Cristian Aimo
Hay algo que empieza a quedar claro en la Argentina, una parte importante de la sociedad está cansada del presente, pero todavía no está convencida de quién puede cambiarlo. Ese es, quizás, el dato político más importante que dejan las últimas encuestas.
Un relevamiento nacional de Management & Fit, realizado a fines de julio de 2026 sobre 2.600 casos, muestra que el 57% de los argentinos quiere un cambio total de políticas y de equipo de gobierno. Apenas el 16,1% quiere que todo siga como está, mientras que un 23,7% prefiere mantener al Gobierno, pero con modificaciones.
Y hay otro número que no se puede esconder debajo de la alfombra: el 58,6% desaprueba la gestión nacional, frente a un 37,1% que la aprueba.
La economía explica buena parte de ese malestar. Una síntesis de 17 encuestas nacionales, elaborada por Clarín, señala que el 59% considera que su situación económica es mala o peor que la del año pasado.
Y cuando bajamos de los números generales a la mesa familiar, el panorama se vuelve todavía más concreto. Según datos de Casa Tres, difundidos por El Destape, al 73% de los sectores bajos y al 53% de la clase media no les alcanza el sueldo. Casi la mitad de las familias populares ya tuvo que recortar consumos básicos.
Management & Fit agrega otro dato que duele: las dificultades económicas personales son la principal preocupación para el 71,4% de los argentinos. Y entre quienes están endeudados, el 37,2% utiliza la tarjeta de crédito para comprar alimentos o afrontar los gastos del mes.
Entonces aparece la pregunta inevitable: si la economía aprieta, si el bolsillo no alcanza y si el 57% pide un cambio, ¿por qué el Gobierno todavía conserva competitividad electoral?
Porque la política argentina tiene una particularidad que muchas veces se olvida: la gente puede estar disconforme con el presente y, al mismo tiempo, seguir apostando a que el futuro mejore.
El 54,8% evalúa negativamente la situación actual. Pero el 59,2% todavía cree que la economía puede mejorar. Y el 40,4% piensa que esa recuperación llevará más de un año.
Ahí está una de las claves de la supervivencia política de Javier Milei. Hay malestar, pero también hay paciencia. El problema para la oposición es que ese malestar todavía no encontró un lugar donde depositarse.
En la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, Axel Kicillof tiene 39,6% de aprobación y 55,2% de desaprobación. Y Cristina Fernández de Kirchner registra 34,3% de imagen positiva y 49,4% de negativa.
Son números que muestran algo incómodo para quienes esperan que el desgaste del Gobierno se transforme automáticamente en votos opositores: rechazar al oficialismo no significa necesariamente querer volver al pasado.
Por eso, en las proyecciones de balotaje citadas por Clarín, Milei todavía aparece por encima de Kicillof: 43,5% contra 41,0%.
La paradoja está servida…
Hay una sociedad que reclama cambios, pero no encuentra todavía quién pueda encarnarlos sin cargar con las heridas del pasado. Hay un Gobierno que pierde aprobación, pero conserva una cuota importante de esperanza. Y hay una oposición que tiene razones para criticar, pero todavía no consigue convencer.
Mientras tanto, el oficialismo juega una carta conocida: “si nosotros no estamos, vuelven ellos”. Y cuando una elección se transforma en una pelea entre el miedo al presente y el miedo al pasado, la esperanza termina convirtiéndose en una moneda política.
El Gobierno no necesita, por ahora, enamorar a todos. Le alcanza con que quienes están descontentos sigan pensando que mañana puede ser mejor. El problema es que la paciencia también tiene un límite. Y cuando el futuro deja de ser una promesa y empieza a parecerse demasiado al presente, la paciencia puede convertirse en voto.
Ahí estará la verdadera pelea electoral. No entre quienes aman al Gobierno y quienes lo detestan, sino entre quienes todavía esperan que funcione y quienes ya decidieron que es hora de cambiar.

Franco Hessling Herrera
Mario Casalla
Natalia Aguiar