05 09 casallaMario Casalla
Especial para “Punto Uno”)

Cada mes de mayo comienza una trilogía muy simbólica para la fundación de nuestra joven nacionalidad. El inicio fue la Revolución de Mayo de 1810, siguió con la creación de nuestra enseña patria (1812) y culmina con un nuevo aniversario de la Independencia Nacional (1816). Estos tres hechos concretos marcharon junto a ideas que venían incubándose desde siglos atrás y que afloraron cuando un nuevo sujeto histórico estuvo listo para materializarlas, como siempre ocurre.

Y estas ideas no eran sólo francesas (como generalmente se piensa) sino primordialmente hispanoamericanas. Hagamos justicia histórica entonces a la denominada “Escuela de Salamanca” y a sus tres brillantes pensadores: Vitoria, Suárez y Belarmino.

 

El pueblo como primer soberano

En conjunto constituyen, aun con sus diferencias de tiempo, espacio y doctrinas, una verdadera “escuela de filosofía política” que formuló ideas realmente revolucionarias. En primer lugar, los tres darán batalla frontal contra el absolutismo y contra el supuesto origen divino de los reyes. En segundo término, los tres proponen una teoría sobre el poder real que escandalizará a todos los monarcas absolutos de la época: la idea que el poder puede retirárseles, ya que éste no es natural, ni divino, sino otorgado. En tercer término, la necesidad de una amplia participación popular en los asuntos públicos, como clave de estabilidad política y probidad moral. Finalmente, los tres se distinguen e incluso adelantan al propio “contractualismo” francés que la posterior historia liberal tiene por casi única fuente.

 

Francisco de Vitoria (1492-1546)

En realidad no había nacido en Vitoria sino en Burgos, pero con ese gentilicio quedó y quedará seguramente en la historia del pensamiento político iberoamericano. Aunque de nacimiento español, Vitoria inicia su formación en Francia. Vivió dieciséis años en el convento de los dominicos en Saint-Jacques y enseñó en el Colegio de Santiago dependiente de la Sorbona, al que concurrían numerosos estudiantes españoles.

Cuando volvió a España -con un enorme prestigio intelectual legítimamente ganado- obtuvo la Primera Cátedra de Teología en Salamanca, siendo prácticamente aclamado por los estudiantes que en número de 5.000 frecuentaban su cátedra. De paso, recuérdese la inicial tradición democrática de aquellos claustros salmantinos del siglo XV: en Teología, los estudiantes designaban al profesor titular después de haber oído a los candidatos. La elección de Vitoria fue sorprendentemente rápida para la época: tardó un solo mes de audiciones. Acaso por esta vinculación entre los dos lados de los Pirineos, Vitoria pudo ser también un puente de renovación de ideas y actitudes intelectuales en la universidad española.

¿Qué piensa esencialmente Vitoria? En primer lugar, que el poder de imponer leyes no pertenece a ningún hombre en particular, ya que los hombres son naturalmente libres y pueden, por tanto, conferir el poder como mejor les convenga. En segundo lugar, algo no menos novedoso para los tiempos que corrían: que hay más libertad en las repúblicas que en las monarquías y que si éstas en algo aventajan a aquéllas, es sólo en materia de la unidad del poder, unidad que será importante para Vitoria, dado que su modelo era la República de Venecia, a la que contrasta con la monarquía de Aragón.

Finalmente, formula algo no menos grave y revolucionario para su época: que la decisión acerca de las formas de gobierno corresponde a la mayoría, desarrollando así una verdadera “teoría de la mayoría” que rechaza la obligación de la unanimidad. Ni qué hablar de Vitoria como uno de los fundadores del derecho internacional moderno, terreno en que hasta los anglosajones le reconocen ese rango.

 

Roberto Belarmino (1542-1621)

La segunda figura grande de esa tradición contestataria y antiabsolutista, era otro jesuita: el italiano Roberto Belarmino, canonizado por la Iglesia Católica en 1930. Belarmino agregaba ciertas notas aún más combativas a su pensamiento, participando activamente de polémicas públicas tal como correspondería a un típico intelectual moderno. Fuerte es, por ejemplo, su discusión con los anabaptistas acerca de la naturaleza del poder. Estos grupos protestantes surgidos en el siglo XVI -poderosos en Munster y predecesores de los baptistas norteamericanos- tenían una especie de alergia al poder, al que consideraban una consecuencia del pecado original. Belarmino, advirtiendo lo peligroso de esta tesis para el crecimiento de una comunidad, vuelve a Aristóteles (igual que Suárez) y recuerda el carácter de “animal político” propio del hombre: el ser más desprovisto por la naturaleza que necesita de la sociedad para poder vivir; la sociedad es para él una suerte de “segunda naturaleza” y sabido es que, sin poder, no existe constitución posible de ninguna sociedad en la que el hombre se realice.

