Por Mario Casalla
(Especial para Punto Uno)
Hace cinco días se cumplió el primer aniversario de la muerte de Francisco. Es evidente que ha dejado una marca profunda en el camino de la Iglesia. Los actos de recuerdo y homenaje se multiplicaron en varios países, aquí el central fue una misa de todo el Episcopado Argentino en la iglesia de Luján y en Roma, otra en la iglesia Santa María Maggiore, donde descansan sus restos mortales.
Los vecinos del barrio de Flores en Buenos Aires, hicieron su propio recordatorio en la Basílica San José de Flores, conocida por ser el lugar donde el papa Francisco sintió su vocación religiosa a los 17 años.
Ese fue además el barrio donde vivió toda su infancia y adolescencia y dónde aún vive parte de su familia. Es que el pontificado del papa Francisco ha revolucionado al Vaticano, a la Iglesia Católica y al mundo entero con su prédica. Y lo interesante es que esa inquietud por leer o escuchar su palabra, no es sólo patrimonio de católicos o creyentes, sino también de laicos y hombres de otras religiones y culturas. Es evidente que sucedió algo en la vida de la Iglesia universal que suena realmente a nuevo, tanto en lo teológico como en lo institucional.
De lo mucho que ha dicho, nos detendremos en dos hechos muy significativos: su discurso en Río de Janeiro ante los jóvenes y el posterior ante obreros en Cagliari (sur de Italia), con motivo de visitar la iglesia de la Virgen del Buen Aire, a quien se dice se encomendaban los marinos españoles que venían a América en el siglo XV. En el primero el gran tema fue su postura básica ante la sociedad de consumo y despilfarro contemporáneo (donde exhortó a los jóvenes a eso de “hacer lío”); en el segundo los temas básicos fueron la crítica de la economía capitalista (indisolublemente unida a lo anterior) y su reivindicación del trabajo como herramienta de humanización y justicia social.
Hagan lío
El discurso del papa Francisco en la Jornada Mundial de la Juventud, en Río de Janeiro (2013), merece que nos detengamos un momento, cualquiera sea nuestra relación con la religión católica o su organización eclesiástica. Fue por cierto un mensaje pastoral, pero también una reflexión sobre estos tiempos que corren, de singular atrevimiento conceptual.
Ante miles de jóvenes que lo escuchaban desde la playa de Copacabana, se resaltó de inmediato su exhortación “a hacer lío” (cosa por cierto insólita en boca de un papa y mucho más ante gente siempre predispuesta a hacerlo, como son naturalmente los jóvenes), acaso por eso mismo -a reglón seguido- ensayó una suerte de disculpa ante sus pares, pero siguió como si nada. Fue sin duda un acto irónico y la sonrisa cómplice que lo acompañó, muestran que Francisco sabía muy bien lo que hacía y sus riesgos. Se equivocaría grandemente quien crea que esa exhortación a “hacer lío” molesta sólo a curas o cardenales gordos y demasiado orondos, se trata, bien vista, de un lío capaz de molestar también a muchos otros. Esos hombres y mujeres coquetos, delgados y elegantes -muy políticamente correctos ellos- a quiénes tampoco les gusta (ni les conviene) eso de que los jóvenes empiecen a hacer lío y que los viejos (el otro sector también animado por Francisco) rompan su silencio y vuelvan a hablar.
Para toda esa buena gente, este curita del fin del mundo será simpático y hasta divertido, pero en esto de hacer lío y hablar no quieren compañía: se bastan solos y prefieren su “orden”, aun cuando éste sea un lío para la mayoría. Pero no es el lío al que estamos acostumbrados, sino un lío creador y eficaz. No un lío “rebelde”, pero consumista (ese que el sistema tolera muy bien), sino un lío auténticamente revolucionario o liberador. En fin, se trataría más bien de un lío al estilo del que hizo el nazareno Jesús en el Imperio Romano y no de esta suerte de pito catalán (más o menos ingenuo o indignado) que tarde y noche llenan los canales de TV, primero mostrando obscenamente las miserias y luego analizándolas con los nuevos “maestros de la juventud” pulcramente balanceados: con una pizca de izquierda si son derecha y viceversa, pero nunca mucho porque aburre o no da bien en cámara.
Algo así como Jesús, pero sin el látigo, dolor pero sin la cruz al hombro, fe pero una vez por semana y con absolución a precio módico. En fin, café descafeinado, gaseosa light, consumo recatado y celebración cotidiana de todas “las crisis”, sin más propuestas que la indignación medida (para cuidar la salud) y la crítica inteligente y con oportuna cita al pie.
Por todo eso y bien visto, lo que allí hizo Francisco fue un “escándalo”, término que él mismo utilizó sabiendo muy bien de su larga tradición teológica y filosófica: tirar la famosa “piedra del escándalo”. En la Biblia es conocido el episodio de Jesús, cuando intervino en el intento de lapidación de una mujer adúltera (según las viejas prácticas), gritándoles a las damas enfurecidas: "Quien esté libre de pecado, que arroje contra ella, la primera piedra". Y apelando a la palabra escándalo que el filósofo danés Sören Kierkegaard definió como una fe auténtica: aquella que –por ser capaz de desafiar a la razón y a los buenos modales- es capaz de devolver la esperanza, incluso a quien la ha perdido. No por casualidad Francisco previno en la catedral de Río contra el “licuado de la fe”, diciendo “tomen licuado de banana, de manzana, pero no tomen licuado de fe” y los exhortó a “salir a la calle”, porque caso contrario “las instituciones se convierten en una ONG”.
