Franco Hessling Herrera

La carrera presidencial en Brasil y una investigación contra el banquero Daniel Vorcaro abrieron la posibilidad para la comparación con la derecha global contemporánea. Primero niegan, luego aceptan, después se victimizan, por último pasan al ataque con descaro. Payasescos en inglés, español y portugués.

En septiembre se estrenará en la taquilla hollywoodense el título “Black Horse”, una película basada en la vida del ex presidente brasileño Jair Bolsonaro. Como se sabe, éste es aliado del actual primer mandatario estadounidense, Donald Trump, y se encuentra tras las rejas, culpable por cargos de sedición. Similar situación a la que vivió Trump cuando no aceptó que la democracia de su país había rechazado su reelección, al caer derrotado con el demócrata Joe Biden.

Sobre Bolsonaro y sus hijos, además, hay sospechas, investigaciones periodísticas y causas judiciales por corrupción y otros delitos igualmente estridentes como la planificación de asesinatos de líderes opositores, tal el caso de Marielle Franco.

Ahí están las industrias culturales funcionando como excelsas maquinarias de sentido en las que se redimen, vapulean o instalan los relatos de quienes ostentan los resortes más sólidos del poder, es decir, los acaudalados, los pertrechados y los nacidos en familias dinásticas.

La industria cinematográfica, una vez más, apuntalando desde la taquilla las narrativas para que el statu-quo luzca promisorio y saludable, necesario e ineludible, aceptable y dedicado al bien común.

En septiembre, con la idea del caballo negro, se intentará mostrar a Bolsonaro como un líder saboteado por el populismo brasilero, cuando él mismo puede ser catalogado como populista -igual que Trump-. Para que se comprenda el nivel de reinstalación de sentidos que operan a través de esas industrias culturales como el cine podría citarse el clásico trabajo de Walter Benjamin sobre el cine durante el nacionalismo nazi en Alemania.

Sin embargo, no hay que irse tan lejos para ver ese hilo en esta trama que pondrá en cartelera, con aires de beatificación, al ultraderechista, misógino, homofóbico, racista, xenófobo y agraviante, Jair Bolsonaro. El film fue promovido por uno de sus hijos, que, como se sabe, junto a su hermano tienen también carrera política y pretenden desbancar a Lula de la presidencia. Tanto Flavio como Eduardo Bolsonaro han ocupado u ocupan escaños legislativos en el Brasil, han sido investigados por el asesinato a sangre fría de Franco, y el primero de ellos figura entre los candidatos presidenciales opositores para los comicios de este año.

Recientemente fue tomado preso un banquero brasilero, Daniel Vorcaro, acusado de extorsiones y fraudes millonarios. Como no podía ser de otra manera, como Fred Machado con los referentes de la rancia derecha argentina, Vorcaro había mantenido cercanas relaciones con Flavio Bolsonaro -amigo de Javier Milei, igual que su hermano-. Y, al igual que los referentes de la derecha ignominiosa argentina, también homólogo al genocida B. Netanyahu y a Trump, Bolsonaro (h) primero negó lo que luego se hizo indisimulable gracias a las pruebas que aportaron investigaciones periodísticas.

Tras ello, tuvo que admitir que efectivamente había mantenido encuentros con Vorcaro y lo atribuyó exclusivamente al financiamiento del film sobre su padre que se estrenará este año.

Igual que Adorni primero negó más viajes y luego supimos que se la pasó viajando, que negó más compras y gastos y luego supimos que se la pasó pagando cash y en dólares, igual que Bullrich que difundió videos falsos para criminalizar la protesta, igual que Espert que negó vínculos con Machado y luego supimos que eran muy frecuentes. O, incluso, igual que Milei que negó estar al tanto detalladamente del token Libra con el que estafó a muchos usuarios y luego supimos que durante todo el día del lanzamiento de la moneda se había mantenido al teléfono con Novelli, quien estaba junto a Hayden Davis -el impulsor de la criptomoneda fantasma-.

La derecha outsider y antipolítica, que es muy ideológica, sostiene el factor común de mentir y jugar al “si pasa, pasa”. O de aferrarse al mantra embustero de “negarse a muerte”, aun frente a las más rotundas pruebas. Muchas veces tienen la suerte de que pasa, efectivamente, porque la población se mantiene sumida en un desdén por la verdad que no tiene antecedentes históricos. Muchos simplemente creen lo que quieren creer, haciendo caso omiso a las evidencias. Ello lleva a que Milei haga afirmaciones como la de hace pocos días sobre la inocencia de Espert y Machado, quien, contradictoriamente, aceptó su culpabilidad en los tribunales norteamericanos -es decir, ni el propio Machado se considera inocente a sí mismo, ni el propio Espert ha salido a dar muestras elocuentes de su inocencia frente al dinero y favores sucios que aceptó de Machado-.

Eduardo Bolsonaro, el hijo menor, vive en Texas la mayor parte del tiempo y, pese a ello, se ha consagrado a cargos políticos en el Brasil. Contradicciones similares a la de los anti-casta y anti-estado argentinos, que viven de los curros a través del estado, como la hermana del presidente y sus secuaces en las coimas en la Agencia Nacional de Discapacidad o con las sobrefacturaciones en el PAMI. O el hermano de Adorni que no tiene cómo justificar, igual que el Jefe de Gabinete, su incremento patrimonial desde que dejó de trabajar en el sector privado y pasó a ser funcionario público.

Al final, la derecha cinematográfica es eso, pura ficción. Y los bobos aplauden, y votan y se regocijan de júbilo al corear, con dificultades fonoaudiológicas y cognitivas obvias: “No vuelven más, se “dodadon” un PBI”, sin ni siquiera saber cuánto fue el último PBI ni cómo se calcula.