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06 19 casalla

Por Mario Casalla

Para mi amigo salteño Luis Marocco

Escribir de historia entre salteños es un atrevimiento y un despropósito, hay allí excelentes historiadores y poetas. He vivido largos años en aquélla hermosa tierra norte (donde llegué junto con mi amigo y colega Rodolfo Kusch en 1972) y desde entonces mantengo con esa tierra brava y con la sociedad muy peculiar que la habita, una relación entrañable y constante que va ya para casi medio siglo.

Podría decir que es mi segundo lugar en el mundo y acaso sólo esa experiencia existencial me autoriza a escribir sobre su máximo y legendario héroe gaucho. Mucho más porque no soy historiador profesional sino filósofo y si el tema es –nada más ni nada menos- que el General Martín Miguel de Güemes. Por eso, si en algo me equivoco, mis amigos historiadores salteños podrán corregirme.

Es que no hay un sólo Güemes (¡qué va!) sino que se trata de un héroe con múltiples facetas y -si bien todos lo veneran cada 17 de junio- las causas y consecuencias de esa veneración son bien distintas y saltan rápidamente a la vista y a la discusión, porque en temas de historia y de política son casi todos los salteños también muy dados al debate.

Pero yo escribo en esta mañana de invierno (frío y gris) desde esta Santa María de los Buenos Aires, a 1600 kilómetros de distancia, donde Güemes no es todavía todo lo conocido que merece serlo, como tantos otros héroes provinciales sin lo cuáles la Argentina no hubiera llegado a ser un país tal como lo conocemos hoy.

Pero claro, lo de Güemes a uno lo toca por partida doble: por porteño y por salteño de adopción. Por eso va esta historia con un solo de bandoneón.

 

Antecedentes de un curioso episodio

El primero que la contó masivamente en Buenos Aires fue el periodista e investigador Pastor Obligado, en su artículo “Güemes en Buenos Aires”, publicado por el vespertino “La Razón” el 12 de agosto de 1920 (precisamente el día en que Buenos Aires celebra su Reconquista de manos inglesas, en 1806). Al parecer el autor le envió una copia a Benita Campos, de Salta, quien lo reprodujo en el número 57 de la revista “Güemes” que ella misma dirigía (el 20 de febrero de 1921). El artículo de Pastor agregaba el nombre propio del protagonista de tan insólita historia: había sido el joven subteniente Martín Miguel de Güemes, a la sazón ayudante de Liniers, héroe de aquella Reconquista de la ciudad. Porque el relato original del hecho fue escrito por un capitán inglés hecho prisionero, Alejandro Gillespie, en sus memorias “Gleanings and remarks” publicadas en Londres en 1818. Lo que el capitán inglés no mencionó fue el nombre del joven Güemes como autor de aquella rara hazaña: ¡un buque de guerra de Su Majestad, tomado por una carga de caballería que se lo llevó por delante y obtuvo como trofeo su bandera de guerra! Un caso único en la historia naval. Ese buque era el mercante “Justina” que -rearmado por los ingleses con 26 cañones y tripulado por expertos oficiales y cien marineros de la escuadra- tuvo la mala suerte de quedar varado en la costa del Río de la Plata, frente mismo a lo que es hoy en Buenos Aires la estación Retiro. El mismo capitán inglés reconoce la importancia del Justina al rememorar: “El día de nuestra rendición peleó bien y con sus cañones impidió todos los movimientos de los españoles no solamente por la playa, sino en las diferentes calles que ocupaban, también expuestas a su fuego”. Y remata diciendo: “Este barco ofrece un fenómeno en los acontecimientos militares, el haber sido abordado y tomado por caballería, al terminar el 12 de agosto (de 1806), a causa de una bajante súbita del río”.

 

Güemes, al galope porteño

Al parecer el que se dio cuenta de lo que pasaba -mirando con su catalejo- fue el propio Liniers. El Justina estaba allí varado -roto su palo mayor por un cañonazo la noche anterior- como una presa a pedir de boca. Le devolvió entonces el catalejo a su joven ayudante, Martín Güemes, diciéndole: “Usted que anda siempre bien montado, galope por la orilla de la Alameda que ha de encontrar a Pueyrredón y comuníquele orden de avanzar soldados de caballería por la playa” Y por supuesto, el “bien montado”, partió como rayo hasta donde estaban los hombres de Pueyrredón; gauchos que tampoco se hicieron esperar y en minutos cargaron contra el barco. Al galope tendido -dice Pastor- “Con el agua al encuentro de sus caballos, rompían el fuego las tercerolas, cuando asomó el jefe (inglés), haciendo señas con un pañuelo blanco desde el alcázar de popa, rindiéndose”. Y no era precisamente bisoña la tripulación inglesa del Justina. Eran hombres estacionados en la isla de Santa Elena, fogueados y victoriosos en la lucha contra la marina de Napoleón que -al pasar por allí el almirante Pophan rumbo a Buenos Aires- se sumaron a la escuadra británica y fueron luego destinados al Justina. Pero los gauchos porteños de Pueyrredón, encabezados por el joven salteño Güemes, se hicieron aquella tarde con el triunfo. Paradoja de la historia, la carga de caballería fue cerca de los terrenos que ocupa hoy la llamada “Torre de los Ingleses” frente a la actual Plaza San Martín (réplica exacta de la de Londres, regalada por esa colectividad en 1910 a nuestra ciudad, que por dos veces invadieron y en ambas acabaron derrotados). Así que, si en su próxima visita a Buenos Aires pasea por la zona, o va a los restaurantes de moda en Puerto Madero, eche una mirada hacia el río y deje volar su imaginación. Cosa que Borges, vecino muy próximo, hacía también con frecuente y poética constancia. O bien puede llegarse hasta el templo de Santo Domingo (en Avenida Belgrano y Defensa, muy cerca de la Plaza de Mayo) donde encontrará las dos banderas del Regimiento 71 de Highlanders (que intervino en la primera invasión inglesa) y dos estandartes de la Marina Real Británica capturadas al invasor y ofrendadas por Liniers a la virgen del Rosario. Una de ellas -conocida como bandera del Retiro- es la que se tomó en el Justina rendido ante la carga de Güemes y sus gauchos porteños. Para más datos y detalles del caso, amigo lector, le revelo mi fuente histórica: la inapreciable colección “Güemes documentado” del Dr. Luis Güemes, completada por su hijo Francisco (tomo I, Depalma, Buenos Aires, 1979, págs. 71 a 81). O sino allá, si va a Salta, tome contacto con alguno de los muy buenos historiadores que conocen estos hechos al detalle y podrán ampliarlos con toda propiedad. Porque como le dije, los salteños en temas de historia, política y música son muy versados y polémicos.

 

(*) Filósofo y escritor. Preside ASOFIL (Asociación de Filosofía Latinoamericana y Ciencias Sociales).