
En la Sala Dakak de Pro Cultura, la reedición de “El Hombre de Barro”, de Julio Espinosa, fue mucho más que la presentación de un libro: fue un acto de recuperación cultural, una apuesta por la memoria y una reivindicación de esas voces que, aun desde el silencio del tiempo, siguen interpelando.
La velada reunió a referentes del ámbito artístico, académico e institucional. Participaron el vicegobernador Antonio Marocco -autor del prólogo de esta edición-, el secretario de Cultura de la Provincia, Diego Ashur Mas; el presidente de Pro Cultura, Roberto Salvatierra; y el artista Francisco Ruiz, responsable de la ilustración de tapa. La noche cerró con música en vivo a cargo de Los Aimo y Elisa Villarreal, en un cruce natural entre palabra y canción, territorio donde Espinosa supo habitar.
Roberto Salvatierra fue el primero en tomar la palabra, y eligió hacerlo desde la evocación íntima. A 37 años de la muerte de Espinosa, reconstruyó la figura de un creador que vivió -y escribió- “a contramarcha de sí mismo”. Carpintero, músico, compositor, escritor: una vida atravesada por la fragilidad, pero también por una intensidad que encontró en la creación su forma de persistencia.
“El Hombre de Barro” –recordó- no es un libro convencional. Es una serie de cuentos que dialogan con una historia personal, casi como si la literatura fuera la otra cara de una existencia compleja. Para Salvatierra, esta reedición es el resultado de “un deseo que nace de otro deseo”, una cadena que se remonta al impulso original del autor, pero que encuentra en el presente nuevas razones para existir.
En ese punto, no dejó pasar el gesto de Antonio Marocco, a quien destacó no solo por su rol en la reedición, sino por su perfil poco habitual en la política: “cuando alguien que se abraza a la política tiene una formación sólida y un saber humanístico, eso tiene un valor identitario para la cultura de esta ciudad”, señaló.
El secretario de Cultura, Diego Ashur Mas, llevó la reflexión al terreno de las políticas públicas. Su intervención puso el foco en una problemática estructural: la dificultad histórica que ha tenido la literatura salteña -y del norte en general- para circular.
“Tenemos una producción de altísimo nivel, pero sin un mercado que la acompañe”, sintetizó. Esa desconexión entre creación y difusión ha dejado, según explicó, una cantidad significativa de obras valiosas relegadas al olvido, perdidas “en las arenas del tiempo”.
El artista Francisco Ruiz, autor de la tapa del libro, eligió hablarle directamente a Espinosa. Su intervención tuvo el tono de una carta abierta, atravesada por la poética y la emoción.
“Esta segunda edición cumple el deseo que todo artista tiene: hacerle un agujero al tiempo”, dijo. La imagen de la tapa –explicó- representa esa soledad del creador que, aun en su aislamiento, proyecta su obra hacia el futuro.
El dolor como síntesis
El cierre estuvo a cargo de Antonio Marocco, quien, desde una intervención sobria pero cargada de contenido, volvió sobre el núcleo de la obra de Espinosa.
“La síntesis de Espinosa es el dolor”, afirmó.
No se trató de una definición académica, sino de una lectura vital. Un dolor que no se agota en la experiencia individual, sino que se transforma en lenguaje, en búsqueda, en necesidad del otro. En ese punto, Marocco recuperó la figura del “Hombre de Barro” como símbolo de una condición humana atravesada por la fragilidad y la soledad, pero también por el deseo de vínculo.
Su propio recorrido con el libro -desde aquel hallazgo junto a César Álvarez en una mesa de la calle Corrientes hasta la concreción de esta reedición- funcionó como hilo narrativo de una historia mayor: la de un texto que se niega a desaparecer.
“Reeditar este libro es un acto de justicia”, sostuvo, en una frase que sintetizó el espíritu de la noche.

