
Cristian Aimo
El jueves 7 de mayo Salta tuvo una de esas noches que no abundan. Y creo que algunos ya lo intuíamos desde la tarde, cuando el viento empezó a cruzar la ciudad con esa fuerza seca y desordenada que tienen los otoños salteños. Había algo raro en el aire. Algo difícil de explicar. Como si el día estuviera preparando lentamente el ánimo para lo que iba a pasar más tarde.
A veces las noches importantes empiezan mucho antes de que uno llegue al lugar.
Cuando entré a la Usina Cultural sentí eso inmediatamente. No era solamente expectativa. Era otra cosa. Una sensación parecida a cuando uno sabe que está por vivir un momento que después va a recordar durante años aunque no pueda explicar exactamente por qué.
Tocaba Juan Falú. Y con eso alcanzaba.
Vivimos tiempos donde todo parece necesitar exageración para existir. Luces, pantallas, golpes de efecto, ruido permanente. Pero hay artistas que todavía sostienen otra lógica. Una mucho más profunda. La excelencia verdadera casi nunca necesita levantar la voz. Y Falú pertenece a esa especie.
Bastaron apenas unas notas para que el silencio de la sala cambiara de densidad. Su manera de tocar tiene algo muy difícil de encontrar: honestidad. No toca para demostrar. Toca para decir. Y eso modifica todo. Cada melodía parecía venir desde un lugar antiguo, lleno de tierra, de memoria, de país.
Después apareció el Teuco Castilla con esos poemas enormes que parecen escritos no desde la cabeza sino desde alguna herida luminosa. Escucharlo recitar mientras las guitarras respiraban alrededor fue uno de esos momentos donde la belleza deja de ser una idea y se vuelve algo concreto, casi físico.
Fui con mi hermano Fernando, el Gringo Marocco, su mujer Alejandra y el Moro Leguizamón, un viejo amigo de mi abuelo Fredy Aimo, el recordado por muchos como “Mr. Trompeta”.
Y ahí pasó algo que terminó de darle sentido a toda la noche. Escuchar al Moro hablar de mi abuelo fue como abrir una puerta a una Salta que ya casi no existe, pero que todavía sobrevive en la memoria de algunos hombres. Lo recordaba llegando siempre medio despatarrao, alto, flaco, divertido, entrando a tocar en los casinos, en los cafés concert o en algún cabaret con la trompeta bajo el brazo y el corazón completamente expuesto.
Mientras lo escuchaba entendí que la música no se transmite solamente arriba de un escenario. También viaja en estas conversaciones. En las sobremesas largas. En las historias que alguien decide seguir contando para que el tiempo no termine de tragárselas.
Terminamos todos en Casa Grande, ya más que una peña, un espacio de la cultura, de encuentros y bohemia. Y alrededor de esa mesa pasó algo hermoso. Estaban Falú, Castilla, Leguizamón... y de pronto sentí que ahí, casi sin proponérselo, se había reunido una parte del ADN de la música salteña.
No desde la solemnidad. No desde la nostalgia vacía. Sino desde algo mucho más simple y verdadero. Gente que ama profundamente lo que hace. Gente que todavía cree en la música como una forma de encuentro, de resistencia al sistema, de consonancia social.
Y mientras afuera el viento seguía golpeando las calles de la ciudad, tuve la sensación de que esta vez no había venido a llevarse nada. Había venido a dejar memoria.
