05 11 hesslingFranco Hessling Herrera

No es la primera vez que se asocia el futuro con el desarrollo de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información, aunque el uso de redes y la IA generativa le han dado nuevo aire. Que no nos arrebaten la capacidad y el deseo de pensar por nosotros mismos.

A principios del milenio se había instalado un discurso sobre las nuevas tecnologías en el ámbito educativo. Se prefiguraba que el desarrollo de la tecnología inteligente, internet y los dispositivos con múltiples funciones en línea marcarían una tendencia irreversible, que irían instalándose y superándose a pasos cada vez más acelerados y que, por lo tanto, serían el portal hacia el futuro.

Podríamos empezar por preguntarnos si la educación formal obligatoria debe necesariamente guiarse por las demandas del mundo laboral, o si éstas deben ser prioritarias al momento de planificar contenidos y plantearse qué es necesario y valioso enseñar y aprender.

En el comienzo de los 2000 se machacaba con que nuestro atraso como nación se perpetuaría en tanto y en cuanto no se dotara de infraestructura tecnológica en materia comunicacional para que los jóvenes se formaran en robótica, programación y telemática. Paradójicamente, tiempo después el gobierno de CFK promovió el programa Conectar Igualdad para entregar computadoras y el antiperonismo recalcitrante pudo más que esa reflexión sobre el futuro. Se lo consideró parte de un clientelismo, al que, conviene reconocerlo, el peronismo se ha ocupado de sedimentar en paralelo a su modelo de punterismo territorial. En fin, ni la entrega de computadoras garantizó que la juventud pusiera un pie en el futuro que se avizoraba a comienzos del siglo, ni el antiperonismo pudo reconocer que al menos era una herramienta para empezar a acercarse a las arenas de ese futuro en ciernes.

Idealmente se deben incorporar las nuevas tecnologías para así dialogar con los comportamientos cotidianos de las juventudes contemporáneas y, además, así fomentar el aprendizaje de los nuevos lenguajes, formas de interacción y producción de sentido para que luego se inserten sin inconvenientes en la vida adulta. Sosteniendo esa idea, por ejemplo, se decía que quienes no sepan editar videos, programar en lenguaje binario o cuanto menos emplear herramientas básicas como documentos de textos y hojas de cálculo, estarían carentes de competencias. Por lo tanto, si la educación obligatoria no proveía esos saberes condenaba a los jóvenes al fracaso.

Poco más de una veintena de años después, sobra decir que las competencias informáticas no son tan difíciles de adquirir porque, precisamente para volverse comercialmente redituables, se van creando interfaces cada vez más asequibles, inteligibles y simples. Es decir, no es necesario saber programar para hacer programación. Sin embargo, ese imaginario sobre la tecnología y el futuro sigue vigente, aunque ahora con nuevos elementos: la IA generativa y el manejo de redes sociales. De hecho, me ha ocurrido como docente universitario de Ciencias de la Comunicación que ciertos egresados reclamen cambios en la exigencia teórica de la carrera porque el mercado les demandaba -y parecía que eso a ellos no los movilizaba a ninguna reflexión- que sean “community managers”, y nada más.

Se repite el mismos diagnóstico: somos países atrasados sólo porque no se nos forma desde la escuela primaria en los giros tecnológicos que marcarán el futuro. Digamos que en este nuevo marco, “enseñar” a usar esas novedades no es otra cosa que resignar el ejercicio de facultades cognitivas propias. Y las máquinas empiezan a pensar por los seres humanos, cada vez más.

Precisamente por eso los ricos no apuntalan la educación de sus hijos con las tecnologías. Porque las tecnologías, en realidad, son fáciles de manejar y operar, lo difícil es aprender a leer comprensivamente, a escribir concienzudamente y a elaborar ideas propias, análisis originales y reflexiones punzantes. No es casualidad que en muchos países del mundo se haya empezado a prohibir el uso de tecnologías en las instituciones educativas. Lo propio también se ha hecho con el uso de redes sociales en menores. Tal vez el imaginario nos gobierne una vez más, pero todavía estamos a tiempo de advertir que ya ha fracasado antes y que fracasará de nuevo. El futuro no está entre quienes sepan usar la tecnología “smart”, sino entre quienes sepan pensar. Y para ser “community manager” no hace falta pensar, sobra decirlo.