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La inmensidad de los Andes salteños esconde secretos que escapan a la velocidad del turismo moderno. Para descubrir la esencia viva de la montaña, hace falta abandonar los vehículos con tracción integral y entregar los pies a la geografía áspera de la Puna.

En este rincón, a la sombra de macizos andinos que rozan los 6000 metros sobre el nivel del mar, se erige Cerro Negro de Tejada. Esta comunidad rural representa uno de los puntos más aislados y fascinantes de la provincia de Salta.

Para iniciar la travesía hacia este paraje, los viajeros deben comprender que el mapa se transforma. El recorrido tradicional exige avanzar por la emblemática Ruta Provincial 33, aquella que trepa los caracoles de la Cuesta del Obispo.

Esta ruta actúa como el portal de acceso hacia los Valles Calchaquíes y anticipa el rumbo que conduce a Cachi. No obstante, el desvío hacia la aventura profunda se localiza antes, en el histórico pueblo colonial de Payogasta. Desde ese sector de producción vitivinícola y campos de pimiento, el camino terrestre vehicular encuentra su límite definitivo en Potrero General Belgrano. En dicho punto, las camionetas se apagan y comienza el verdadero desafío físico.

08 16 cerronegro2A partir de Potrero General Belgrano, la distancia ya no se calcula en kilómetros, sino en horas de esfuerzo regular. Una caminata de seis horas continuas a través de senderos ancestrales separa la última huella de neumático de las casas de adobe de Cerro Negro de Tejada. El trayecto discurre por senderos escarpados de montaña, filos de roca suelta y codos de ríos secos que exigen máxima concentración. Por esta razón, los pobladores locales dependen exclusivamente de mulas o burros para trasladar víveres, medicamentos y elementos de primera necesidad. El viento puneño, frío y seco, acompaña cada paso de la marcha mientras el oxígeno escasea debido a la altitud extrema.

Al alcanzar el destino, el esfuerzo del ascenso halla su recompensa en un paisaje de características únicas. El paraje se resguarda en una planicie rodeada de picos áridos, bajo un cielo nítido donde el cóndor andino despliega su vuelo habitual. La fauna autóctona convive allí con las tradiciones agrícolas de la comunidad. Los habitantes del sector mantienen vivas las técnicas de cultivo prehispánicas, orientadas a la producción de papas andinas y papines cosechados en el Altiplano. Este sistema productivo artesanal provee el sustento diario a las familias y constituye un patrimonio cultural que los sitúa como guardianes de la soberanía alimentaria en la Puna.

En este contexto de aislamiento geográfico, una institución civil se convierte en el corazón del poblado. La Escuela Multigrado N° 4260 emerge entre las piedras como el principal centro de referencia social. El establecimiento educativo brinda contención y educación a un grupo reducido de niños de la zona. A causa de las enormes distancias y la complejidad del terreno, los alumnos residen en la escuela durante toda la semana hábil. Bajo la conducción del director Carlos Vargas y un plantel docente dedicado, el edificio escolar no solo imparte conocimientos formales, sino que también garantiza abrigo, raciones de comida caliente y un espacio de juego compartido.

Con el propósito de mitigar las duras condiciones edilicias y climáticas, diversas organizaciones civiles realizan expediciones de apoyo logístico. Instituciones de la sociedad civil, tales como la Fundación Alfarcito, inspiradas en la obra solidaria del recordado Padre Chifri, organizan travesías a pie y a caballo para acercar material pedagógico, ropa de abrigo y juguetes a la institución. Estas acciones comunitarias refuerzan los lazos entre la capital provincial y las poblaciones dispersas de la Quebrada del Toro. De este modo, la escuela funciona como un faro de resistencia soberana en medio de la desolación mineral de los cerros.

Por otra parte, la región despierta un creciente interés para los entusiastas del turismo sustentable y la arqueología de montaña. La cercanía con los trazados del Qhapaq Ñan —el Camino del Inca declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO— otorga al territorio un valor histórico incalculable. El flujo de visitantes externos es escaso, lo cual preserva intacta la identidad andina y previene el impacto ambiental negativo en ecosistemas frágiles. Aquellos montañistas que deciden emprender la travesía asumen el compromiso de respetar las pautas del turismo comunitario, una modalidad que genera ingresos directos para las familias anfitrionas mediante la provisión de guiados y servicios de arriería.

 

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Para concluir, Cerro Negro de Tejada se consolida como un testimonio vivo de la Salta profunda. El viaje hacia sus entrañas demanda respeto por la naturaleza, preparación física rigurosa y empatía hacia formas de vida que resisten el olvido estatal. En este sitio, donde los gigantes de roca vigilan el horizonte, la vida discurre con la paciencia de la piedra y la fortaleza de quienes habitan el techo del mundo.