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San Lorenzo, con su verdor tupido y su aire pausado a pocos kilómetros de la capital salteña, reserva una de esas sorpresas que justifican toda travesía. En la Avenida San Martín 2587, detrás de un portal que parece un pasadizo secreto, se esconde el Museo del Automóvil: la obra de un visionario que decidió coleccionar recuerdos para mantener vivo el ayer.

Fruto del sueño y la pasión desmedida de Daniel Chilibertto, este espacio abrió sus puertas en el año 2012. Plasmado con paciencia artesanal, la propuesta nació como un salón privado y, con el transcurso de las estaciones, fue sumando vehículos y objetos íntimamente ligados a la historia del transporte y la vida cotidiana. Daniel, un bonaerense oriundo de Castelar que cuenta hoy con 59 años, eligió hacer de Salta su hogar hace ya dos décadas. De esa combinación entre el arraigo norteño y la nostalgia de la infancia junto al río surgió un universo particular donde cada pieza conserva su brillo original.

Al cruzar el umbral, lo primero que atrapa al visitante es la certeza de que las máquinas aquí no son estatuas de metal inerte. En este predio los motores respiran. El propio Daniel lo define con claridad ante los micrófonos de Punto Uno: “Esta es una colección privada que yo he ido formando a través de los años, ya tiene más de 10 años desde el inicio de la colección, desde el salón donde estamos participando en este momento. Y bueno, ha sido un largo trabajo, la restauración, la puesta a punto, como siempre digo, es una colección viva, todos los autos que tenemos están todos en marcha, todos en funcionamiento”.

Esa condición funcional transforma por completo la experiencia turística. Los vehículos no permanecen atrapados bajo lonas o barreras de contención; salen a la calle, respiran el aire del cerro y completan las tareas cotidianas de su dueño. Daniel añade sobre esta relación diaria con sus reliquias: “Los uso tanto para eventos, casamientos, como el uso también para mi esparcimiento, como uso diario, voy a tomar un helado, voy a comprar el pan, me salgo a pasear con mis hijos o alguna visita. Así que bueno, es una colección que se mantiene viva, incluso cada tanto algún ejemplar se vende y se trae alguno nuevo y así es como va evolucionando el uso del automóvil”.

Entre las joyas mecánicas que desfilan en la muestra destaca una reliquia singular: un triciclo impulsado por un motor monocilíndrico de tipo estacionario, dotado de transmisión por correa plana, piñón y corona sobre ruedas de hierro denso. Concebido originalmente para transitar entre las huellas de los campos, su propietario calcula que este ejemplar data de comienzos del siglo XIX, lo que lo convierte en uno de los testimonios sobre ruedas más antiguos del predio.

A su lado descansa una leyenda de la industria internacional: el Ford Modelo T, popularmente bautizado como Tin Lizzie o Flivver en Estados Unidos, y llamado con afecto «Ford a bigotes» en Argentina y Uruguay. Para el propietario, este ejemplar ocupa un lugar de preferencia afectiva dentro del pabellón.

Sin embargo, el recorrido no se agota en las carrocerías brillante. La propuesta trasciende las cuatro ruedas para internarse en la cultura técnica de antaño. En las repisas y paredes conviven motores estacionarios, cartelería enlozada de época, surtidores de combustible conservados con rigor y herramientas con las que se reparaban estas máquinas. La escenografía cobra vida gracias a vestimentas originales de mecánicos y un maniquí caracterizado que simula trabajar debajo de un chasis. Una detallada colección de pequeños autos a escala, todos funcionales, completa esta sección del recorrido.

 

Un viejo almacén

El trayecto reserva otro salto en el tiempo hacia un espacio entrañable: la recreación exacta de un viejo almacén de ramos generales. Allí, el visitante se traslada hacia una época en la que las compras no eran un trámite apresurado sino un ritual de encuentro social, la era de la bolsa de tela y la lista anotada a lápiz.

Consultado sobre el origen de este rincón comercial del pasado, el fundador explica la raíz de su inspiración: “Nace del romanticismo, del coleccionar, de albergar, de cobijar cosas para que las próximas generaciones lo puedan ver. Pero hay algo que yo siempre le remarco y le cuento a la gente que, más allá de las cosas que se exhiben acá, esto tiene que ver con una época donde uno iba al almacén y era el hijo de alguien... Bueno, había un contacto humano con una persona que atendía, como hoy que uno va al súper y pi, pi, pi, uno no sabe quién es la cajera...”.

Esa búsqueda de calidez humana hunde sus raíces en la historia personal de Daniel. Aunque niega que su familia haya administrado un negocio de este tipo, atribuye su amor por lo añejo a las vivencias de su juventud en la provincia de Buenos Aires: “Yo mañana me estoy yendo al Tigre, por ejemplo, a Buenos Aires, tengo una casa en el Delta. Ahí me crié en mi casa sin luz eléctrica, con los faroles de kerosene, con la radio a pila, y bueno, y así ha sido mi infancia. Yo estoy feliz de haber vivido la era analógica, donde nos levantábamos a cambiar la tele blanco y negro con el dial, a cambiarlo con la mano, y bueno, y conversábamos en la mesa, y nos juntábamos y charlábamos, éramos felices, no había celular...”.

Sorprende saber que semejante despliegue demandó cerca de quince años de búsqueda constante, una tarea emprendida a título individual. Entre risas, al ser indagado sobre si arrastró a su familia en esta aventura, Daniel responde: “No, no, yo. Ni siquiera por ahí mis hijos, poco, pero sí, sí, sí. Y bueno, acá estamos, para el psicólogo”.

Para completar esta oferta turística, el inmueble integra el alquiler de hospedaje dentro del complejo San Lorenzo Village. Los visitantes que buscan una estadía fuera de lo común pueden alojarse en cabañas, entre las cuales destaca una réplica exacta de un vagón de tren equipada con objetos antiguos originales.

 

Hoy en día, el lugar recibe a decenas de personas procedentes de diversos rincones de Argentina y del mundo. Por sus pasillos caminan grupos escolares, contingentes universitarios, familias y delegaciones de viajeros que buscan algo más que una simple caminata. El museo se encuentra abierto al público de lunes a viernes, en el horario de 9:00 a 18:00, con una entrada accesible de 4.000 pesos que abre las puertas a un viaje nostálgico.