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Cristian Aimo

Hay noches que no caben en el calendario. No figuran en la agenda ni en los almanaques, se anotan solas en la libreta secreta donde la memoria guarda lo que no quiere olvidar. El jueves 19 de febrero de 2026 fue una de esas noches que se descorchan como un vino viejo y terminan con sabor a eternidad.

Salta se puso traje de bohemia y dejó la corbata colgada en el respaldo de una silla. Allí estaba Chacho Echenique, con la guitarra afinada en la nostalgia; Mario Teruel y Rubén Eizaguirre, custodios de esa liturgia nocturna que responde al nombre de Los Nocheros. Y como si la poesía hubiera pedido pista, apareció Isamara, viuda y musa del mágico Ariel Petrocelli, trayendo en la voz esa mezcla de cicatriz y primavera.

Entre brindis y carcajadas, Rubén Pérez dejó caer los versos de La Taleñita; Laura Serrano y Miguel Ángel Cáceres discutían la historia como si fuera un tango; el maestro Félix Saluzzi y su hijo Matías Saluzzi bordaban silencios con música. Desde un rincón, Roberto Salvatierra soñaba futuros culturales y Ana Falcón los escribía sin tinta.

 

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Y entonces tomó la palabra Alejandra Arroyo, anfitriona de Casa Grande, y habló de memoria. Anunció su intención de que una de las salas lleve el nombre de Melania Pérez y otra el de “La Moro” Teruel. Dos mujeres que no caben en una placa, pero que merecen que las paredes pronuncien su nombre cada vez que alguien cruce el umbral. No fue un anuncio, fue un acto de justicia poética.

Después, como si alguien hubiera abierto una ventana al altiplano, sonó Doña Ubenza. La cantó el Chacho y el aire se volvió montaña. Nadie estaba a salvo. Las copas temblaron, las pupilas brillaron traicioneras. Porque hay canciones que no se cantan, se confiesan.

Los hermanos Fernando y Cristian Aimo pusieron la voz y el corazón sobre la mesa. Juan Carlos Díaz Cuello, India Menéndez, Huguito Ruíz, Jacinta Condorí, Luna Nieto… todos tejieron esa madrugada con hilos de zamba y vino tinto. Y en el espíritu de Antonio “el Gringo” Marocco, la cena fue más que una cena, fue un conjuro contra el olvido.

 

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Hubo también ausentes con aviso, que en toda bohemia que se precie son personajes necesarios. Juan Carlos Marín andaba respirando, los horizontes infinitos de La Pampa, domando silencios con fuelle viajero. Juan Ahuerma, en cambio, fue víctima de un embotellamiento feroz: tres botellas de vino que le cerraron el paso y le dictaron arresto domiciliario anticipado. Y Roberto Ternán llegó un día después, convencido de que la guitarreada seguía como en los viejos tiempos, cuando las madrugadas no tenían reloj y el día después era apenas una continuación del primero.

El final llegó sin pedir permiso, como llegan los amores verdaderos. Cuando nadie quería que termine. Afuera, Salta llovía nostalgias. Adentro, quedaba flotando la certeza de que algunas noches no pasan… se quedan a vivir en uno.