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El consumo de vino cayó a niveles históricos, la producción supera la demanda y los costos locales crecen a un alto ritmo. Con menos consumidores y más stock, las bodegas enfrentan un exceso de oferta que presiona los precios a la baja y obliga a reducir los márgenes de rentabilidad.

El consumo mundial de vino se encuentra en su nivel más bajo desde la década del 60. Esta caída no es exclusiva de Salta el impacto se amplifica por una combinación de factores de la economía nacional: altos costos logísticos, presión impositiva, caída del turismo y pérdida de poder adquisitivo del mercado interno.

En Argentina, el vino dejó de ser la bebida cotidiana que históricamente ocupó un lugar central en la mesa. En las últimas décadas, el consumo per cápita se redujo de manera sostenida, desplazado por otras bebidas alcohólicas.

En la provincia, la retracción del consumo interno se traduce en una caída directa de ventas. La menor demanda deja en evidencia otro problema estructural: la sobreproducción. Durante años se expandió la superficie de viñedos bajo un escenario de crecimiento que hoy ya no existe. Con menos consumidores y más vino en stock, las bodegas enfrentan un exceso de oferta que presiona los precios a la baja y reduce los márgenes de rentabilidad.

El problema se agrava cuando se analiza el contexto de costos. La vitivinicultura salteña enfrenta una de las estructuras logísticas más caras del país. Transportar vino hacia los principales centros de consumo o a los puertos de exportación implica distancias largas y costos elevados. A esto se suma que los insumos básicos —botellas, corchos, etiquetas— también deben ser trasladados desde otras provincias, encareciendo aún más la producción.

La presión impositiva es otro factor determinante. En Argentina, la carga tributaria total sobre el vino ronda entre el 62 y el 63%, muy por encima de países competidores como Chile, donde el nivel impositivo se ubica cerca del 40%. Esta diferencia impacta de lleno en la competitividad internacional, especialmente en un contexto donde Argentina no cuenta con tratados de libre comercio que alivien los aranceles de exportación

Las exportaciones, que podrían funcionar como válvula de escape ante la caída del mercado interno, tampoco muestran señales de recuperación. Las bodegas salteñas exportan menos, enfrentan mayores costos y compiten en desventaja frente a países que combinan menor presión fiscal, logística más eficiente y políticas activas de promoción externa.

El escenario internacional ofrece una señal de alerta. En países europeos productores de vino, el desequilibrio entre oferta y demanda llevó a implementar subsidios para el arranque de viñedos, una medida extrema destinada a reducir la producción y estabilizar el mercado. En Salta, esa situación aún no se materializó, pero el riesgo existe si la tendencia no se revierte.

Alejandro Martorell, presidente de la Asociación Bodegas de Salta, confirmó este diagnóstico al señalar que el sector observa la situación “con mucha preocupación” y que el problema no es transitorio. “Hay sobreproducción, caída del consumo y costos que no paran de subir”, advirtió, y remarcó que sin una reducción de impuestos y un reordenamiento de los costos laborales, la sostenibilidad de varias bodegas queda comprometida.

Las condiciones climáticas de los Valles Calchaquíes —amplitud térmica, radiación solar intensa y diversidad de suelos— permiten obtener vinos con mayor concentración, color y características únicas que no se replican en otras regiones del país ni del mundo.

Brasil y algunos mercados asiáticos aparecen como destinos estratégicos, aunque su desarrollo dependerá diferentes factores. Mientras tanto, la vitivinicultura salteña enfrenta un escenario complicado.