Cristian Aimo
Hay algo que se repite en la historia argentina. Cada tanto aparece alguien que llega al poder convencido de que el problema de este país son los argentinos. Por supuesto que no todos lo dicen de la misma manera. Algunos lo escribieron de manera elegante. Otros lo gritan frente a una cámara, rodeados de insultos, memes y ejércitos digitales. Pero en el fondo hay una misma idea: nosotros estamos mal hechos.
A propósito, el otro día, nuestro presidente subió un video generado con inteligencia artificial de una supuesta charla con Sarmiento. Y la escena, más allá de la puesta en escena, tiene algo de símbolo.
Porque pocas cosas son más reveladoras que un presidente del siglo XXI buscando legitimidad en un hombre del siglo XIX que tenía una relación bastante particular con buena parte de los argentinos.
A decir verdad, Sarmiento fue un hombre enorme. Y también fue un hombre terrible. Desde ya, negarlo sería tan absurdo como convertirlo en estampita. Su idea de civilización y barbarie atravesó buena parte de su pensamiento. El gaucho, el caudillo, el indio, el interior profundo aparecían muchas veces del lado equivocado de la historia. Su proyecto de país tenía una admiración evidente por Europa y por Estados Unidos y una profunda desconfianza hacia buena parte de la sociedad criolla que encontraba a su alrededor.
Y cuando la política se convierte en una guerra entre civilización y barbarie, siempre termina apareciendo alguien dispuesto a decidir quién merece ser civilizado y quién merece desaparecer del relato.
Pero hay una diferencia enorme entre Sarmiento y Milei que no conviene perder de vista. Sarmiento quería transformar el país desde un estado presente.
Podemos discutir, y debemos hacerlo, los métodos, las contradicciones y la violencia de aquel proyecto. Pero detrás de Sarmiento había una obsesión por construir.
Escuelas, bibliotecas, ferrocarriles, telégrafos, ciencia. Quería fabricar ciudadanos a imagen de su idea de nación. Una idea discutible, muchas veces brutal, pero una idea al fin… construir un país.
Por su parte, Milei parece pararse en el lugar contrario. No quiere civilizar a la barbarie, quiere dejarla librada a su suerte. Su revolución no tiene como horizonte la construcción de un Estado más justo, más eficiente y más cercano a la gente. Tiene como horizonte reducirlo, achicarlo, quitarle herramientas, desarmarlo.
Y hay algo paradójico en todo esto. El hombre que admira a Sarmiento parece olvidar justamente aquello que Sarmiento entendía mejor que muchos de sus contemporáneos… que una nación no se construye solamente con mercado.
Se construye también con escuelas, con universidades, con científicos, hospitales, rutas, cultura.
Porque el mercado puede venderte un celular, un auto o una acción de una empresa. Pero no puede enseñarle a leer a un chico que nació en una casa donde nadie leyó jamás. No puede sostener una universidad pública en una provincia donde una familia no podría pagar una carrera. No puede investigar durante veinte años una enfermedad cuya cura todavía no existe porque no sabe si será rentable.
Y tampoco puede reemplazar esa cosa antigua, imperfecta y profundamente humana que llamamos comunidad. Por eso la comparación con Sarmiento resulta incómoda.
Porque si Milei quiere reivindicar al sanjuanino, debería recordar que aquel Estado que tanto despreció en algunos aspectos fue también la herramienta con la que Sarmiento hizo buena parte de aquello que todavía hoy admiramos de su legado.
La paradoja es brutal. Sarmiento quería construir una Argentina a su medida. Milei parece querer demostrar que la Argentina no necesita ser construida, que alcanza con dejarla funcionar. Como si un país fuera una, como si detrás de cada número no hubiera una persona, un argentino de carne y hueso.
Tal vez ahí esté el verdadero problema. No en Sarmiento. No en Milei. Ni siquiera en sus diferencias.
El problema es esa vieja enfermedad argentina de mirar al país desde arriba y descubrir que siempre sobra alguien.
Sarmiento miró al gaucho y vio barbarie. Otros miraron al inmigrante, al cabecita negra, al peronista, al villero, al piquetero, al estudiante, al empleado público y encontraron distintos nombres para decir exactamente lo mismo… estos son el problema.
Y quizás lo más preocupante ya no sea solamente lo que dicen algunos dirigentes, sino lo que empezamos a decir nosotros, basta mirar las redes sociales.
Hay un odio que llama la atención. Una crueldad que se volvió cotidiana, casi natural. Si alguien es pobre: «que se joda». Si una fábrica cierra: «que aprendan a competir». Si una familia no llega a fin de mes: «que aprendan a administrar». Si un jubilado no puede comprar sus remedios: «hubiera ahorrado».
Siempre aparece una explicación para demostrar que la culpa es del que está mal, como si la pobreza fuera una elección. Como si quedarse sin trabajo fuera una falla moral. Como si enfermarse fuera falta de previsión. Como si envejecer fuera un pecado.
¿En qué momento empezamos a disfrutar del dolor ajeno? Porque una cosa es ser liberal, radical, peronista, de derecha o de izquierda. Pero hay una frontera que no debería cruzarse.
Una cosa es discutir ideas. Otra muy distinta es disfrutar cuando al otro le va mal. Porque la desgracia no pregunta a quién votaste antes de tocarte la puerta.
Y cuando una sociedad aprende a mirar al que cae como si se lo hubiera buscado, termina construyendo una especie de tribunal permanente donde cada pobre debe demostrar que merece ser ayudado y cada derrotado debe explicar por qué perdió.
Eso no es libertad. Eso tampoco es justicia. Es simplemente indiferencia con una explicación ideológica. Y quizás ahí esté el verdadero triunfo del desprecio, cuando ya no necesitamos que nadie nos ordene odiar al otro porque aprendimos a hacerlo solos.
Por eso, más allá de Sarmiento y de Milei, quizás la discusión que nos debemos sea mucho más profunda. Porque una sociedad no se mide solamente por cuánto produce, cuánto exporta o cuánto acumula. También se mide por lo que hace cuando alguien cae.
Yo no quiero una Argentina donde todos pensemos igual. Quiero una Argentina donde podamos pensar distinto sin necesitar que al otro le vaya mal para sentir que nosotros tenemos razón.
Porque al final de cuentas, quizás la verdadera grieta no sea entre izquierda y derecha. Ni entre peronistas y antiperonistas.
Quizás la grieta más profunda sea entre quienes todavía pueden mirar el dolor ajeno y sentir que también les duele, y quienes necesitan encontrar una explicación para convencerse de que ese dolor está merecido.
Y si alguna vez perdemos definitivamente esa capacidad de conmovernos por el otro, podremos ganar todas las batallas ideológicas que queramos. Pero habremos perdido algo mucho más importante. La posibilidad de seguir llamándonos sociedad.
