04 05 aumoCrisitan Aimo

Recientemente, Santiago Bilinkis,(tecnólogo argentino, por si no lo conocen), deslizó una idea que suena a herejía en la sobremesa pero a diagnóstico en cualquier laboratorio: "en estos tiempos, comer puede ser más dañino que fumar".

No por el acto primitivo y noble de alimentarse, sino por la alquimia moderna que convirtió a la comida en un artefacto de precisión. Ya no se cocina. Se formula. Ya no se sazona. Se calcula. Sal, azúcar y grasa bailan un vals exacto en la lengua hasta encontrar ese punto en el que el placer deja de ser disfrute y se vuelve obediencia.

Y entonces ya no elegimos...repetimos.

La industria lo sabe, y lo mide. Equipos enteros de científicos y especialistas en comportamiento trabajan sobre lo que llaman “hiperpalatabilidad”. Combinaciones exactas que activan circuitos de recompensa en el cerebro, liberando dopamina y reforzando hábitos de consumo. No es casualidad que muchos productos ultraprocesados estén diseñados para que cueste dejar de comerlos. Tampoco es azar que los envases, los colores y hasta los sonidos al abrirlos estén pensados para estimular los sentidos y construir una experiencia adictiva.

Pero el truco no termina en la góndola. Porque esa misma lógica, quirúrgica y silenciosa, se desliza como humedad en las paredes de la cultura. La mercadotecnia moderna dejó de apuntar solo a vender productos, ahora modela conductas. Según distintos estudios de mercado, una persona promedio está expuesta a miles de impactos publicitarios por día, muchos de ellos personalizados gracias al uso de datos. No se trata ya de lanzar mensajes al aire, sino de hablarle a cada individuo en el momento justo, con el tono exacto, casi como si la publicidad susurrara al oído.

Los algoritmos, esos nuevos gurúes del deseo, no solo leen lo que queremos, lo escriben. Plataformas digitales construyen perfiles detallados en base a nuestros clics, pausas y desplazamientos, anticipando decisiones antes de que se vuelvan conscientes. Así, la música que escuchamos, las noticias que leemos y hasta las ideas que creemos propias muchas veces llegan filtradas por sistemas que priorizan aquello que maximiza nuestra atención y, por ende, nuestra permanencia.

Y así, entre clics y estribillos, entre titulares y certezas de ocasión, se va armando una dieta paralela, la del pensamiento rápido, la emoción inmediata, la identidad prefabricada.

Nada de esto es casual. La ingeniería social, nutrida por la ciencia y financiada por la ansiedad del mercado, ha perfeccionado el viejo oficio de domesticar multitudes sin levantar la voz. Ya no hace falta imponer, alcanza con seducir hasta el cansancio, repetir hasta que parezca verdad, insistir hasta que parezca propio.

Y sin embargo, en medio de este banquete donde todo viene masticado, todavía queda un gesto incómodo, casi subversivo. Detenerse.

Elegir qué entra y qué no. Sospechar del sabor perfecto. Desconfiar de la melodía demasiado pegadiza. Preguntarse, aunque moleste.

Porque tal vez la libertad, esa palabra tan manoseada, no consista en tener más opciones sobre la mesa, sino en animarse, de una buena vez, a no comerse todo lo que nos sirven.

 

El consumidor cree improvisar una coreografía invisible, mientras sigue pasos ya marcados.