03 31 msosa2

Cristian Aimo

Otra vez la historia se emborracha con su peor vino y tropieza en la misma baldosa floja. Argentina, ese tango que a veces se baila con botas, parece condenada a resucitar fantasmas que nunca aprendieron a morir del todo. Justo cuando creíamos que había certezas sagradas, como la voz de Mercedes Sosa, aparece un burócrata con complejo de inquisidor a escupir en el espejo de lo que somos.

El funcionario en cuestión, con cargo y micrófono prestado, decidió bautizar a “La Negra” con un rosario de insultos que huelen a naftalina ideológica: “gorda”, “comunista”, “cáncer”. Tres palabras; tres balas de fogueo que pretenden hacer ruido donde faltan argumentos. Lo de “gorda” es la vieja cobardía de quien, ante la incapacidad de procesar el talento, apunta al cuerpo. Lo de “comunista” es el agravio vintage de los que siguen peleando guerras que perdieron hasta en sus propios sueños. Y lo de “cáncer”... ahí ya no hablamos de torpeza, sino de memoria enferma: esa misma que pintó en las paredes “Viva el cáncer” mientras Eva Perón se apagaba. Hay metáforas que no son tales; son cicatrices abiertas.

Lo tragicómico —porque en este país lo grotesco suele disfrazarse de rutina— es que el agravio nace desde una radio que lleva el nombre de la propia Mercedes. Es como si un pirómano dirigiera el cuerpo de bomberos o un sordo afinara la orquesta. Vaciar de sentido los símbolos: esa es la jugada. Dejar la cáscara y tirar la canción por la ventana.

Esto no es nuevo. En otros tiempos, más oscuros y literales, el poder le tenía miedo hasta a un charango. Sí, miedo. Como si cinco cuerdas pudieran derrocar generales. Durante la noche larga de la dictadura, ese instrumento era sospechoso por el simple delito de sonar a raíz, a tierra y a una América Latina sin permiso. Se lo confiscaba cual verdad incómoda. Hoy ya no hacen falta las botas; alcanza con un teclado y un poco de odio en oferta.

La metodología cambió de traje, pero no de intención. Antes se quemaban discos y libros; ahora se intenta incendiar reputaciones. Antes te callaban con listas negras; ahora te ensucian con etiquetas. Llaman “libertad de expresión” a la facultad de aplastar lo ajeno, asumiendo que opinar es lo mismo que despreciar o que la democracia es una barra libre para la canallada.

Lo peor no es el exabrupto de un funcionario menor, sino el coro de aplausos que lo acompaña. Ese murmullo de redes donde algunos repiten, cual loros sin barrio, que “ella misma se decía comunista”, pretendiendo que eso habilite la deshumanización. Como si una categoría política pudiera borrar una obra que dio voz a quienes no la tenían.

Ahí reside el verdadero peligro: la cultura del desprecio. Esa que convence de que lo propio vale menos, lo popular estorba y el arte comprometido es una molestia. Una pedagogía del ninguneo que enseña a los jóvenes a mirar el mundo por la cerradura de un prejuicio. Si no piensas como yo, no cantas; si no cantas lo que quiero, no existes.

Se equivocan de enemigo. Atacar a Mercedes no es pegarle a una cantante; es intentar bajarle el volumen a la identidad de un pueblo. Es decirle a un chango de Tucumán, a un laburante de Salta o a un joven del conurbano que su raíz molesta, su música sobra y su historia incomoda.

La cultura no es espuma, es sedimento. La espuma hace ruido, se agranda y se cree ola, pero al rato se desvanece. Son los comentarios furiosos, las bravatas de escritorio; pura pirotecnia sin memoria. El sedimento, en cambio, es lo que queda cuando pasa la tormenta. Y ahí, bien hondo, sigue latiendo Mercedes Sosa, con esa voz que sobrevivió al exilio, a las listas negras, a las bombas y a los silencios obligados.

Querer borrarla con un tuit es como intentar secar el Paraná con un pañuelo prestado. Podrán cambiar nombres de oficinas, escupir desde cargos públicos y jugar a ser jueces de lo que no entienden, pero no impedirán que, cada vez que alguien necesite decir una verdad incómoda o abrazar una pena colectiva, vuelva a sonar su canto.

Porque la libertad —la de verdad, no la de utilería— no es la que destruye lo que nos une, sino la que se anima a decir, a cantar y a incomodar. La misma que ejercía Mercedes cuando prestaba su voz a los que no tenían micrófono. Y eso no hay censor que lo pueda acallar.