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Cristian Aimo

Hay palabras que cuando entran en la boca de la política salen convertidas en ruido. Una frase de moda en estos tiempos, es esa que repiten como si fuera una consigna de guerra: "la batalla cultural".

Y uno no puede evitar cierta perplejidad. Porque si algo sabemos los argentinos es que la cultura nunca fue una batalla. La cultura fue siempre otra cosa. Y los argentinos cargamos con una herencia que nadie pidió pero que nos define.

Un tango escapándose de una radio vieja. Una zamba cantada con los ojos cerrados. Una guitarra criolla peleándole al silencio de la madrugada o la voz de nuestros viejos enseñándonos que hay palabras que no se dicen o la costumbre obstinada de compartir lo poco cuando la mesa no alcanza para todos. La cultura no se impone por la fuerza ni por decreto, sino que se destila con el tiempo en los gestos cotidianos, en definitiva, es la forma en que un pueblo aprende a decir quién es. Y esto tal vez sea lo mejor que tenemos.

Sin embargo, basta asomarse a los medios o a las redes en estos días para encontrarse con una versión bastante más pobre de ese legado.

El lenguaje se achica. El ruido pretende ser música y el insulto empieza a disfrazarse de argumento.

Nos quieren acostumbrar a esa lógica brutal del que "tiene razón quien grita más fuerte o quien insulta con mayor precisión".

Pero gritar nunca fue pensar.

Sería cómodo creer que todo esto es simplemente una pelea política. No lo es.

Cuando una sociedad deja de verse como comunidad y empieza a mirarse como enemigo, algo profundo comienza a quebrarse.

Y las fracturas culturales, a diferencia de las económicas, tardan mucho más en sanar.

El pasado dejó demasiadas promesas rotas. Demasiados gobiernos ofrecieron un país que nunca terminaba de llegar. Una Argentina que muchas veces fue privilegio para pocos y espera interminable para muchos.

Pero el presente tampoco parece demasiado luminoso.

Hay momentos en que quienes hoy gobiernan están más interesados en administrar el desencanto que en despertar la esperanza, ya que parecen alimentarse del enojo social en lugar de ofrecer un proyecto superador.

Y aun así, porque los pueblos también viven de obstinaciones, todavía quedamos algunos que creemos en una Argentina libre y soberana. Pero sobre todo en una Argentina justa y solidaria.

Quizás el error esté en pensar que la cultura es una trinchera. No lo es.

La cultura no se gana en una elección. No vive en los discursos ni en las consignas.

Vive en otra parte.

Vive en la memoria de los pueblos. En las canciones que sobreviven a las crisis. En los gestos simples que se repiten generación tras generación.

La cultura es una llama pequeña. Una de esas que pasan de mano en mano sin hacer ruido.

Podrán cambiar los gobiernos. Podrán caer los ídolos. Podrán agotarse las consignas. Pero cuando finalmente se callen los gritos y la soberbia de los hombres vuelva al polvo, quedará lo único que realmente importa.

La trama invisible que nos sostiene.

Porque la cultura no es una batalla. La cultura es la patria que habitamos.

Y los pueblos que olvidan su cultura terminan viviendo como extranjeros en su propia tierra.