Franco Hessling Herrera
En la dialéctica entre lo animal y bestial con lo humano y racional, Kafka ofrece dos recorridos posibles: el de Gregor Samsa o el de Pedro El Rojo. Hacia la cultura y la humanidad o hacia la animalidad y lo deshumano. Ni utopía tecnológica ni misticismo divino, se trata de una retrotopía hacia lo antediluviano.
En el último tiempo las destrezas físicas y cognitivas de las especies parecen haber entrado en una etapa de equiparación, que pone en serias dudas la predominancia de los humanos como la especie agraciada por la selección natural. Aunque todavía la humanidad demuestra cierto grado de superioridad por el manejo del lenguaje, es cierto que el deterioro al que ha sido sometido a partir de nuevos líderes que no hacen más que bramar, agraviar e imprecar pone en duda que sólo esos universos simbólicos hagan a los humanos más inteligentes.
También hay memoria cultural que se acumula como acervo y registro histórico, aunque el desdén por la cultura y la historia de esos mismos liderazgos -como la política libertaria- también nos devuelven a los titubeos sobre la preeminencia humana frente a los demás animales.
Indudablemente esas dudas generales por los liderazgos que la humanidad viene reivindicando con votos, compras o clicks, tiene su faceta más palpable en la Argentina actual en el campo de la política nacional con la duocracia de los hermanos Javier Gerardo y Karina Milei. El primero se dedica a brindar shows grotescos -y no sólo cuando canta-, con carestía de recursos, respeto y elementos de la retórica que supo consagrar a políticos desde tiempos de Pericles. Su mayor mérito discursivo es la burla, el insulto y la cultivación del odio al otro que piensa diferente u osa disentir con él. Su hermana ni siquiera habla en público -aunque cobra un suculento sueldo como secretaria general de la presidencia-.
Es imposible precisar qué tan bajo ha caído la inteligencia humana como para considerar dignos de encomio, confianza electoral o idolatría a semejantes exponentes de lo más ordinario y primitivo de la cultura humana. De Karina se dice que tiene dotes de pastelera, aunque tampoco se le conocen consagraciones en dicho ámbito. Del primer mandatario comentan que tiene virtudes de catedrático, pero lo único que se ha probado hasta el momento es que sus libros están congestionados de plagios, lugares comunes y planteos tan incomprobables como legos. Lo que sí hace bien es gritar fuerte, para cantar, para arengar, para exponer, para responder preguntas en una entrevista y un largo etcétera que lo emparenta intelectualmente con un orangután malhumorado.
Con semejante escenario cada vez cuesta más esfuerzo sorprenderse por nuevas hazañas de los animales, en las que se asemejan a los humanos. Los humanos, y no los comunes y corrientes sino los insignes y encumbrados, hacen demostraciones elocuentes de su afán por parecerse ellos mismos a aquello que los ilustres decimonónicos habrían considerado bárbaro y brutal. Sorprende más el grado de animalidad torpe y desembarazada de razón al que nos conducen nuestros líderes humanos que las capacidades de aquellos animales por imitar o lograr destrezas de la humanidad.
Ese juego entre animalidad y humanidad ha sido parte de muchas obras literarias clásicas, pero tuvo especial desarrollo en las narraciones de Franz Kafka. Su más citado trabajo, La Metamorfosis, muestra la transformación involuntaria de Gregor Samsa a una forma de insecto. De lo humano a lo animal, resultado aterrador. Menos conocido, Pedro El Rojo es un mono que se adapta con tanta solvencia a lo humano que incluso se vuelve un catedrático y hasta puede dar clases sobre humanidad y conferencias en las que explica los rasgos distintivos en ese proceso -consultar el cuento Informe para una academia-. De lo animal a lo humano, poco menos que ciencia ficción.
En el entresijo de las creaciones kafkianas que tanto aprovecharon la interrelación entre animalidad y humanidad -menos distante de lo que creyeron los antropofílicos del iluminismo-, la realidad contemporánea nos devuelve a una igualación hacia abajo, donde la clase dirigente, política y artística, los referentes de opinión y las celebridades, sin dejar de mencionar a los deportistas y los periodistas, van en el camino opuesto a Pedro El Rojo y, más anuentes que Samsa, se convierten en bestias a puro placer, con el goce idiota de saberse ignorante, fatuo, deshumanizado y deshumanizante.
Y si la utopía tecnofílica es un ensamblaje indiviso entre máquinas y humanos, algo que la teoría del actor-red ya analizó, o una sucesión de existencias en forma de cyborgs, lo que está ocurriendo está alejadísimo. En cambio, se trata de un retrotopía en la que se van perdiendo modales, códigos culturales, memorias colectivas, historia acumulada y estudiada, y sofisticación. Hacia lo salvaje a través de lo tecnológico, no con lo tecnológico. La hipóstasis, así, no es con deidades y humanos, ni con humanos y máquinas, sino entre humanos y bestias. La deshumanización no se da por misceláneas con lo divino ni con lo maquinal, se da por la hibridación con lo brutal.

Mario Casalla
Franco Hessling Herrera
Antonio Marocco