Punto Uno
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Por Pablo Borla

Los esquemas de organización en el mundo, fundamentalmente de orden geopolítico y económico han visto temblar sus paradigmas ante la pandemia, que inauguró una realidad diferente. ¿Caerán esas murallas de Jericó fundando un orden internacional más solidario, adaptado a las nuevas circunstancias?

Siempre resulta tentador acudir a historias del Viejo Testamento para acomodar sus abundantes parábolas, su inmenso universo simbólico, a casi cualquier hecho que suceda. Parece que todo está allí y su éxito milenario también tiene su base en ello.

En la primera parte de La Biblia hallamos la historia de la toma de la ciudad de Jericó, en el valle del sur de Jordania, Israel. Los israelitas liberados por Moisés, luego de deambular por el desierto durante 40 años, se encuentran frente a Jericó, ciudad fuertemente custodiada por dos grandes murallas, de donde nadie podía salir o entrar. Necesitaban pasar en su rumbo a la Tierra Prometida y decidieron caminar alrededor de las murallas durante seis días. Al término del plazo, el ruido estruendoso de las trompetas celestiales se hizo oír y entonces cayeron para siempre los impenetrables muros de la ciudad.

El capitalismo como sistema económico no apareció hasta el siglo XIII en Europa, como un sistema de sustitución del feudalismo ya económicamente inviable. Ha sido dominante en un esquema de organización social en el que el ser humano es mirado como una unidad con capacidad de producción y consumo y en el prevalece un orden económico alejado de la intervención del Estado como regulador.

En términos de control, influencia y ganancia, ha sido exitoso por lo menos para aquella parte del globo cuyas naciones han logrado imponer sus prerrogativas, ya sea mediante la fuerza de las armas o de la penetración cultural. No lo hubieran podido llevar a cabo con tanto éxito, empero, si no contasen con el apoyo de poderosas minorías locales que han sabido imponer su influencia de diferente manera y con variadas artimañas.

Ha caído el Muro de Berlín, símbolo del doloroso totalitarismo comunista. Ha sido el lucro el objetivo prioritario y la ganancia sin límites el sinónimo del éxito. Ser es poseer.

Ha caído el Muro y siguieron las otras murallas, invencibles, impenetrables.

Pero han sonado las trompetas del COVID-19, y comenzaron a temblar porque han sido otros los valores necesarios para un potencial éxito: la solidaridad, el acceso a la salud pública y la inversión en sistemas sanitarios eficientes y con esquemas de educación en los que la distancia no sea una barrera infranqueable.

Ha sido preciso aprender a contar unos con otros y entender que la Humanidad es un sustantivo colectivo en el que, ante el peligro global, nos necesitamos.

Biólogos españoles que participan en el desarrollo de las vacunas contra el COVID-19 han manifestado públicamente que "El virus nos ha quitado muchas vidas y muchos puestos de trabajo. Si no preparamos vacunas de alcance mundial y para los países que tengan menor poder adquisitivo, no terminaremos con la pandemia”.

Aún hoy, el viejo esquema aún vigente marca una diferencia abismal entre las naciones más ricas frente a las pobres y el acceso a las vacunas salvadoras sigue el paradigma del mejor postor.

En un reportaje difundido en el website INFOBAE, el reconocido médico argentino radicado en los Estados Unidos, Oscar Cingolani, afirmó que “Lo que debemos tener claro es que los países con mayores recursos van a salir primero de la pandemia. Porque van a poder tener acceso a las vacunas y podrán vacunarse masivamente. Y a partir de ahí ya tenemos que empezar a pensar, sobre todo aquellas potencias con recursos, de que no vamos a salir de la pandemia si no tratamos a los países emergentes”. También, aseveró que “Los países del mundo que mejor gestionaron la pandemia fueron las sociedades que comprendieron que cuidarse es una cuestión colectiva y no individual.”

La pregunta relevante es qué es lo que lograremos aprender de los que nos sucede hoy y como cambiará esto al mundo, a sabiendas de que la globalización nos expone a futuras pandemias.

¿Habrán logrado estás microscópicas Trompetas de Jericó destruir las barreras del individualismo más recalcitrante y fundamentalista?

En los últimos 12 meses, los más ricos del mundo se han vuelto más ricos aún y la pobreza ha ganado terreno de la mano de la pauperización por la economía detenida y en recesión. Aún debemos ver como logramos recuperar un año casi perdido en lo educativo para muchísimos alumnos del mundo.

El sistema vigente necesita de consumidores y la concentración de riqueza y el endeudamiento de los países muestran un orden mundial que ya nunca más será lo que fue.

La pandemia global es, también, una oportunidad para aprender y refundar las prioridades que tenemos los seres humanos y los gobiernos que elegimos, para decidir adónde y de que manera vamos hacia el futuro.

De nada sirven las meras palabras. Richard Brown dijo una vez que las palabras no son signos de las cosas sino las cosas signos para las palabras, porque no hay una realidad de índole social que no sea experimentada a través de una matriz social de discurso.

La búsqueda, entonces, será la de una nueva matriz de pensamiento que refleje la realidad de los hechos como son y no como queremos (o quizás extrañamos) que sean.