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Por Mario Casalla
(Especial para Punto Uno)

Conocí a Pedro González en Buenos Aires y la primera referencia sobre él –muy elogiosa por cierto- fue de mi amigo Enrique Alonso, por entonces a cargo de Política Internacional en el diario “Clarín”.

Años después cuando viajé desde Salta para abrir una corresponsalía del diario El Intransigente en la calle Montevideo y Tucumán, me enteré que Pedro y Yolanda Fernández Acevedo vivían exactamente a la vuelta. En un departamento prestado por Matilde Vedia de Gil.

A partir de allí comenzamos a frecuentarnos y me encontré entonces con un hombre que ejercía el arte de la conversación, con una erudición personal que excedía largamente la minucia política y le daba a ésta un singular interés. Era un hombre con ideas y valores al que valía la pena escuchar. Lector apasionado, lejos estaba de ser un simple erudito. Es cierto que de joven había estudiado tres años la carrera de Letras (en la UBA), cambiándose luego a la de Derecho por otros tres años, ambas cosas le fueron de utilidad para ganarse la vida en nuestra provincia.

Trabajó en el ya mítico estudio jurídico de Manuel Pecci y Ricardo Reimundín, en la calle España 72, llevando los trámites en Tribunales. Al anochecer, cuando el trabajo mermaba, las conversaciones en el salón biblioteca era algo que frecuentaba porque me resultaban verdaderamente enriquecedoras. Y años más tarde, esa pasión suya por las letras la volcó en la revista “Claves” que fundó junto con Yolanda, cuya colección completa puede hoy conseguirse, amigo lector, en el repositorio de revista culturales argentinas AHIRA.com.ar. Allí están sus columnas publicadas con el pseudónimo Rebolledo, cuya actualidad está vigente para una revisión a fondo del peronismo y del campo nacional que éste integra. Principal tarea pendiente para poder superar este oscuro presente, donde Javier Milei empequeñece todo lo que toca o directamente lo destruye.

“Claves” fue la revista cultural más importante y con continuidad del siglo XX en la provincia, con una pluralidad de voces notoria. Su última redacción estaba a media cuadra de la plaza 9 de Julio, en la calle Caseros al 600, y el apoyo de Luis García Vidal fue muy importante para que “Claves” tuviera un lugar físico donde recibir gente que le llevaba artículos y trabajar los números de la revista mensual. Y allí también las tertulias que tenían lugar eran de primer nivel. Llegado el mediodía era de rigor comerse algunas empanadas en algún bar de la plaza y luego, desde allí, un taxi a la calle San Juan y Pellegrini, departamento que hoy todavía ocupa Yolanda, su amor de muchos años. Y por cierto, los sábados, la infaltable Mesa de la Democracia en el bar los Tribunales, frente a la Legislatura, esa que cuando escribo estas líneas está a cargo del actual vicegobernador Antonio Marocco, también asiduo concurrente a esa mesa.

 

Algunos antecedentes familares

Pedro era hijo del matrimonio de campesinos Antonio González con María Pérez, ambos de dos pueblos muy cercanos entre sí (Miranda del Castañar y Soto Serrano) en la provincia de Salamanca, una de las más antiguas y prestigiosas de España.

Allí fue rector nada menos que don Miguel de Unamuno, depuesto por el franquismo quien años después y a la caída del dictador retomó la cátedra. Su primera lección comenzó con el ya célebre “Decíamos ayer…” como forma de celebrar el reingreso de España en la historia.

Pedro era ávido lector de Unamuno y recuerdo muy especialmente una tarde, en la casa del cerro de Manuel Pecci con la ciudad de Salta a nuestros pies, un debate interesantísimo entre ambos sobre el texto del gran vasco “Del sentimiento trágico de la vida, en los hombres y en los pueblos”, precursor de una filosofía de corte existencial en lengua castellana. Entre estos antecedentes personales y familiares, es imprescindible mencionar la pareja Pedro/Yolanda. Compañeros de vida por muchos años, en esto me va a ser de ayuda el escrito de Yolanda, “Pedro González: claves para una biografía” que compendia muy bien el encuentro ocurrido entre ambos en 1961. Cito textualmente algunos párrafos: “Pedro llegó a Salta en 1961. Un viaje relacionado con un trabajo que, durante breve tiempo, desempeñó en Salta y Jujuy: representaba a una distribuidora de libros que acercaba a estas provincias material bibliográfico a librerías y particulares, una modalidad que, por aquellos años, era bastante frecuente. Suponía, él y sus amigos embarcados en esta empresa, que se trataba de un breve paréntesis en sus vidas muy porteñas.

No sabía entonces que Salta era su destino y que aquí encontraría amigos en la bohemia artística y literaria de esos hoy increíbles años ’60, compañeros para su pasión política por el peronismo, una familia y, más tarde, “Claves”, esa revista donde se conjugaron todos sus intereses y sus búsquedas”. Más adelante señala: “Nos conocimos a los dos o tres meses de su llegada. Yo, estudiante de Filosofía en aquel Dpto. de Humanidades todavía vinculado a la Universidad de Tucumán, le encargué con urgencia un texto que necesitaba para un examen. Por distintos motivos, no pudo cumplir su promesa en tiempo y forma, pero ese fue un buen motivo para reunirnos y, mientras hacía el correspondiente reclamo, encontramos coincidencias en lecturas y pasiones compartidas. Desde entonces continuamos escribiendo nuestra biografía juntos hasta este 2016”.

