marocco 2502 colAntonio Marocco

Cada vez son más los argentinos que sucumben abrumados por el desánimo y el pesimismo. ¿Y cómo no? Los entiendo, comparto esas emociones y comprendo las razones.

Uno camina por las calles, conversa con la gente, lee encuestas y estadísticas, estudia, mira los canales de noticias, lee los diarios o escucha la radio. Cada vez son más los argentinos que sucumben abrumados por el desánimo y el pesimismo. ¿Y cómo no?

Los entiendo, comparto esas emociones y comprendo las razones. Por eso —para quienes nos formamos en el humanismo— la ética política de la responsabilidad es doble: debemos decir lo que sentimos y hacer lo que decimos.

El siglo 21 pareciera haberse afirmado sobre un sentido común que valora más los bienes materiales que la propia dimensión humana. Por eso cada vez resuenan más las palabras del papa Francisco. A un año de su partida sigue llenando plazas, con la vibración de la música y lo conmovedor de sus lecciones: no podemos resignarnos a un mundo en el que triunfa lo descartable sobre lo trascendente.

Aún así, hay un invento en particular que sigue siendo tan revolucionario como hace más de 550 años: el libro. Estoy hablando de uno de los pocos objetos que vale mucho más de lo que cuesta en el mercado: es un problema para el capitalismo salvaje. No se consume ni se agota y puede compartirse infinitamente. Un libro es mucho más que los materiales, la tecnología y el interés económico que impulsa su edición. Y en esa certeza que ha vencido al tiempo todavía muchos encontramos un aliento.

Ese aliento me trajo a participar de la Feria Internacional del Libro, un espacio que pone en circulación y amplifica ideas profundas. En clave literaria, los diagnósticos de un país imposible y los sueños de una Nación impostergable.

Llegamos en representación del Gobierno de Salta con el orgullo de presentar a los flamantes escritores salteños que ganaron los Concursos Literarios de la provincia. En tiempos donde el desánimo parece ganarnos la pulseada, ver la potencia de las voces y las plumas salteñas en la vidriera literaria más importante del continente es una confirmación de que la cultura sigue siendo un refugio: un punto de partida y una inyección de energía que debemos contagiar hacia otras esferas de la sociedad.

Tendré además el honor de presentar dos obras de autores salteños que, desde orillas distintas, nos interpelan profundamente. Por un lado, La salida al Pacífico, de José Edgardo Plaza, un hombre cuya visión estratégica hoy tiene una vigencia absoluta. Hablar de integración regional, de infraestructura y del Corredor Bioceánico no es una lejana abstracción, sino la génesis de una verdadera política de Estado para que Salta deje de ser un territorio periférico y se consolide como el enclave geopolítico pujante que demanda el continente. Es un libro que se empezó a escribir hace tiempo y que hoy nos invita a pasar del papel a la acción.

Como decíamos al principio, el desarrollo sin la dimensión humana no es más que una planilla de Excel. Por eso, la reedición de El Hombre de Barro de Julio Espinosa es un acto de justicia. Es recuperar una voz que duele y busca, recordándonos en la fragilidad del barro algo profundamente universal: la necesidad del otro y la imposibilidad de existir en soledad. Si la obra de Plaza nos propone un horizonte hacia afuera, la de Espinosa nos obliga a mirarnos hacia adentro. Tal vez en ese equilibrio —entre el proyecto estratégico y la sensibilidad— esté la clave para desterrar el pesimismo y volver a creer en lo que somos capaces de construir juntos.

 

Columna emitida por FM Aries