
Visitar Colomé es mucho más que recorrer una bodega: es sumergirse en la historia del vino argentino, en la tradición de los Valles Calchaquíes y en un paisaje que combina altura, silencio y belleza natural.
Situada a 20 kilómetros al sudoeste de Molinos, en la provincia de Salta, esta finca se levanta a 2.300 metros sobre el nivel del mar y guarda un legado que se remonta a casi dos siglos atrás.
Su ubicación, aislada y rodeada de montañas áridas, da cuenta de la fortaleza de la cepa que allí se cultiva. El malbec, originario de Cahors, Francia, debió adaptarse a un clima seco y exigente, muy distinto al europeo. Esa resistencia es parte de la identidad de los vinos de Colomé, que hoy gozan de prestigio internacional.
La bodega fue fundada en 1831 por Nicolás Severo de Isasmendi, último gobernador realista de Salta. Dos décadas más tarde, entre 1853 y 1854, su hija Ascensión —casada con Benjamín Dávalos— introdujo desde Francia las primeras vides de malbec en los Valles Calchaquíes. Este dato resulta revelador: la versión más difundida sostiene que fue un ingeniero francés quien plantó por primera vez esta cepa en Mendoza, impulsado por Domingo Faustino Sarmiento, también en 1853.
De allí se desprende que los malbec vallistos, y en particular los de Colomé, figuran entre los más antiguos del país. Esa singularidad histórica fue uno de los motivos que atrajo al empresario suizo Donald Hess, quien adquirió la finca en 2001, luego de varios intentos previos.
Hoy este rincón de Salta es, al mismo tiempo, la bodega más antigua de la Argentina y una de las más innovadoras. La familia Hess transformó el lugar en un destino turístico de excelencia, con un hotel boutique de nueve habitaciones que conserva la esencia de las construcciones tradicionales de la región. Dispuestas alrededor de un patio central, las habitaciones ofrecen un servicio de nivel internacional y una gastronomía que combina técnicas modernas con ingredientes locales.
En 2012, la propiedad pasó a manos de Larisa y Christoph Ehrbar, hija y yerno de Donald y Ursula Hess, quienes decidieron distribuir parte de su herencia. Bajo su gestión, Colomé mantuvo el prestigio alcanzado y consolidó su posición como referente de los vinos de altura.
Arte y luz en los Valles
Uno de los atractivos más sorprendentes es el Museo James Turrell, dedicado íntegramente a la obra del artista californiano. Turrell trabaja con la luz —natural y artificial— para crear instalaciones que envuelven al espectador y lo hacen perder la noción de espacio y tiempo.
El museo, único en su tipo en Sudamérica, ofrece una experiencia sensorial que trasciende lo visual. Quien ingresa se convierte en parte de la obra, rodeado por atmósferas lumínicas que invitan a la contemplación y al silencio. No está permitido tomar fotografías ni filmar, lo que refuerza la idea de vivir el momento sin distracciones.
Una experiencia para todos los sentidos
Alojarse en el hotel de Colomé es una experiencia exclusiva y costosa, pero no es la única manera de disfrutar del lugar. Muchos visitantes llegan para almorzar, recorrer la bodega y visitar el museo. El entorno es deslumbrante: viñedos que se extienden bajo un cielo diáfano, montañas que cambian de color con la luz del día y un aire puro que invita a la calma.
Sentarse en los jardines con una copa de Estate Malbec es un placer que ningún amante del vino debería perderse. La combinación de historia, tradición y modernidad convierte a Colomé en un destino imprescindible dentro de la ruta del vino salteño.
Visitar Colomé es recorrer casi dos siglos de historia vitivinícola. Es descubrir que el malbec argentino tiene raíces más antiguas de lo que se creía y que los Valles Calchaquíes fueron pioneros en su cultivo. Es también experimentar cómo una bodega puede conjugar tradición y vanguardia, ofreciendo al visitante un abanico de sensaciones que van desde el sabor de un buen vino hasta la inmersión en un museo de arte contemporáneo.