Ese momento fue lo que podríamos llamar el flechazo amoroso. Que fue también político: “En esta biografía, los acontecimientos políticos marcaron en forma determinante los distintos momentos de los profundos cambios que signaron la época. Pedro fue protagonista de todos ellos, comprometido siempre con el peronismo y con sus grandes consignas… Una primera aventura periodística se dio entre los años ’69 y ’70, con el diario “Democracia”, de breve vida pero intensa inserción en el cuadro político social de un momento clave para la preparación de grandes acontecimientos. Luego llegaron los años del exilio, exilio interno, en los que estuvimos fuera de la provincia, ya con nuestra hija Fernanda. Con la llegada de la democracia, en 1984, volvimos a Salta. Un momento de grandes expectativas, un reencuentro con las luchas populares”.

 

“CLAVES”, su historia e importancia

Así cuenta Yolanda esta historia de la cual fue protagonista directa: CLAVES va a aparecer en 1992, con fecha 6 al 19 de febrero, como un quincenario de opinión política. Surgía desde la necesidad de constituir un polo de reflexión y participación decidida en los asuntos de la época. En la página 2, en una breve columna titulada “Claves de esta publicación” se detallan aspectos que merecen destacarse. Comienza con una clara acotación: “Una presencia periodística más necesita justificarse”, para luego manifestar sus propósitos iniciales: “A mitad de camino entre la noticia cotidiana y la reflexión más profunda de una publicación especializada, trataremos de construir en torno a estas páginas un espacio común para el análisis de las claves que gobiernan nuestra sociedad”. Seguidamente subraya “Sabemos que existe la convicción de crear un ámbito común, coincidente con un puñado de afirmaciones básicas, que hagan posible la convivencia civilizada de las personas y la confrontación serena de las ideas que expresan. No creemos, por cierto, en una neutralidad aséptica, consistente en comprenderlo todo en una indiferencia suicida… Nuestra provincia por su condición mediterránea se enfrenta con mayor rigor a esta nueva realidad para el subcontinente y sus nuevos desafíos…. América que siempre ha sido utopía y realidad -contraste de sueños luminosos y pesarosas vigilias- es nuestra tradición y nuestro destino”. Finalmente, concluye la breve apelación al lector con el llamado a “…un proyecto común, sin exclusiones, pero sin condescendencias con nuestras propias limitaciones y prejuicios, con coraje y con fe”. Y lo dice con firmeza, trazando su propio objetivo como publicación: “Esta voz, humilde pero firme, quiere ayudar a forjar este nuevo proyecto”.

En el último número de “Claves” (diciembre de 2015) Pedro se despide de sus lectores en una breve y emocionante nota, en la que celebra los 24 años de labor ininterrumpida y en donde reafirma los propósitos iniciales: “ El propósito central, desde nuestra perspectiva, consistía en entablar un diálogo político-cultural que permitiera crear las base para el nacimiento de una auténtica vida democrática, entendiendo esta no sólo en un sentido político, sino como posibilidad de construir un hábitat donde los problemas de la provincia, de la región y del país, pudieran debatirse libremente…”. La tarea de “Claves” queda así cabalmente diseñada, desde las primeras palabras de su director, hasta la despedida final, en que aparece claro el sentimiento de un compromiso realizado. Y eso es lo que quiero destacar. La revista cumplió cabalmente la propuesta enunciada.

Si alguien leyera hoy todos los números del mensuario, en su orden cronológico, tendría al cumplimentar ese ejercicio, la visión de una unidad en la concreción de un proyecto. Es una obra que tiene principio y fin. Su editor, su autor, así lo quiso”. Para concluir –dice Yolanda- “quiero expresar algo muy importante sobre la personalidad de Pedro: su permanente curiosidad intelectual, sus amplias lecturas, su pasión por los libros, su devoción por la literatura, la poesía, el arte, su compromiso ferviente con las causas populares desde su anclaje en el pensamiento peronista, su devoción por los amigos, su increíble capacidad para la discusión argumentativa. Un aspecto nunca desmentido fue su prodigiosa ironía, una especie de compromiso socrático para la búsqueda de verdades, un inigualable posicionamiento que le permitía extraer de toda situación los aportes para revisar o modificar los cauces de toda discusión en busca de aquello que superara lo obvio o lo convencional para instaurar un pensar creativo y rupturista, pero también capaz de señalar nuevos y mejores cimientos para la construcción futura de un mundo más justo y solidario. Sus amigos y amigas lo recordarán siempre así, el gran conversador, el que podía dialogar con todos, ejerciendo un magisterio lúcido y enriquecedor… Quiero ahora citar a un gran poeta de la lengua castellana, que resume cabalmente los sentimientos de todos quienes compartimos biografía con Pedro: “Nos dejó harto consuelo, su memoria”.

A nosotros también y una memoria tan viva que hoy todavía, cada vez que vuelvo a Salta me parece que lo voy a encontrar en un bar de la recova del Cabildo o bien en la confitería La Moderna, de calle España 674. Fíjese bien, amigo lector, que a lo mejor está.