Franco Hessling Herrera
El sentido de pertenencia y la sensación de realidad han prescindido de la evidencia y lo verdadero, para refugiarse en la creencia, la convicción y la pasión compartida. La política de la despolitización, entonces, es profundamente ideológica, fatua y deshonesta.
En la era de la posverdad, la política se había mantenido hasta el momento con cierto alejamiento de semejante desdén por la evidencia. No en el sentido de que los políticos no hayan mentido, algo que indudablemente ha ocurrido desde tiempos antediluvianos, sino más bien en el sentido de que ora mentían a conciencia, ora creían fehacientemente en lo que decían y, por lo tanto, cuando las evidencias los apabullaban se llamaban al silencio, pedían disculpas o bien desaparecían de la esfera pública por el escarnio de haber mentido o afirmado inexactitudes.
La política colmada de outsiders que se experimenta por estos días está trastocando esa lógica y llevando al plano del poder institucional aquello que viene gobernando las formas de socialización en redes sociales.
Empecemos por aclarar qué es la posverdad en este contexto histórico. La mentira no es una novedad, ni en el ámbito de la política ni en las interacciones sociales en general. Aquello que caracteriza a la relación que se establece con la verdad en este momento histórico es que, justamente, ésta ha dejado de ser un orientador de los acuerdos intersubjetivos. Al fin de cuentas, lo que llamamos “realidad” no es otra cosa que un acuerdo entre lo que cada quien percibe como real y, entonces, lo real y lo verdadero entraban en relación a través de las evidencias irrefutables que se volvían cimientos de esos acuerdos intersubjetivos.
De un tiempo a esta parte, probablemente desde que las realidades virtuales han ganado lugar desplazando a la realidad social intersubjetiva, la verdad ha sido desdeñada como elemento de acuerdo axiomático, dando lugar a la creencia como forma de crear intersubjetividad. Es decir, estar de acuerdo con lo que otros creen me genera el efecto de realidad que necesito para considerarme un ser social, aunque las evidencias no sean suficientes, solventes ni verificables o falsables. Así, se sostiene la mecánica de que la realidad social depende de acuerdos intersubjetivos, pero éstos se construyen a partir de creencias comunes y no de verdades chequeadas.
Hay realidad social y hay acuerdos entre personas, pero sobra deshonestidad intelectual. Las realidades virtuales son claves para entender el fenómeno de la posverdad. La noción de “burbujas” que explica esas “comunidades virtuales” da cuenta de cómo el sesgo de confirmación de la creencia se vuelve elemento operador para los acuerdos intersubjetivos que dan la sensación de aceptar lo real como tal. Sin embargo, la falta de debates, disensos y búsquedas de evidencias o razones lógicamente irrefutables queda de lado, subyugada por la creencia folklórica que, así, funciona como elemento cohesionador de personas que pertenecen a una misma comunidad virtual, pese a que no se conozcan, no hayan compartido nada, no tengan semejanzas ni, probablemente, tampoco intereses en común más allá de las creencias que los convocan a tal o cual burbuja virtual.
Ello, trasladado a la política, no es otra cosa que la despolitización completa. Con una paradoja muy notoria en el caso argentino, donde el gobierno está sobreideologizado, pese a lo cual, abona por completo a ese afán de posverdad que despolitiza el debate público, mistifica la realidad a través de creencias y elude la asunción de la evidencia y el argumento lógico como base sobre la cual construir acuerdos intersubjetivos. En otras palabras, ya no importa lo que se debate, sino con quién se debate. Y, así, quienes adscriben a construcciones sociales identitarias diferentes a las mías no merecen ser escuchados ni respetados, digan o no la verdad. Importa compartir creencias, no descubrir verdades. Por esa razón, el libertarianismo, el anarcocapitalismo y los outsiders en la política no garantizan gestiones transparentes, lo único que proveen con seguridad es decadencia cultural e intelectual estrepitosa.
Nótese, por ejemplo, las sucesivas mentiras presidenciales en la criptoestafa $Libra, los engaños en las fallas por desguace en las muertes por intoxicación de fentanilo, en las supercherías sobre el ingreso sin controles de valijas de un empresario aliado a Santiago Caputo, en las falsedades oficiales en el tema de las coimas en la ANDIS, en las mendacidades para justificar adjudicaciones de créditos hipotecarios, en los sobornos a legisladores para comprar votos en leyes clave y en la difusión de materiales arteramente falsos, como ciertos videos de criminalización que divulgó Patricia Bullrich cuando todavía era ministra de Seguridad. La lógica de la posverdad en el ámbito político es el éxito paradojal de una despolitización sobreideologizada, abonada por creencias férreas -como si de religión o fútbol se tratara- y desdén por la construcción común con otros, lo que nos devuelve a la realidad, la verdad evidenciada y fundamentada.
El peligro de esta situación no escala sólo a los asuntos palaciegos o los debates en set televisivos o portales web sin criterio de verdad y desvelados sólo por los clicks -como Infobae o El Canciller, ejemplos conspicuos-. El problema es que la despolitización de la posverdad alcanza a la mayoría de la sociedad y se torna imposible convencer a otros porque ya están convencidos y no aceptan disensos, no se interesan por los argumentos, sólo se mantienen alerta sobre quién dice el mensaje. Si es cercano ideológicamente, se lo apoya -esté bien o no, sea correcto o no, sea verdadero o no-, si está lejos en el espectro ideológico no se le concesiona nada. Y aunque esto es una exacerbación de época, no hay que olvidar que es la maduración de un lema que los peronistas repiten hasta el hartazgo: “A los amigos todo, a los enemigos ni justicia”.

Mario Casalla
Franco Hessling Herrera
Antonio Marocco