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Lo ocurrido en Brasil y el rápido repudio del progresismo dejan en evidencia como algunos hechos aislados pueden ser de alto repudio, mientras que acciones sistemáticas de lesa humanidad en gobiernos son acalladas. El peligro de los neofascismos, sí, pero la hipogresía también.

Por Franco David Hessling

El intento de golpe de Estado en Brasil, si bien no tenía muchas posibilidades de prosperar como tal y ni siquiera buscaba concretamente el golpe, puede ser leído como una amenaza para las instituciones democráticas. Un grupúsculo sin programa ni apoyo resuelto no puede hacer un golpe, quedó demostrado, pero puede crear un universo simbólico que justifique discursos y acciones postrimeras que sí vayan en contra de algunas voluntades populares, como el voto mayoritario a tal o cual presidente.

Por eso, aunque tratar de golpistas a esos sediciosos es aumentarles importancia, no hay que subestimar lo ocurrido ni dejar de calificarlo como un intento, cuanto menos, de descalificar la legitimidad de un gobierno elegido por el voto popular y que acaba de asumir al frente de la administración.

Esa acción no tenía muchas posibilidades de prosperar en lo inmediato, pero demuestra que la derecha radical todavía engendra grupúsculos aún más radicalizados que están dispuestos a envilecer sus acciones y manchar las instituciones democráticas. Están dispuestos a cualquier cosa para que sus caprichos se vuelvan voluntad de poder. Y eso es peligroso, golpista y de resguardo, merece el más enérgico repudio.

Ello no deja de tornar algo ridículas las declamaciones excesivas de otros dirigentes políticos, como Cristina Fernández de Kirchner, quien esquiva condenar los crímenes de lesa-humanidad de Daniel Ortega en Nicaragua, pero no demora en hacer análisis y repudios de estos hechos a los que califica como parte de “discursos de odio”.

Ya hemos explicado que los discursos de odio se inscriben en lógicas de comunicación violenta y que esas lógicas en Argentina y en el mundo operan, a partir de la digitalización de las comunicaciones, como dialécticas de polarización. La grieta vernácula, a la que tanto Cristina como sus odiadores abonan, hace circular discursos de odio a uno y otro costado de la polarización.

Pero, siempre inteligente, la vicepresidente dio en la tecla al comparar lo ocurrido en Brasil con aquello que acaeció en el recambió presidencial entre Donald Trump y Joe Biden, cuando simpatizantes del republicano tomaron el Capitolio por unos momentos. El hecho que no trajo a colación CFK y que también podría alinearse es el intento de atentado del que ella fue víctima.

En todos esos casos actúan grupos, apalancados directamente o no, que radicalizan acciones en el marco de tendencias radicales de la derecha populista. Son lo que cierta literatura viene advirtiendo como grupos “neofascistas” y que representan la radicalización de la derecha radical. Habría que evitar decirle “fascismo” a todo aquello que no represente lo que nosotros creemos, como un significante vacío y demonizante de todo lo otro disidente al mainstream.

Sin embargo, cuando lo disidente ocurre como consecuencia de la radicalización de la derecha radical, no quedan muchos más apelativos para definirlos: grupos neofascistas.