Estas podrán ser muy meritorias, pero no pueden reemplazar el valor y la fuerza de aquéllas que los pueblos fueron forjando en su larga lucha histórica. El papa se refería específicamente a la Iglesia, pero también podríamos caracterizar nosotros esta suerte de “presente light” que a nivel global afecta a muchas de las instituciones laicas (partidos políticos, sindicatos, organizaciones profesionales, barriales, etc). Todo tiene mucho olor a ONG y la progresiva sustitución de la palabra “pueblo” (usada por los viejos y los jóvenes), por el cómodo todoterreno de “la gente” (people) es su corolario casi perfecto. Citada a repetición –cual una ametralladora del lenguaje- termina siendo incolora, inodora e insípida, como el agua, pero “la gente” no logra calmar la sed. Acaso el secreto esté en volver a convocarlas como pueblo.
Se trata de barajar y dar de nuevo y ya no solo en el orden particular sino mundial, y no sólo a nivel individual sino colectivo. Por eso –y dejando de lado su peculiar italiano- el papa habló por un momento como el muy porteño Jorge (que fue), diciéndole a sus jóvenes compatriotas: “Pienso que esta civilización mundial se pasó de rosca. Es tal el culto que ha hecho al dios dinero que estamos presenciando una filosofía y una exclusión de los dos polos de la vida, que son las promesas de los pueblos: los ancianos y los viejos”. Qué lío habrán tenido en el Vaticano para traducir esa expresión: “pasarse de rosca”. Vaya a saber qué habrán puesto en su lugar, pero sí es seguro que nosotros podemos poner la palabra “capitalismo”.
El verdadero escándalo es el capitalismo y su dios (el dinero); y de esto se hablaba en Río, por más que se intente licuar las denuncias reiteradas de Francisco contra el capitalismo, o se las rebaje a mero discurso de circunstancias y/o demagogia juvenil. Todo lo contrario: no se hizo ni “muchachismo”, ni el elogio también fácil de la “sabiduría anciana”. Al contrario, se les dijo –y también con todas las letras-, que así como están no sirven para la tarea que viene. A los jóvenes se los exhortó a dejar su preocupante encierro individualista y a “ganar la calle” (es decir a restaurar lo público y lo común como espacios esencialmente humanos, por sobre la jaula de hierro de los “mercados” y la “realidad virtual”) y a los viejos a romper su silencio (geriátrico y medicalizado) para “volver a hablar”: única manera de conectar así tradición con modernidad, poniendo de nuevo en marcha el tren de una humanidad que el capitalismo ya descarriló varias veces (en casi todas las estaciones del mundo), aunque se haga el distraído y siga poniendo rieles de alta velocidad.
El viejo Goethe –a quien no podrá acusarse de chupacirios precisamente-, describió esa misma situación diciendo: “Nunca vamos tan lejos, como cuando ya no sabemos adónde vamos”. Otra manera elegante de traducir el muy porteño, “pasarse de rosca”. Y otra manera de aludir a un tema donde una vez más, la teología y la buena filosofía se tocan: la Liberación humana integral.
Exhortación a los trabajadores
En Cagliari (2013), Francisco siguió el consejo que le había dado poco antes a los jóvenes en Río: él mismo se “portó mal”. Y muy mal, por cierto. Dejando de lado el discurso que tenía escrito para pronunciar, contestó con otro grito al de los trabajadores indignados y desocupados que pedían “Trabajo, trabajo, trabajo”. Se sumó al estribillo y gritó -con el único pulmón que todavía le funciona: “…eso es una plegaria. Trabajo quiere decir dignidad, llevar el pan a casa. Y nosotros tenemos que decirle que no a esta cultura del descarte. Tenemos que decir: queremos un sistema justo, no queremos este sistema económico!”.
Inmediatamente que leí ese discurso, surgieron en mí un tropel de preguntas, atención Jorge que ese sistema es el Capitalismo: ¿no se le fue la mano? ¿fue un arrebato pasajero? ¿está usted insinuando que el capitalismo es en sí mismo injusto e indigno? ¿está sugiriendo que, a través del “ídolo dinero” y de sus “mercaderes de la muerte”, como los llamó, el sistema capitalista promueve ese plus de goce que desemboca inexorablemente en la muerte?; ¿ya no se trata entonces sólo de morigerarlo (de “hacerlo más humano”), sino de intentar cambiarlo?
Me contó un testigo presencial que muchos de los duros obreros sardos que lo escuchaban en Cagliari, tuvieron que enjugar una lágrima. Acaso la misma que se escuchaba en su voz cuando recordó que también su padre inmigrante había venido de Italia a la Argentina; que en la crisis del ’30 lo perdieron todo, porque no había trabajo tampoco en América y que su propia infancia estuvo cruzada por esas tristes historias. Y luego, delante de los jóvenes, volvió a gritar, pero esta vez con alegría. Allí tronó: “¡No más quejas, no más tirarse abajo, no más ir a comprar consolación de muerte, sigan a Jesús”!
Ese mismo testigo presencial me dijo que a varios de los presentes se les borró la sonrisa de la cara. A lo mejor es posible todavía intentar conciliar –sin sacrificios humanos irreparables- trabajo, propiedad y ganancia. Será cuestión de seguir teniendo los ojos bien abiertos. Piénselo amigo lector allí donde esté, es una manera de acompañar a Francisco en este primer aniversario de su muerte.
