
Durante la homilía por la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, monseñor Santiago Olivera pidió a los peregrinos aprovechar estos días para reconocer aquello que los lastima y llevarlo ante el Señor y la Virgen del Milagro. Habló de enfermedades, ausencias, angustias y dolores que muchas veces nadie conoce.
Detrás de cada peregrino hay también una historia que no siempre se cuenta: una enfermedad, una pérdida, una preocupación, un problema familiar, un miedo, un rencor, una angustia que se guarda en silencio.
Sobre eso habló monseñor Santiago Olivera durante la homilía de ayer en la Catedral Basílica, en la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. “Aprovechen también para mirar de frente lo que les está doliendo”, señaló.
La frase fue uno de los momentos centrales de su mensaje. En medio de una celebración atravesada por la llegada de peregrinos y por la proximidad de la procesión, Olivera puso el foco en aquello que cada persona lleva consigo y que muchas veces permanece oculto.
No habló solamente del dolor físico. Habló también de aquello que “muerde por dentro”. Para desarrollar su mensaje, Olivera recurrió al relato bíblico del pueblo de Israel en el desierto. Un pueblo cansado, impaciente y atravesado por las dificultades.
La respuesta de Dios, explicó, no fue simplemente hacer desaparecer aquello que provocaba sufrimiento. Fue pedir que lo miraran de frente.
“Dios no cura escondiéndonos el mal, sino invitándonos a mirarlo de frente”. El obispo trasladó esa imagen a la vida actual y mencionó algunos de los dolores que pueden acompañar a una persona sin que nadie a su alrededor los conozca.
“Lo que nos está mordiendo por dentro -ese dolor, esa cruz que cada uno lleva, y que nadie más necesita saber-”, agregó.
Hay promesas que se hacen públicas y otras que permanecen en la intimidad. Hay quienes caminan por un familiar enfermo, quienes agradecen haber superado una situación difícil y quienes llegan por alguien que ya no está.
También están quienes simplemente necesitan parar. “Llévenlo a los pies de la Cruz”. El planteo Olivera no fue negar ese dolor ni intentar ocultarlo detrás de la celebración.
Por el contrario, pidió reconocerlo y llevarlo ante la Cruz y la Virgen del Milagro. “Llévenlo a los pies de la Cruz y de la Virgen del Milagro. Reciban de ahí la paz”.
La homilía también recuperó uno de los episodios fundacionales de la devoción salteña. Olivera recordó los terremotos de 1692 y la tradición que vincula la procesión del Señor del Milagro con el cese de los temblores.
Y llevó esa historia al presente con una expresión que resumió buena parte de su mensaje: “Dios no abandona a su pueblo cuando tiembla la tierra, ni cuando tiembla la vida”.
