Mario Casalla
(Especial para Punto Uno)
Hace ocho años la Universidad Nacional de Lanús tuvo la gentileza de invitarme a participar en su Congreso de Geopolítica y Filosofía, allí integré un panel con Alcira Argumedo y Alicia Castro. Se nos propuso una pregunta concreta: “¿cómo romper a favor del campo popular, el empate hegemónico en que hoy viven Argentina y América Latina?”.
Por supuesto que la pregunta misma suponía ya un diagnóstico, el cual se expresa a través de un concepto geopolítico clave (el de “empate hegemónico”). Asumí el desafío, solo que lo hice desde el punto de vista de la otra disciplina al que este mismo Congreso invitaba: la Filosofía.
Es mi vocación y mi práctica efectiva en estos últimos cincuenta años. Sólo que no me refiero a la filosofía en general, sino a una filosofía latinoamericanamente situada, que se practica en nuestro país y en nuestra región y que hemos denominado “Filosofía de la Liberación”. Ésta, junto a la “Teología de la Liberación”, “La pedagogía de la Liberación” y las “Cátedras Nacionales” en materia de Ciencias Políticas y Sociales (una de cuyas ilustres pioneras teníamos el gusto que nos acompañase en ese panel, precisamente Alcira Argumedo), han ido construyendo (desde sus diferentes perspectivas y enfoques) un corpus conceptual lo suficientemente sólido como para intentar contestar esa pregunta. Y su solidez no le viene sólo de lo epistémico, sino de su arraigo en nuestra propia experiencia y necesidades históricas. Ya que sólo arraigado en la tierra y abierto al mundo, algo se torna realmente sólido.
Ese corpus es por cierto muy distinto del europeo y del norteamericano (aun cuando algunos términos puedan sonar iguales), lamentablemente todavía muy arraigados en los grandes centros oficiales de docencia e investigación, como si fueran conceptos y prácticas “universales sin más”. Lo cual, por supuesto no lo son. Desde este corpus conceptual (latinoamericanamente situado) abordé la cuestión.
El pescado y la cabeza
Suele decirse que “el pescado empieza a pudrirse por la cabeza” y este viejo dicho popular es descriptivo de una de las mayores causas de ese empate hegemónico (en materia geopolítica), tanto como una de las mejores chances para romperlo a nuestro favor.
Tenemos la cabeza ocupada con tantas (supuestas) verdades, modelos y teorías ajenas a nuestro cuerpo, que éste cada vez nos pertenece menos. Permítasenos graficar con una saeta del padre Castelani esta situación de tener la “cabeza ocupada”: “¡Hay cuántas cosas que saben las gentes de este albardón/ hay cuántas cosas que saben/ pero cosas que no son!”.
Desocupar la cabeza y reunir el pensamiento con su ser y su estar (propios), es una tarea político-cultural de primer orden. Es casi imposible triunfar en lo económico y en lo geopolítico, con una cabeza ocupada por otros y con un cuerpo que patea en contra.
Pasando a términos conceptuales esta situación de facto, nosotros llamaremos “situación colonial” (una “cabeza ocupada” por otro) y “proceso de liberación nacional y social”, a la ruptura de esa hegemonía anómala y a la recuperación de nuestra propia soberanía cultural y política. Si razona el caballo se acabó la equitación, de aquí que los mayores empeños de ese imperio (del otro en nosotros) estén puestos directamente en que pensemos lo menos posible y que cuando lo hagamos, utilicemos sus categorías y no las nuestras. Por eso –desde el punto de vista estrictamente conceptual- pensamos que la categoría de “liberación” debe estar en la base de cualquier proyecto geopolítico que (en nuestro país y en nuestra región) intente un desempate a favor de sus pueblos.
Nuestro proyecto es entonces un proyecto de liberación, o será siempre insuficiente para el fin mayor que nos proponemos. Y este término (liberación) no dice lo mismo que los conceptos usuales (de clara matriz eurocéntrica) como libertad, revolución, emancipación, luchas, etc. sino que dice mucho más y es mucho más integral aún. Acaso por eso mismo fue y es tan puntillosamente negado, minimizado o reemplazado, tanto en la autodenominada “academia”, como en los intelectuales considerados “bien pensantes” (por el otro, claro).
En lo que sigue intentaremos precisar la potencialidad del concepto de liberación, indisolublemente unidos a los del pueblo y nación (en perspectiva latinoamericana, claro está).
¿Qué es eso de “liberación”?
