Franco Hessling Herrera
El desenvolvimiento que vienen teniendo las elecciones en Estados Unidos después del triunfo de Mamdani en Nueva York pone en el centro de la escena la guerra en Medio Oriente y el repudio al genocidio de Israel contra el pueblo palestino. ¿Puede ocurrir lo mismo en las próximas elecciones argentinas?
Este año serán las elecciones de medio término en los Estados Unidos, lo que representa la primera prueba seria sobre la administración de Donald Trump y sus chances de que un heredero suyo se haga con las próximas presidenciales. Además, se ponen en juego las mayorías parlamentarias con las que ha venido gozando en este segundo mandato, donde desde que asumió, su partido republicano acaparó la mayor cantidad de escaños tanto en la cámara baja como en el Senado. Con ello, se reconfiguraría la displicencia institucional con la que ha venido gobernando el presidente y que le permitió, entre otras cosas, aventurarse a avanzadas militares sin la venia del parlamento.
Modificar el dominio republicano en las cámaras deliberativas luce sencillo para los demócratas en el cámara de representantes del pueblo, mientras que se vislumbra algo más complicado en el cuerpo de representantes de los estados, donde los demócratas no sólo deberían retener todas sus bancas en disputa sino que además deberían agregar al menos cuatro de los lugares que hoy son ocupados por republicanos. Como muchos estados tienen una tradición definida en uno de los dos partidos, resulta ambicioso suponer que, aunque haya rechazo a Trump, los demócratas lograsen pintar de azul sitios que a menudo se inclinan por el rojo que identifica a los republicanos.
Por lo que se viene observando en las primarias de cada partido, la tendencia a la baja de Trump es suficientemente preocupante para los cultores de su MAGA, algunos de los cuales también han hecho públicas sus críticas, como el magnate y ex funcionario, Elon Musk, o el editorialista Tucker Carlson. No sólo entre los demócratas hay una inclinación por los perfiles más radicalmente opuestos al presidente, sino que en el propio partido republicano muchos de sus favoritos vienen quedando en el camino a manos de otras figuras con algo más de moderación frente a cuestiones como el comercio internacional, las intervenciones bélicas en el extranjero, las políticas de asistencia médica interna, la ayuda humanitaria a países rezagados o el abordaje de la cuestión migratoria.
Este escenario ya se empezaba a pincelar al conocerse los resultados en la contienda por la alcaldía de Nueva York. Allí, tras imponerse en una interna demócrata el candidato que se posicionaba como socialista, adherente de la causa palestina y opositor a Trump, Zorahm Mamdani, el presidente jugó todas sus cartas apoyando al derrotado demócrata y ex alcalde, Andrew Kuomo, a que compitiera en las generales por fuera del armado demócrata. Apostaba a dividir a los azules al tiempo que afirmaba su apoyo por la causa republicana. Sin embargo, las elecciones arrojaron el resultado hoy por todos conocido que catapultó a Mamdani en la jefatura distrital de uno de los epicentros demócratas del país. La novedad no era la victoria del partido opositor, históricamente fuerte en dicho estado, sino que se había impuesto el candidato más radicalizado que, a partir de entonces, marcó una tónica para todas las campañas.
Esa tónica no sólo tiene que ver con una forma de comunicar su oposición a Trump, propositiva, dinámica y con mucho vigor en redes sociales, sino también con una retórica que cincela el debate de campaña en los espacios demócratas de Estados Unidos desde entonces: la cuestión migratoria y el enfoque con respecto a Israel. El apoyo a un régimen genocida o el escudo remanido de que cualquier crítica a Netanyahu es antisemitismo, recibir fondos de donantes para la campaña alineados con el sionismo o recharlos en repudio humanitario, asumir que era necesario un endurecimiento de la política migratoria o rechazar taxativamente las cacerías y asesinatos impunes que ha ejecutado el ICE -la fuerza federal que persigue a los migrantes-.
En algunos lugares se impuso la mirada más condescendiente con Israel y el ICE, como en la interna de esta semana en Wisconsin, mientras que en otras partes ganó terreno el ala radical, que compite dentro del partido demócrata pero que se promociona como socialista, como en Michigan, donde hace algunas semanas se impuso otro nombre que hace resonar su origen migrante y árabe: Abdul El-Sayed. Se trata de un político joven, diametralmente opuesto a Trump y el discurso xenófobo del MAGA, con antecedentes académicos y en el área de la salud, dos de las áreas a las que la administración ha desfinanciado, atacado y estigmatizado en numerosas oportunidades. El-Sayed, igual que Mamdani, se ha plantado explícitamente como denunciante del genocidio palestino, acusando al premier israelí como criminal de guerra, y se identifica con el culto musulmán.
Ello ha dado lugar a un crecimiento de las figuras demócratas jóvenes que venían destacando aunque siempre de modo marginal, incluso para el propio establishment del partido, como Alexandria Ocasio-Cortez, que ya es mencionada como posible contendiente por la presidencia de la confederación. Ante la relevancia que ha cobrado la guerra en medio oriente para el debate político interno en los países occidentales tan involucrados en el asunto, con posiciones tan explícitas como la de Javier Gerardo Milei, cabe preguntarse qué tanto podría mellar eso no sólo en las elecciones de medio término norteamericanas, sino también en el futuro cotejo electoral argentino. Sionismo si o sionismo no, genocidio si o genocidio no, son variables que podrían cobrar vigor en los votantes argentinos que se interesan por la geopolítica.

Franco Hessling Herrera
Mario Casalla
Natalia Aguiar