01 02 hesslingFranco Hessling Herrera

Una serie norteamericana sobre los mormones devela el parecido ideológico con la corriente libertaria -no sólo en nuestro país-. Los delirios empiezan quejándose contra impuestos y atribuyéndose el sitial de defensores únicos de la propiedad privada. El guionista de esa producción bien podría ser asesor de Milei.

En 2022 se estrenó la serie “Under the banner of heaven”, que puede traducirse como “bajo el estandarte del cielo” o “por mandato divino” o “bajo la bandera celestial”. El sentido no varía demasiado, en cualquier caso se trata de una historia volcada al universo religioso y los designios metafísicos.

Está ambientada en los Estados Unidos, en Salt Lake City, estado de Utah, una zona especialmente conservadora, republicana y con fetiches atávicos anacrónicos para los tiempos modernos. Se basa en un libro de no ficción que recupera un hecho real, ocurrido en la década del 80, tras el asesinato a sangre fría de una madre y su beba de menos de dos años.

Independientemente de las decisiones filmográficas y los efectos creados para enriquecer la diégesis del relato y volverlo atrayente, no deja de haber mucho apego con lo que ocurre con el fanatismo religioso cuando se lo lleva a niveles delirantes. El hecho es que un grupo de hermanos de lo que tradicionalmente se llaman mormones, los Latter-Day Saints o Santos de los Últimos Días, se aventura a radicalizar sus creencias cuestionando a sus propios oficiales y recuperando viejas escrituras del mismísimo Joseph Smith jr., el profeta. Extralimitados en sus acciones redentoras, terminan asesinando a la esposa de uno de ellos y a su hija, bajo el mandato de que con su sangre derramada en el suelo se expiarán sus pecados.

Ese es el plato fuerte, pero lo interesante es que el delirio de los hermanos Lafferty no comienza con una exacerbación de su búsqueda espiritual, con una excesiva introspección o con una vocación por redescubrir escrituras solapadas. Tampoco con el afán de aggiornar la doctrina ni de ampliar las bases argumentales del culto de los Santos de los Últimos Días. Mucho menos con entronizar el camino del ascetismo, el sendero de la vocación de servicio religioso o la abnegación para el enclaustramiento abocado al estudio de las profecías sagradas.

El apasionamiento que les valdrá la anatemización aun antes de que cometiesen el delito contra su cuñada y sobrina se inicia con la negativa a pagar impuestos federales al gobierno de los Estados Unidos. Las argumentaciones de Dan Lafferty, el hermano mayor y a cargo de los negocios familiares, no tienen mucha divergencia con la vocinglería a la que nos tiene acostumbrados el presidente de la Nación, don Javier Gerardo Milei. Los hermanos se niegan primero a pagar impuestos inmobiliarios y luego incluso a pagar multas vehiculares, por lo que la postrimera víctima confronta al primogénito, puesto que su esposo, el menor de los Lafferty, sufría amenazas de terminar preso por conculcación.

El que finalmente termina apartado de la iglesia y tras las rejas por su insubordinación fiscal es el propio Dan, quien aparece en muchas escenas desencajado, gritando y maldiciendo, con afirmaciones como que el gobierno le roba e invade su derecho a la propiedad privada por cobrar impuestos. La homología es inevitable, por el contenido conceptual de sus decires y por la actitud de bravata ordinaria, tan propia de Milei. Si a eso le añadimos que Dan echa mano al esoterismo cuando se queda sin fundamentos lógicos, la similitud con las fuerzas del cielo y “el uno” de nuestro mandatario son ostensibles.

Hace tiempo que se han moderado las alusiones divinas de Milei, puede que porque el peronismo ya ha tomado nota de ese derrotero y busca anticipársele con opciones propias dentro del ala evangelista. Sin embargo, desde sus biógrafos hasta su círculo íntimo reconocen que entre él y su hermana, Karina la del 3% de coimas, las evocaciones al misticismo son innumerables. Muchas de sus decisiones, gestiones y opciones están dadas por las creencias cabalísticas, los supuestos designios y los aparentes mandatos divinos que reciben implícita o explícitamente. Pero más que esa coincidencia, lo que llama la atención es que tanto los Lafferty como los Milei se presentan como anti impuestos estatales, como defensores de la propiedad privada y como detractores del estado, al que sólo pueden observar como la antítesis de los individuos.

El delirio religioso, sobretodo cuando deriva en mesianismo, y el libertarianismo, así, se develan como caras de una misma moneda. El mesianismo no es exclusivo del libertarianismo, pero la argumentación dogmática de las decisiones tan terrenales como la política fiscal sí son exclusivas de esa corriente ideológica. Resta saber hasta cuánto se le permitirá avanzar en el gobierno, en sus decisiones y en su realización de la voluntad de las fuerzas del cielo. Por ahora, con el gobernador Sáenz a la cabeza de la fila, todo indica que vamos a terminar siendo los Argentinos de los Últimos Días.