09 13 hesslingFranco Hessling Herrera

El globalismo del presidente y sus alineamientos geopolíticos no se condicen con el giro nacionalista que evidenció en las últimas semanas. Sea por oportunismo o por seguidismo a Trump, o por ambas cosas, ese giro podría costarle con respecto a muchos aliados gubernamentales y también empresariales.

En las últimas semanas se instaló en agenda el giro político que tuvo el presidente Javier Milei con respecto a la causa Malvinas.

En honor a la verdad, Milei nunca negó la soberanía argentina sobre las islas ni salió a defender que el archipiélago era correctamente regenteado por los británicos, aunque sus posiciones siempre habían sido excesivamente moderadas en esta demanda histórica para la idiosincrasia argentina. Incluso trascendió muchas veces por reivindicar a Margaret Thatcher, la premier extranjera que estaba al frente del gobierno europeo cuando se desató el luctuoso conflicto armado en 1982.

Tanto cuidado demostraba Milei en no ofender a la diplomacia británica y a los políticos y economistas de ese país, que causaba sospechas frente a una población argentina acostumbrada a engalanarse de chovinismo cuando se trata de hablar sobre Malvinas. De hecho, la posición globalista del presidente libertario, para nada oculta o disimulada, muchas veces llevó a considerar seriamente su adscripción con la cultura nacional o su desapego con la ontología argentina. Si uno no ha sido obnubilado por las mieles del patriotismo o del nacionalismo del capitalismo burgués, no se siente igualmente tan apegado a reivindicar acartonada y acríticamente cada sesgo folklórico de esas construcciones.

Sin embargo, el globalismo es otra cosa distinta a la crítica al nacionalismo chovinista como construcción del bloque histórico apalancado por la dominación burguesa y el modo de producción capitalista. Se trata de una negación de las identidades locales de cualquier índole en favor de plantear una única condición humana en la que el modelo dominante -el hombre, blanco, empresario y creyente- se impone como modelo de normalidad identitaria, poniendo en condición subalterna a toda otra forma que refleje diversidad. Multiculturalismo aceptado, claro, pero con un orden global jerárquico que imponga a todas las identidades subalternas a buscar irse pareciendo cada vez más, de una u otra manera, al modelo hegemónico.

Milei es el epítome de ese globalismo: monoteista recalcitrante, capitalista empedernido, supremacista racial y binario en sus modos de concebir las identidades y el mundo (bueno-malo, hombre-mujer, progreso-atraso, capitalismo-comunismo, etc.). Por esa razón sus intervenciones en materia de construcción nacional, de soberanía y de autodeterminación de identidades localizadas, jamás habían convencido a nadie. Hasta ahora se había mantenido medianamente coherente con su globalismo y, obligado por la investidura presidencial, cada vez que debía hablar en términos de idiosincrasia nacional resultaba tan impostado como la voz de un locutor de radio sin audiencia o descafeinado como el progresismo boliviano de García Linera -tan titubeante que termina siendo muy funcional a las oligarquías-.

Debido a ello, el giro discursivo que ensayó en su cadena nacional y su orientación política en el asunto Malvinas, no pasó desapercibido para nadie. Sea por oportunismo o por la cintura que se le reclama a un líder, Milei se posicionó ahora como un férreo defensor de la soberanía nacional, de los derechos argentinos sobre las formaciones insulares australes y se atrevió a dar diatribas contra los proyectos económicos que pretenden explotar recursos que Milei quiere para sus propios socios. Primera paradoja: un día antes de esa cadena nacional, el libertario había estado en Chile con ciertos empresarios que ya se aprovechan de algunos de esos recursos. Será que Milei confunde, sin saberlo o intencionadamente, la soberanía con el afán de lucro.

La situación escaló tan rápido desde que la polémica por la prohibición de la FIFA a banderas alusivas en la semifinal, el trapo desplegado por los jugadores post-partido y la presión pública, que el gobierno libertario pasó de impulsar una ley para otorgar enormes beneficios a la extranjerización de la tierra, a plantearse como los garantes de una gestión sin descanso para que las Malvinas queden en manos de la administración argentina. En el medio, para no desentonar de su coherencia cipaya, hay que decir que este giro advino justo después de que Trump dijera públicamente que estaba dispuesto a revisar las posiciones históricas de los Estados Unidos con relación al Reino Unido, habida cuenta de que no han sido condescendientes con sus delirios geopolíticos, como hacer seguidismo del genocida Netanyahu.

¿Hasta dónde está dispuesto Milei a avanzar con medidas y denuncias concretas contra el gobierno británico y las empresas con capitales de ese país? ¿Se animará a intervenir en proyectos que involucran esos capitales pero también otros, como los de Israel puestos en Sea Lion? ¿Busca sólo un golpe de efecto discursivo para no quedar descolgado de la ola nacionalista que dejó en evidencia no sólo su cipay8ismo sino también su globalismo desaprensivo? Este camino de flamante soberanía podría causarle más dolores de cabeza con sus aliados de los que calcularon sus asesores al momento de impulsarlo en esta senda nacionalista, donde se lo nota notablemente incómodo.