Punto Uno
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Por Pablo Borla
Ha pasado el Día del Padre, con toda su carga de símbolos y afectos, en una comunidad que honra a los Padres de la Patria pero habitualmente no los emula.

El tercer domingo de junio de cada año, si tenemos la fortuna de que aún compartan nuestros días, celebramos a nuestros padres.


Si ya partieron, los rememoramos con esa melancolía que nos desangra en su mezcla de alegría por los buenos recuerdos y tristeza de la ausencia.


El gran Gabriel García Márquez escribió que “La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado.”


En ese rememorar, encontramos a nuestros padres de maneras variadas e inclusive extrañas. Los reconocemos en nuestros propios gestos, que son o fueron los suyos; en algunas expresiones, frases y modos.


Nos sorprendemos acomodando el cuerpo en el asiento del automóvil, manipulando el espejo retrovisor y realizando visajes que le vimos hacer a nuestro padre cientos de veces y que habitualmente imitamos, sin advertirlo, antes de ponerlo en marcha.


Están más allá de la obviedad de la biología porque también han sido padres quienes criaron hijos sin haberlos concebido. También, a lo largo de nuestra vida, a veces nos sentimos adoptados por otros por ser nuestros modelos, mentores, amigos y por los años que ostentan.


La formalidad del homenaje tiene su origen en los Estados Unidos, inspirado en un destacado viudo, padre de una familia numerosa.


Se ha propuesto muchas veces, sin mayor éxito, que en Argentina se celebre el 17 de agosto, fecha en que falleciera -allá por 1850- José de San Martín, el Padre de la Patria.


De hecho, en nuestro País, el primer festejo al respecto se hizo el 24 de agosto de 1958, en coincidencia con el nacimiento de Merceditas de San Martín y Escalada, única hija del prócer, pero no prosperó y -como en tantas otras ocasiones- se impuso el modelo estadounidense.


Tenemos muchos padres de la Patria, padres fundadores, que contribuyeron a las premisas inaugurales que convirtieron este territorio compartido en una nación.
Creo que casi ninguno tiene el acuerdo unánime que le damos para esa categoría a San Martín, quien eligió el destierro al que finalmente lo condenamos por negarse a participar de luchas intestinas; quien legó a su hija un decálogo moral de austera humildad como forma de conducta y de vida; quien liberara del yugo imperial a medio continente.


Una editorial de Todo es Historia afirma -recordando cuando Lavalle fue al barco en el que estaba San Martín, reacio a desembarcar para no verse involucrado en luchas internas- que “Lavalle es el San Martín que desembarcó. San Martín es el guerrero que no quiso ser Lavalle. Que fue San Martín y (por ello) eligió el océano, la distancia y no la tierra, el barro de la historia. Su pureza se conserva y acaso eso le otorgue el título que posee, el de padre de la Patria”.


De la pureza, la honradez, la sencillez espartana y el amor paternal de San Martín podríamos obtener guías firmes que nos orienten en tiempos de incertidumbre y grieta.


Virtudes prestigiosas adornan también el recuerdo de Martín Miguel de Güemes, Macacha, Belgrano, Juana Azurduy, Bouchard y muchas figuras señeras, que no se agotan en el tiempo inicial de la Patria sino que, con mayor o menor polémica, sirven de modelo e inspiración a lo largo de nuestra historia.


¿Será que consideramos tan únicas a esas personas que ni siquiera aspiramos a llegar a sus talones? ¿Dejamos sus ideales en un mundo platónico, afuera de nuestro alcance?


Vemos a nuestros padres en nuestros gestos, nuestros rasgos y a veces en nuestras convicciones y su ejemplo y guía sirve para nosotros.


Deberíamos poder ver en su dimensión humana a quienes no fueron sino personas de carne y hueso que decidieron servir a una entidad superior a ellos mismos.


No hay mejor recompensa y homenaje para los buenos padres que ser buenos hijos, especialmente cuando el destino de una Nación depende de ello.