Por Mario Casalla
(Especial para Punto Uno)
A veces poder mirar en perspectiva es clave, para que el árbol no nos impida ver el bosque. Este es uno de esos momentos claves en el cual, frente a las cosas que nos urgen, que nos corren, es menester ejercer una mirada capaz de superar la coyuntura o limitar el discurso a un simple comentario sobre lo que pasa. Lo invito entonces, amigo lector, a acompañarme en tres puntos esenciales que hacen a este presente ampliado.
Sobre el tiempo
En primer lugar, quisiera hacer una observación sobre el título de esta nota. Hablamos de un “tiempo que nos corre” y no de un “tiempo que corre”. Y esto es por cierto muy significativo. Ambos tiempos están –de alguna manera interrelacionados, pero lo que acentuamos es este tiempo que nos corre, que fluye y que nos urge de manera especial.
Si quisiera decirlo de forma manera cuasi poética, podríamos recordar aquel fragmento de Heráclito donde nos dice: “El tiempo es un niño que juega desplazando peones, el tiempo es el reinado de un niño” (siglo VII a.C). O sea que ese tiempo que “nos corre” juega con nosotros. No es un tiempo que nosotros podemos ordenar prolijamente, como sí podríamos hacerlo con el tiempo usual (en la secuencia presente/pasado/futuro, que todo calma y todo lo ordena). Aquí no, es él quien nos ordena a nosotros, nos urge.
Recordemos la etimología de urgencia: viene del latín “urgentem”, que significa "presionar con fuerza, instar", e “instar” significa a su vez "exigir, insistir". Entonces este “tiempo que nos corre”, nos exige, nos insiste. No sabemos bien qué, pero lo sentimos así.
Nos ayudará también traer aquí a colación la sugestiva concepción que tenía Walter Benjamín del Tiempo. Para él, el tiempo no es una línea recta de progreso constante, sino una sucesión discontinua llena de rupturas, donde el pasado y el presente se conectan políticamente a través de la memoria.
En su breve, pero penetrante obra “Sobre el concepto de historia” (de 1940), Benjamín desmantela la visión burguesa y positivista de la historia para proponer una temporalidad realmente revolucionaria (en el sentido teológico y mesiánico del término). En síntesis, se trata cosas nuevas que nos provocan al menos tres reacciones básicas: perplejidad, impotencia y esperanza, este “tiempo que nos corre” realmente encierra una novedad.
Sobre la era digital y sus diferencias con la analógica
Básicamente la denominada era digital, se refiere a la época actual que ofrece un espacio virtual conocido como Internet. Espacio que se caracteriza por la velocidad de las comunicaciones que ha transformando el entorno social en el que vivimos y hasta nuestra misma forma de interactuar.
Hoy en día, las tecnologías digitales, como el agrupamiento de datos y la inteligencia artificial, se utilizan para rastrear y diagnosticar problemas en la agricultura, la salud y el medio ambiente, o para realizar tareas cotidianas como el desplazamiento en automóvil o el pago de una factura. Reemplaza a la era analógica, que se basaba en magnitudes continuas y soportes físicos (como vinilos o papel) ofreciendo una representación más fiel pero limitada en cuanto al almacenamiento y copiado. La era digital en cambio procesa datos como códigos binarios (ceros y unos) lo que permite una transmisión, almacenamiento y edición de información casi ilimitada y sin pérdida de calidad.
La revolución digital, también conocida como Tercera Revolución Industrial, es el proceso imparable que marcó el inicio de la era digital y tecnológica. Comenzó lentamente en el siglo XX, y entre los avances claves se incluyen la invención del ordenador personal en la década de 1980, la creación de la World Wide Web (la “Red Informática Mundial“) en la década de 1990 y el auge de las redes sociales y la conectividad inalámbrica en la primera década de los 2000.
Advirtamos que esta era digital transformó radicalmente la forma en que las personas se comunican y acceden a la información a nivel global todos los días y a todo nivel. El fenómeno de lo que denominamos globalización se apoya en esta Red de Informática Mundial.
No se nos escapa que el denominado “espacio virtual” es un cambio radical en la noción de “espacio” e indagar qué significa “habitar la virtualidad” es una necesidad humana de primer orden.
Sobre la denominada “Inteligencia Artificial”
Finalizo ahora con unas palabras sobre la Inteligencia Artificial (IA). En primer lugar, se ha consensuado un cierto concepto de IA. Éste diría más o menos asi: “en el contexto de las ciencias de la computación, la IA es una disciplina y un conjunto de capacidades cognoscitivas e intelectuales expresadas por sistemas informáticos o combinaciones de algoritmos, cuyo propósito es la creación de máquinas que imiten la inteligencia humana. Estas tecnologías permiten que esas máquinas aprendan de la experiencia, se adapten a nuevas entradas y realicen tareas humanas como el reconocimiento de voz, la toma de decisiones, la traducción de idiomas o la visión por computadora”.
En cuanto a su clasificación, tradicionalmente se divide a la IA en una “IA débil”, la cual es la única que existe en la actualidad y que se ocupa de realizar tareas específicas, y la “IA general”, que sería una IA que excediese las capacidades humanas. Algunos expertos creen que esto podría lograrse mediante el desarrollo de la inteligencia artificial cuántica y que, si alguna vez se alcanzara este nivel, podría dar lugar a la aparición de una “singularidad tecnológica” es decir, una entidad tecnológica superior que se mejoraría a sí misma constantemente, volviéndose incontrolable para los humanos. Como se advertirá fácilmente las consecuencias éticas y políticas de esta “singularidad tecnológica” son realmente inquietantes.
En este contexto inquietante, el papa León XIX, que nos visitará en noviembre próximo, dedicará su primera Encíclica al tema de la IA. Se titula “Magnífica Humanitas. Sobre la custodia de la persona humana en tiempos de la IA”. Publicada en el mes de mayo pasado, sintéticamente allí se dice, primero, que la inteligencia artificial debe ser "desarmada". Y de inmediato aclara: "La palabra es fuerte, lo sé, pero ha sido elegida deliberadamente porque este momento exige palabras capaces de captar la atención".
En segundo lugar, dice que “resulta imposible no sentir un profundo dolor al contemplar el inmenso sufrimiento y la humillación padecidos por tantos” y pidió "sinceramente perdón" en nombre de la Iglesia.
Y en tercer lugar relacionó el comercio de esclavos con la IA, al sugerir que el mundo corre el riesgo de volver a normalizar la explotación de las personas, tanto en la producción de esta tecnología como en sus aplicaciones, estableciendo paralelismos entre la tragedia histórica de la esclavitud tradicional y las amenazas emergentes de "nuevas esclavitudes digitales".
A reglón siguiente, condenó el uso de la IA en la guerra, afirmando que reducir el control humano sobre el armamento hace aún más difícil considerar una guerra como "justa" y advirtió sobre el inicio de una carrera armamentística basada en IA. Agregando que “ningún algoritmo puede hacer que la guerra sea moralmente aceptable".
Por último, el papa también deploró la forma en que la IA incide en la política, por ejemplo, mediante la manipulación de imágenes y videos, lo cual expone a las personas a perspectivas sesgadas o engañosas.
Por cierto, sobre cada uno de estos puntos podría escribirse un libro, pero en este caso fue nuestro interés poner de manera sencilla y al alcance del amplio público lector, esta temática que tiene muchísimo que ver con su vida y espacio cotidiano.

Mario Casalla
Antonio Marocco
Franco Hessling Herrera
Mario Casalla