Punto Uno
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Por Pablo Borla

Hace tiempo, con cierta injusta ironía, solían repetirse los titulares deportivos en los que se reflejaba que el seleccionado argentino de rugby, Los Pumas, sufría una derrota digna, dado que había perdido, pero poniendo todo en la cancha, dejando hasta la última gota de antitranspirante en aras del triunfo.

Durante mucho tiempo también -hasta que llegó Maradona y con él la gloria deportiva- fuimos “campeones morales”, una especie de premio consuelo al que nos abrazábamos mientras el equipo ganador daba la vuelta olímpica besando el trofeo del campeonato, que es el que vale.

Las elecciones del domingo dejaron una multitud de campeones morales, ya sea por haber sacado más votos, por haber remontado la enorme distancia que se reflejara entre el oficialismo y la principal oposición en las PASO, o por haber logrado hacer una elección notable en un debut en la contienda electoral.

A nadie le gusta perder y, menos, reconocerlo.

De hecho, hubo candidatos y referentes que el domingo a la noche fueron solo sillas vacías en sus comandos de campaña y optaron por comer los sándwiches y canapés en su casa, alejados de sus desolados acólitos y de la prensa.

El presidente Alberto Fernández, por su parte, difundió un mensaje grabado, como una muestra de madurez cívica y anticipo de un futuro llamado al encuentro con las diferentes fuerzas políticas, para ver si de una vez por todas, le encontramos el agujero al mate.

Fernández, en su discurso, se refirió a la Argentina diciendo que “Somos una nación joven, con un pueblo resiliente, lleno de talento y oportunidades; con un territorio maravilloso y con una riqueza y diversidad federal que nos enorgullece”.

El escritor venezolano Arturo Uslar Pietri destacaba en un ensayo -hace varias décadas atrás- que América no es tan joven como suele afirmarse, entre otras cuestiones porque ya hemos pasado por procesos libertadores, luchas y sufrimientos y por un mestizaje que nos integra en el ADN la presencia ancestral de los Pueblos Originarios.

Por ello, la juventud o la inexperiencia ya no pueden ser usados como una excusa para continuar cometiendo torpezas.

Fernández también dijo que “El pesimismo es contagioso, pero, por suerte, la esperanza también lo es. Tenemos esperanza, decisión y un futuro mejor para construir en conjunto.”

Es sabido que cuando ya resta poco o nada que ofrecer, lo que queda es la esperanza, que -como un vaso con agua- no se le niega a nadie.

Seguramente, de ahora en más, el consenso permanente será una gimnasia necesaria que, como todo ejercicio, provocará algunos dolores al principio, sobre todo en el orgullo.

Dialogar y negociar significa, básicamente, tener la predisposición de aceptar que nuestras convicciones no implican impedimentos sino puentes que tender, en la humildad de no creernos dueños de una verdad única e inamovible.

Y esto vale tanto para el Gobierno como para una oposición a la que no le conviene heredar solamente ruinas.

La convocatoria presidencial es un buen primer paso.

Quizás hubiera sido más astuto que, previamente a esa invitación, Fernández no hubiese distribuido la culpa entre el desastre heredado, la pandemia y los errores propios, pero, en fin…

Porque no hacía falta. Los argentinos sabemos muy bien cuál era la situación de inflación, endeudamiento y pobreza a fines de 2019.

También, sabemos que la pandemia empeoró todo, cambió prioridades y retrasó una recuperación que hoy ya empieza a esbozarse, pero que no basta para resolver el hambre urgente.

Ese diálogo será dificultoso si los que participan no abandonan la práctica de intentar destruir totalmente al otro, para recién construir algo que les sirva a sus fines.

La remontada electoral del oficialismo implicó que un Pueblo le está dando una oportunidad más y que deben superarse las diferencias internas, para aportar soluciones concretas.

De igual manera, la oposición pagará costos muy altos si no resuelve su propia interna entre halcones, palomas y arribistas con coincidencias ideológicas, pero pretensiones propias.

No es hora de posiciones rígidas, de fundamentalismos y egos que satisfacer.

Es tiempo de proponer, debatir, negociar, consensuar; de establecer Políticas de Estado.

Los argentinos queremos novedades, que no es lo mismo que caras nuevas que vengan a hacer lo de siempre, lo que no dio resultado, aquello que nos hace ser parte de un país riquísimo y fatal, en el que vivir, para una gran parte de sus habitantes, es sólo sobrevivir.