09 03 aimoCristian Aimo

Hay casos que empiezan como una noticia policial y terminan obligándonos a mirar algo bastante más grande. El caso que involucra al consultor político Fernando Cerimedo es uno de ellos.

La investigación judicial por el ataque contra su expareja deberá determinar responsabilidades y para eso están los jueces. No me corresponde a mí hacer de juez ni mucho menos condenar a nadie antes de tiempo.

Pero hay algo que aparece alrededor de este caso que merece nuestra atención: la utilización de estructuras digitales, cuentas coordinadas y mecanismos capaces de fabricar una conversación que, a simple vista, parece surgir naturalmente de la gente.

Y eso sí nos toca a todos. Porque quizás estamos empezando a vivir una época en la que ya no alcanza con preguntarnos quién gobierna un país. También deberíamos preguntarnos quién ayuda a construir aquello que millones de personas terminan pensando.

Durante mucho tiempo creímos que las redes sociales eran, simplemente, una enorme plaza pública. Cada uno llegaba con su opinión, decía lo que pensaba y se iba. Qué inocencia la nuestra. La plaza ahora tiene dueño, tiene reglas y, sobre todo, tiene memoria.

Sabe qué miramos, qué compartimos, qué nos molesta, qué nos emociona y cuánto tiempo nos quedamos mirando una determinada publicación. Y con toda esa información puede aprender bastante sobre nosotros. Entonces alguien descubre que si consigue tocar determinadas teclas puede hacer que miles de personas reaccionen de la misma manera.

No hace falta convencerlas, alcanza con enojarlas. Y acá aparece algo que me preocupa especialmente. La bronca se ha convertido en una de las materias primas más rentables de la política. Una persona tranquila suele pensar un poco antes de hablar. Una persona furiosa quiere contestar inmediatamente, y las redes saben perfectamente eso. Por eso una mentira bien condimentada con indignación puede viajar muchísimo más rápido que una verdad que necesita explicarse.

Siempre necesitamos un enemigo. El pobre contra el rico. El de izquierda contra el de derecha. El porteño contra el provinciano. El joven contra el viejo. El que piensa distinto contra nosotros y cuando no encontramos al culpable, alguien se ocupa de fabricarlo.

Lo grave es que muchas veces creemos que la idea nació en nosotros, ahí está el verdadero negocio. No que alguien nos diga qué pensar, porque eso sería demasiado evidente. Mucho más inteligente es mostrarnos determinadas cosas una y otra vez hasta que terminemos creyendo que las encontramos solos. Nosotros hacemos el resto.

Compartimos, comentamos, insultamos, defendemos. Y, de paso, rompemos alguna amistad. Todo gratis. Ni siquiera tienen que pagarnos el sueldo de propagandistas.

La democracia, mientras tanto, observa desde algún rincón y acá es donde creo que debemos detenernos un momento. Porque la democracia no consiste solamente en votar cada cuatro años. Necesita ciudadanos capaces de decidir con cierta libertad. Y para decidir necesitamos información. Pero si la información que recibimos puede ser manipulada, direccionada y repetida artificialmente hasta convertirse en una supuesta verdad colectiva, entonces estamos frente a un problema bastante más serio que una pelea en las redes.

Estamos frente a una disputa por nuestra capacidad de pensar y eso debería preocuparnos más allá de nuestras simpatías políticas. Porque mañana pueden utilizarlo contra el que piensa como nosotros, ese es el detalle que muchas veces olvidamos.

Cuando una herramienta de manipulación favorece a nuestro lado, tendemos a mirar para otro lado. Hasta nos causa cierta gracia. El problema empieza cuando la misma herramienta se utiliza contra nosotros.

Pero la democracia no puede depender de quién tenga el mejor ejército de cuentas falsas. Tampoco de quién consiga fabricar más indignación. Porque entonces dejamos de discutir ideas y empezamos a competir por quién logra embrutecer más rápido a la sociedad. Y eso es peligroso, muy peligroso.

La democracia ya no desaparece con tanques a las puertas del congreso. Ahora se va deteriorando lentamente. Un poco cuando dejamos de escuchar, otro poco cuando convertimos al que piensa diferente en enemigo o cuando preferimos una mentira porque nos gusta antes que una verdad porque nos incomoda.

Tal vez por eso deberíamos recuperar una costumbre bastante vieja… pensar antes de reaccionar. Leer algo completo, dudar, preguntar. Conversar con alguien que no piensa como nosotros sin terminar queriendo matarlo simbólicamente en el intento. No parece una gran revolución, pero quizás lo sea. Porque la próxima batalla por la democracia no necesariamente va a ocurrir dentro de una urna, puede ocurrir mucho antes, mientras estamos solos frente a una pantalla.

Y si algún día conseguimos que una multitud crea que está pensando libremente cuando en realidad alguien estuvo acomodando durante meses sus miedos, sus broncas y sus certezas, entonces habremos perdido algo mucho más importante que una elección.

Habremos perdido la libertad de formar nuestras propias ideas. Y ese día quizás sigamos teniendo elecciones, partidos, candidatos y urnas. Todo parecerá estar en su lugar, pero la democracia ya no será exactamente la misma.

Porque para que exista una democracia verdadera no alcanza con que nos permitan elegir. También tenemos que ser libres para decidir qué pensar antes de elegir. Y ahí está, quizás, la pelea que todavía no terminamos de entender, la más silenciosa. La que ocurre mientras tomamos un café, viajamos en colectivo, esperamos a alguien o simplemente matamos el tiempo mirando el teléfono.

Porque tal vez, mientras nosotros creemos que estamos pasando el dedo por la pantalla, alguien esté pasando el dedo por nuestras cabezas. Y de eso, me parece, deberíamos empezar a hablar.