Por otra parte, sin poder asumido –y luego parcialmente delegado- no subsiste gobierno y sin éste no hay, a su vez, camino eficaz y seguro para la vida humana en la tierra. Por ende, el poder no es un mal, sino un bien y lo es en un doble sentido: porque protege al hombre dado que le permite alcanzar la perfección (posible) en esta tierra, la cual es política y no individual, claro está. Aquello que al hombre debería sí repugnarle y con razón es la esclavitud, y no esta lógica y medida subordinación política.

Pero ese poder que ayuda y hace crecer al hombre, no es cualquier tipo de poder, sino aquél que no se absolutiza y que, por el contrario, es controlado por la propia comunidad que lo otorga, con su plena participación política. Así Belarmino combatirá con vehemencia las tesis del rey inglés Jacobo I. Los libros van y vienen de ambas partes, así como su quema ritual en reemplazo de los furiosos adversarios.

Ya cardenal, Belarmino grita ante el rey inglés el mismo axioma salmantino: el poder -proveniente de Dios- reside originariamente en el pueblo y éste lo trasmite por “intermedio de una decisión o elección humana”. Por eso puede revocarlo y volverlo a trasmitir, incluso: “En caso de una causa legítima, la multitud puede cambiar la realeza en aristocracia o en democracia o viceversa”. Tal es la magnitud de su poder constituyente. Porque toda clase de poder y de gobierno provienen del “derecho de gentes” y no de ningún grupo social privilegiado o especialmente iluminado.

Como se advertirá, las posteriores ideas francesas de la “soberanía popular” en Rousseau y del “contrato social” de Voltaire, tenían ya una larga tradición en el propio pensamiento español. Es a ellas a lo que debemos estar muy atentos.

El tercer protagonista de la Escuela de Salamanca era también jesuita y curiosamente también se llamaba Francisco.

 

Francisco Suárez (1548–1617)

Fue el hijo menor de una familia hidalga formada por el abogado Gaspar Suárez de Toledo y su mujer Antonia Vázquez de Utiel. Nació en Granada en 1548 y siguiendo la tradición paterna marchó a Salamanca para estudiar leyes en 1561, donde resonaban todavía las enseñanzas de Francisco de Vitoria.

En la prehistoria de los movimientos políticos argentinos y latinoamericanos, fueron claves las ideas de Francisco Suárez, quien hablaba del origen de la autoridad y de la soberanía de los reyes de una forma diferente a la de las clásicas ideas despóticas que imperaban en la época.

Elaboró una teoría sobre el origen del poder real llamada “doctrina de reversión” que posteriormente tendría una influencia clave en los movimientos revolucionarios rioplatenses de principios del siglo XIX. Aunque él también consideraba que era de Dios en donde se originaba la soberanía necesaria para legitimar la dominación política, Suárez disintió con un aspecto clave de esta doctrina. Mientras que la teoría del absolutismo monárquico enunciaba que, ante la muerte de un soberano el poder volvía a Dios y de allí derivaba nuevamente al nuevo rey (en la persona de su hijo varón). Suárez afirmaba que si bien la soberanía era de origen divino, ésta volvía al pueblo y era el pueblo el que delegaba este mismo poder al nuevo monarca.

Estas ideas revolucionarias que se enseñaban en las universidades y colegios dirigidos por la Compañía de Jesús, chocaban con las ideas del despotismo ilustrado, relativas al origen directa y únicamente divino de la autoridad de los reyes. Por esto mismo los Borbones se empeñaron en acallar la doctrina jesuita sobre el origen de la autoridad, expulsándolos en 1767 de sus dominios y un año después el rey Carlos III proscribió la tesis de Suárez que consideraba revolucionarias.

Si usted lo piensa con detenimiento amigo lector, advertirá que esos viejos debates sobre el poder, la legitimidad de su uso y la primacía de los intereses pueblo por sobre cualquier otro, son absolutamente contemporáneos. El auge de una peligrosa ultraderecha en Argentina y en el mundo, así lo muestran.