Algunas aclaraciones puntuales: 1°) Es un concepto que surge específicamente en el contexto latinoamericano y del Tercer Mundo (a partir de la segunda mitad del siglo XX), al calor de los procesos de descolonización y de las denominadas revoluciones nacionales antiimperialistas. 2°) Ni en la filosofía, ni en las ciencias sociales europeas o norteamericanas tiene mayores antecedentes ni prestigio. Allí los conceptos nodales son, como dijimos: libertad, revolución, desarrollo, modernización, emancipación, etc. Tenía si antecedentes e historia propia en el terreno de la teología y relativamente en el arte. 3°) Por ese mismo origen político y social, requiere como contraparte inexcusable -para una comprensión más plena- el concepto de dependencia, contra y a partir del cual opera. 4°) Precisamente esa dupla dependencia/liberación, nace opuesta a otra que daba la impronta por entonces: desarrollo/subdesarrollo (advirtiendo sobre la ilusión modernizadora que ella encerraba, al soslayar el problema básico de la dependencia latinoamericana). Se trata, en consecuencia, de un concepto esencialmente ético y político. Su fuerza revulsiva en el campo epistémico, proviene de ese origen. Lo otro es que (liberación) es un concepto típico de la filosofía y del pensamiento latinoamericano contemporáneo, e incluso es así reconocido en el actual debate internacional de ideas.
El sujeto y el marco de la liberación.
No hay auténtico proceso de Liberación sin un sujeto social que lo protagonice (el pueblo) y un marco histórico donde transcurra esa lucha (la nación). Respecto de estos dos últimos conceptos (pueblo y nación), sólo diremos ahora algunas cosas muy básicas (en función del tiempo disponible). En primer lugar, que estas dos nociones sí tienen largos antecedentes en el pensamiento europeo y cobran su significación más actual a partir de la modernidad y su consumación. Pero ambas (pueblo y nación) -que para un pensamiento de la liberación resultarán claves- despertarán en cambio, en el pensamiento europeo contemporáneo, fuertes “sospechas” y frecuentes rechazos viscerales.
Esto –como no podía ser de otra manera- a partir de su propia experiencia histórica que, por supuesto, no es la nuestra; situaciones ambas que será fundamental no confundir, ni mezclar, ni universalizar (lo cual, lamentablemente, suele ser muy frecuente en los análisis y debates). En segundo lugar, ¿por qué las nociones de pueblo y nación son claves para estructurar un pensamiento de la liberación? Porque esas nociones –pensadas desde nosotros- le otorgan a una filosofía de la liberación las coordenadas adecuadas para pensar su “sujeto”, aquél que protagoniza la liberación (y sufre la dependencia). La expresión pueblo hace referencia al sujeto socialmente encarnado de la liberación y la expresión nación establece el marco histórico-cultural (geopolítico) en que se da la misma. Un proceso de liberación es entonces protagonizado por un pueblo que convive en una nación (o busca convivir en ella), de manera libre, una “vida buena”, es decir digna de ser vivida.
En tercer lugar, en el pensamiento europeo las categorías de clase e individuo (con todas las variantes del caso) se han impuesto por sobre este concepto de Pueblo, reduciéndose éste a un puesto residual, al que busca (intencionalmente) relacionarse con experiencias totalitarias o encubridoras. Por el contrario, un análisis en término de pueblo –tal como ocurre en los pensamientos de la Liberación- no necesariamente son antagónicos con esas dos nociones, sino que incluso las utiliza y las contiene, sólo que de un modo diferente. Otro tanto ocurre con la idea de Nación. Aquí el pensamiento europeo prefiere hablar de Sociedad (y esquiva expresamente el término “comunidad”, con el cual inició su marcha hacia la democracia: la polis griega. También liga a esta noción nuestra de nación con experiencias totalitarias suyas (de su pasado próximo), o con expresiones ya superadas (e inválidas) en una era como la presente.
Aquí será fundamental –para un pensamiento de la liberación- dejar bien en claro dos cosas: 1°) que su idea de nación nada tiene que ver con aquellos “nacionalismos” totalitarios europeos y 2°) que la construcción de la Nación (capaz de protagonizar un proceso de Liberación) es un programa todavía pendiente y vigente entre nosotros. Lo nuevo es que ahora ese proceso de construcción deberá cursar en un marco de creciente “mundialización”, con todos los desafíos e inteligencias que esto supone.
Por cierto que todo esto afecta a la noción de Estado. Y en esto nuestra asimetría contemporánea con la situación europea es notoria. El origen, desarrollos y desafíos de los estados latinoamericanos fueron completamente distintos de los europeos y norteamericanos,. Pero esto, amigo lector, bien puede ser motivo de otra conversación.
