Antonio Marocco
No hay que caer en la trampa. A lo más valioso de los próceres no lo van a encontrar en el frío bronce. Esa es la estrategia que durante mucho tiempo utilizó la historiografía para ocultar los verdaderos principios y valores de los hombres que construyeron la Nación.
Muchas veces con el bronce se homenajea a la persona para soslayar sus luchas y sus causas: para separar al hombre de su pueblo.
Cuando el recordatorio de los próceres que hicieron historia se limita al bronce, se corre el riesgo de que queden allí petrificadas las ideas que le dieron sentido a su vida.
Me pregunto entonces: esa figura de bronce alrededor de la cual hoy se reunirán argentinos en las plazas de todo el país, ¿Qué evoca? ¿Cómo nos interpela? ¿De qué Belgrano hablamos?
Me permito elegir al Belgrano que fue abogado de claustro pero general de todo un pueblo, que legó una bandera para enseñar que nadie es más importante que aquello que es de todos.
El Belgrano periodista, escritor, diplomático y economista. Un jefe militar, pero sobre todo un conductor político, enamorado de una incipiente Nación para la que había construido todo un programa de desarrollo moderno y emancipador.
Un Belgrano que entendía necesario romper las cadenas de la dominación colonial, pero también romper las cadenas de la dominación moral que impone la pobreza y la injusticia a los hombres y mujeres de la nación.
Las obras de los próceres todavía tienen mucho para decir, y enseñan aún más que sus estatuas. Solo hay que saber leerlas y hacer el esfuerzo honesto por interpretarlas.
Dijo Belgrano: “Mucho me falta para ser un verdadero padre de la patria, me contentaría con ser un buen hijo de ella”.
Allí está, quizás, una de las claves más profundas de su legado: no se pensaba a sí mismo desde la vanidad del héroe, sino desde la obligación moral del hijo. No quería ser dueño de la patria, sino servidor de ella. No buscaba la posteridad, sino la utilidad. No quería monumentos: quería escuelas, trabajo, industria, justicia, libertad.
Por eso, cada vez que lo recordamos, deberíamos preguntarnos si estamos honrando de verdad a Belgrano o si apenas estamos cumpliendo con el rito amable de la evocación. Porque hay homenajes que tranquilizan la conciencia, pero no comprometen a nadie. Y hay otros, más incómodos, que obligan a revisar la memoria colectiva y a reparar, aunque sea simbólicamente, algunas de sus injusticias.
Salta tiene con Belgrano una deuda de gratitud que no puede reducirse al protocolo de una fecha patria. Aquí libró una de las batallas decisivas de la independencia. Aquí entró victorioso después de derrotar al ejército realista. Aquí dejó una huella que no pertenece solamente a los libros de historia, sino también a la geografía viva de la ciudad.
Esa huella tuvo nombre. Después de la Batalla de Salta, el propio Belgrano bautizó como “Calle de la Victoria” a una de las arterias que rodean la plaza principal, la actual Plaza 9 de Julio. No era un nombre cualquiera: era la memoria urbana de un triunfo patriota, el testimonio cotidiano de una gesta que aseguró el norte argentino y afirmó el camino de la independencia.
Sin embargo, a principios del siglo XX, esa calle dejó de llamarse así y pasó a llamarse España. Vaya ironía histórica: la calle que Belgrano había nombrado para recordar la victoria sobre el poder colonial terminó llevando el nombre de la España contra la que se había librado esa batalla.
No se trata de alimentar rencores contra la historia ni de negar los vínculos culturales, afectivos y humanos que nos unen con España. Incluso, nada impediría que otra calle de la ciudad llevara el nombre de ese gran país. Se trata, simplemente, de poner las cosas en su justo lugar. De comprender que los nombres de las calles también educan, también dicen, también construyen sentido. Una ciudad no solo se reconoce por sus edificios: también se reconoce por aquello que decide recordar.
Por eso, tal vez el mejor homenaje que Salta podría ofrecerle a Belgrano sea devolverle a esa calle el nombre que él mismo le dio.
Volver a llamar “De la Victoria” a la actual calle España sería una reparación nominal, sí, pero también sería decir que la memoria está viva. Sería permitir que cada salteño, cada estudiante, cada turista y cada niño que camine por el centro de la ciudad se pregunte qué victoria fue aquella, quién la hizo posible y por qué todavía importa.
Porque a Belgrano no se lo honra únicamente admirando bellas esculturas. Se lo honra cuando se recuperan sus ideas, cuando se defiende su legado y cuando la ciudad que fue escenario de su gloria se anima a nombrar la historia con las palabras que él eligió.
Salta debería volver a tener su Calle de la Victoria.

Mario Casalla
Franco Hessling Herrera
Antonio Marocco