
Cristian Aimo
No fui ricotero. Nunca seguí cada disco ni recorrí el país detrás de sus recitales. Sin embargo, siempre sentí una profunda admiración por Carlos "El Indio" Solari. No solamente por su obra, sino por algo mucho más difícil de conseguir: la coherencia. En tiempos donde casi todo parece negociable, él construyó una carrera defendiendo una identidad propia, sin pedir permiso y sin parecerse a nadie.
Ahora, ante la triste noticia de su partida, resulta inevitable detenerse a pensar en la dimensión de un artista que modificó para siempre la cultura argentina.
Los salteños, además, tenemos un motivo especial para sentirnos parte de esa historia. La leyenda de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota nació aquí, en Salta, un 7 de enero de 1978, en el mítico bar "Lo del Polaco". Cuesta imaginar que aquel proyecto que comenzaba en un rincón del norte argentino terminaría convirtiéndose en uno de los fenómenos culturales más importantes de nuestra historia.
Los Redondos hicieron algo que parecía imposible. Construyeron una multitud sin el respaldo de las grandes compañías discográficas, sin depender de los medios tradicionales y sin someterse a las reglas habituales del mercado musical. Lo hicieron a fuerza de canciones, de identidad y de una independencia artística que con el tiempo se volvió una bandera. Para quienes hacemos música, esa quizá sea una de las enseñanzas más valiosas que deja el Indio: demostrar que es posible defender una visión propia aun cuando todo invite a renunciar a ella.
Pero detrás del fenómeno masivo, de las banderas interminables y de las convocatorias multitudinarias, existía un hombre.
Carlos Alberto Solari nació en Paraná, Entre Ríos, el 17 de enero de 1949. Fue cantante, compositor y, sobre todo, un extraordinario observador de las personas. Tenía la rara capacidad de convertir reflexiones complejas en frases simples que terminaban acompañando la vida de millones. "Es difícil ser honesto cuando sos inteligente" o "El que abandona no tiene premio" dejaron de ser versos o declaraciones para transformarse en pequeñas máximas populares sobre la integridad, la resistencia y las contradicciones humanas.
Con los años, el tiempo comenzó a reclamar lo que siempre reclama. El cuerpo empezó a mostrar los límites que ninguna fama ni ningún talento pueden evitar. Ya atravesado por el mal de Parkinson, Solari dejó ver una faceta que tal vez lo engrandeció aún más. En aquella recordada entrevista con Mario Pergolini, el personaje se corrió por un momento y apareció el hombre. Habló de la enfermedad, del paso del tiempo y de la muerte con una honestidad que conmovió incluso a quienes nunca habían escuchado una canción suya. Fue la imagen de alguien que había llenado estadios enfrentando, como cualquiera de nosotros, las preguntas inevitables sobre la fragilidad de la vida.
Quizás por eso su partida duele más allá de cualquier gusto musical. Porque cuando se va un artista de esta magnitud, no desaparece solamente una voz. Se marcha también una manera de entender el arte, la independencia y la relación con el público.
Carlos "El Indio" Solari deja una obra inmensa, pero también deja un ejemplo. El de alguien que eligió recorrer su propio camino, aun cuando fuera el más difícil. Y eso, para quienes alguna vez nos subimos a un escenario, tiene un gran valor.
Se apagó la voz, pero la mística permanece intacta. Y mientras alguna guitarra vuelva a sonar en cualquier rincón del país, mientras algún joven descubra una de sus canciones por primera vez, o mientras una multitud siga encontrando refugio en sus palabras, el mito seguirá vivo.
Porque hay artistas que simplemente triunfan. Y hay otros que terminan formando parte de la memoria colectiva de un pueblo. El Indio pertenece a estos últimos. Y por eso hoy, más que despedir a una estrella del rock, despedimos a un hombre que supo convertirse en símbolo sin dejar de ser humano.
"¡Este fue el pogo más grande del mundo!".
