de Finanzas, con $367 millones y Pedro Inchauspe, director del Banco Central, con $510 millones. La nómina también incluye a Juan Pablo Carreira, responsable de la Oficina de Respuesta Oficial, el diputado Santiago Santurio, el director de la secretaría privada en Diputados, Sharif Menem, y el jefe de gabinete del Ministerio de Defensa, Guillermo Madero. Además, figuran como beneficiarios Emiliano José Mongilardi, director de YPF y los diputados de LLA Alejandro Bongiovanni, Mariano Campero y Lorena Villaverde.

Evidentemente aquello de “haced lo que yo digo, no lo que yo hago” se cumple aquí al pie de la letra. Y si no, reparemos en el actual Ministro de Economía Luis Caputo, quien reiteradamente pide que saquemos los dólares del colchón y los pongamos en el aparato productivo mientras él no lo hace. En su Declaración Jurada del año pasado ante la Oficina Anticorrupción informó bienes, depósitos y dinero por $ 19.509 millones. Esto representa un aumento nominal del 64,6% frente a lo en 2024. Al igual que en la declaración anterior, más de dos tercios del patrimonio del ministro se encuentra en el exterior y si sólo se analizan sus ahorros, el 95% de los depósitos de Caputo están fuera del país.

Nuevo retorno a lo viejo

En efecto cada vez es más notorio, la implementación de un programa neoliberal bien conocido, varias veces probado en la Argentina y con resultados altamente traumáticos: Martínez de Hoz, Menem, Macri y ahora Milei, son ejemplos claros de cierta memoria también muy “fallida”, es que en eso del “fallarle” al camino ya casi somos expertos.

Por eso es un acto de toda justicia reconocer que María E. Vidal tiene razón (aun cuando se incomode con su propia y profunda verdad): “Cambiamos futuro, por pasado”; nos guste o no, el podio 2016 le corresponde. Ella sí que nos ha dicho toda la verdad y nada más (¡ni nada menos!) que la verdad.

Lo que acaso nos falte ahora es dar un paso más y aceptarla (más allá de nuestro propio caso) y hacernos cargo de lo que esa verdad (fallida) nos exige. Y lo que nos exige es una nueva ética. Una ética capaz de superar el perverso mecanismo de la “repetición”, término técnico que –desde el psicoanálisis- también nos dice algo interesante para la reconsiderar las elecciones políticas. Y la repetición sí que no es una buena cosa. Freud la tematiza en “Más allá del Principio de Placer” (1920) y la considera una “compulsión” asociada a algo realmente muy malo (tanto en el orden individual, como en el colectivo): la “Pulsión de Muerte”.

Se trata de la tendencia (patológica) del sujeto a exponerse una y otra vez a situaciones peligrosas y angustiantes. Y esto se produce fundamentalmente cuando la persona ha olvidado los orígenes de esa pulsión y realiza entonces lo que conocemos como “acting out”: pasa al acto y repite (compulsivamente) eso mortífero, porque es incapaz de recordarlo y reconocerlo como tal. O sea que se trata aquí también –tanto en la política como en la cura analítica- de un oportuno ejercicio de la memoria, capaz de alejarnos de la muerte (Tánatos) y así permitir que la “Pulsión de Vida” (Eros) haga su tarea liberadora.

Es de esperar que el año próximo, amigo lector, en que votaremos la renovación presidencial, Eros se imponga sobre Tánatos.