06 02 aimoCristian Aimo

Hay algo inquietante en ciertos libros. Uno cree que está leyendo sobre un país ajeno y, de golpe, descubre que el espejo le devuelve su propia cara. Me pasó hace unos días, mientras terminaba una obra de Jessé Souza, La élite del atraso: De la esclavitud a Bolsonaro.

Brasil aparecía en cada página, sí, pero debajo de esas líneas también respiraba la Argentina de estos últimos años. No hacía falta forzar ninguna interpretación. Todo estaba ahí: el enojo social, el desprecio por lo colectivo, la construcción de enemigos abstractos y esa sensación de que el vecino terminó convirtiéndose en rival antes que compañero.

A veces la sociología tiene algo de oficio silencioso. Observa. Escucha. Une piezas dispersas que la vorágine cotidiana nos impide ver. Souza habla de Bolsonaro, de las élites brasileñas y de cómo logran convencer a millones de personas de actuar en contra de sus propios intereses, pero mientras lo leía era imposible no pensar en nuestra propia historia reciente. Porque acá también existe esa vieja aspiración de pertenecer a una supuesta “gente de bien”, aunque el sueldo no alcance, aunque el alquiler asfixie y aunque el futuro parezca cada vez más chico.

Hay una parte de nuestra sociedad que fue educada para mirar hacia abajo con más desconfianza que hacia arriba. Como si el problema estuviera siempre en el que comparte la misma vereda y nunca en quienes diseñan las reglas del juego. Tal vez por eso el discurso contra “la casta” encontró tanta fertilidad. No porque haya aparecido una verdad revelada, sino porque logró transformar el cansancio colectivo en una guerra horizontal. El sistema real quedó cómodamente sentado observando cómo nos peleábamos entre nosotros.

Y ahí aparece otro fenómeno profundamente humano, quizás el más complejo de todos: el desencanto de los jóvenes. Hay algo doloroso en ver generaciones enteras crecer escuchando promesas que nunca terminan de cumplirse. Hijos de familias que sobrevivieron a crisis tras crisis, jóvenes que vieron a sus padres trabajar toda la vida para terminar igual de frágiles frente a cualquier sacudón económica. En ese contexto, el grito de romper todo deja de sonar irracional. Empieza a parecer una forma desesperada de justicia.

No creo que se trate solamente de ideología. Hay algo emocional mucho más profundo. Una sensación de humillación acumulada. De sentir que el esfuerzo nunca alcanza, que las oportunidades siempre llegan tarde o directamente no llegan. Entonces aparece esa rebeldía extraña donde el individualismo se disfraza de libertad absoluta y la precariedad se convierte, casi mágicamente, en “espíritu emprendedor”. Como si ponerle un nombre moderno al desamparo pudiera volverlo digno.

Quizás lo más inteligente que tuvo el fenómeno libertario fue entender el lenguaje de esta época. No habla como hablaba la política tradicional. Se mueve con la velocidad de las redes, con la estética de los videos cortos y el impacto emocional inmediato. En un tiempo donde nadie parece tener paciencia para explicaciones largas, la bronca comprimida en una frase viral vale más que cualquier discusión compleja. Y ahí la política tradicional quedó vieja, pesada, burocrática. No supo interpretar el clima de época o creyó que alcanzaba con repetir símbolos históricos para conservar legitimidad.

Pero sería un error pensar que todo esto nació de la nada o que se trata de una anomalía exclusivamente argentina. Lo que estamos viviendo ya ocurrió en otros lugares, con otros nombres y otras banderas. Cambian los escenarios, cambian las plataformas, cambian las estéticas, pero el mecanismo se repite con una precisión inquietante. Sociedades agotadas, sectores medios asustados de caer y liderazgos que convierten ese miedo en identidad política.

Lo verdaderamente triste no es solamente quién ganó una elección. La tragedia más profunda aparece cuando millones de personas empiezan a creer que para salvarse deben soltarle la mano al otro. Ahí se rompe algo más importante que cualquier resultado electoral. Porque una sociedad puede recuperarse de una crisis económica; lo que cuesta muchísimo más es reconstruir la idea de comunidad una vez que se instala la lógica de la supervivencia individual.

Tal vez entender que este libreto ya fue ensayado antes sea el primer paso para dejar de actuar como extras de una historia escrita por otros. Tal vez mirar el espejo brasileño sirva justamente para eso: para reconocer a tiempo las grietas propias antes de que terminen convirtiéndose en heridas imposibles de cerrar.