Gobierno de Salta
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09 20 aguiar

Por Natalia Aguiar
Ring, ring, ring, le suena el celular a Felipe Solá que estaba en México ya preparado para representar a la Argentina en la Celac. Del otro lado, Santiago Cafiero quien le daba las malas nuevas.

-Hola Felipe, te comento que ya no serás el canciller de Argentina porque tuvimos un apriete de la “jefa”, y bueno… no nos quedó otra…

Solá, casi sin poder articular palabras… insiste en saber más y más…

-¿Y sabés quien será mi reemplazo?

- Yo, le contesta Cafiero.

Desde México colgaron la llamada y enojado, Felipe renunció a su cargo, y se resguardó en el hotel, y no fue a la reunión en representación del país. Ya nadie de la comitiva argentina pudo conciliar el sueño en el Hotel Camino Real Polanco de la ciudad de México, donde estaba alojada la delegación para participar de la reunión de la Celac, que agrupa a 33 países de Sudamérica y el Caribe.

Así de improvisado y desprolijo fue el recambio de ministros, según las órdenes libradas por Cristina.

Tras la crisis profunda que atravesó el Gobierno desde el punto de vista institucional, hubo varias reuniones, idas y vueltas. El jueves pasado, los gobernadores Sergio Uñac y Juan Manzur visitaron al presidente en la quinta de Olivos. Allí, Alberto intentó analizar el panorama y les dio a entender que debían asumir algún ministerio, como el del Ministerio del Interior, donde aún estaba Wado de Pedro, pero ambos se excusaron en las cuestiones provinciales. Manzur se escudó en la feroz interna que mantiene con su vicegobernador, Osvaldo Jaldo.

Pero Cristina se puso firme y al emitir su misiva pública, Manzur quedó entre la espada y la pared, aunque le ofrecieron intervenir la provincia en caso de ser necesario. Ella y Manzur estuvieron mucho tiempo distanciados pero ahora los unió el espanto y reina la paz. Claro que cercanos a Alberto, niegan esta versión y afirman que se trata de un hombre fiel al presidente. El objetivo de nombrar a Manzur en la Jefatura de Gabinete, sería que los gobernadores tengan una voz directa en el Gabinete nacional para lograr mayor representatividad en las políticas nacionales. O eso dicen.

Santiago Cafiero será canciller, en lugar de Felipe Solá. Aníbal Fernández asumirá el Ministerio de Seguridad tras la salida de Sabrina Frederic. Julián Domínguez, asume en Ganadería, Agricultura y Pesca, lugar que ocupaba Luis Basterra. Educación, uno de los ministerios más apaleado por la pandemia, será dirigido por Jaime Perzyck, y los esfuerzos de Nicolás Trotta por la vuelta de los niños a la escuela, quedan atrás. Daniel Filmus asume en Ciencia y Tecnología, en reemplazo de Roberto Salvarezza y la nueva prensa del Gobierno será Juan Ross, tras la renuncia del vocero sin voz, según Cristina, Juan Pablo Biondi. Hoy, el presidente ante la Constitución, les tomará la jura.

 

Ahora bien, la realidad que nos toca

Todo lo sucedido puede analizarse desde diversos ángulos. Por un lado, los argentinos estamos atravesando una nueva forma de Gobierno hasta ahora desconocida en las Democracias modernas, ya que estamos ante una vicepresidenta que lidera los hilos del poder ya sin miramientos, a golpe de acusaciones y cartas abiertas que humillan al presidente formal al mando.

Esto sería desde la técnica constitucional, un golpe institucional al presidente Alberto Fernández, tal cual lo sostuvo la oposición y los juristas más reconocidos. Incluso los gobernadores y sindicatos fuertes de argentina salieron a respaldar a Alberto. Sin dudas es una nueva forma de Gobierno en la que la única que tiene el poder es Cristina Fernández. Tras la derrota del domingo pasado en las PASO, en vez de calmar las aguas, Cristina redobló la apuesta y salió con todo a la palestra. Para algunos, quizás sea un peligro para la Democracia, pero para otros -valga el análisis- haya tenido los reflejos que Alberto no tuvo, y logró relanzar el Gobierno tras los paupérrimos resultados electorales que la dejaron débil. Vulnerable en el Senado donde no tendrá quorum propio ni mayoría, al igual que en la Cámara de Diputados, léase la Justicia, que olfatea la sangre como ave de rapiña, irá contra ella a todo o nada.

Siempre en el ocaso cuando el representante está herido, nunca en la cresta de la ola, porque los jueces -no todos por supuesto- no son valientes. La mayoría de los jueces federales carecen de la valentía tal que señalen a los responsables de causas de corrupción con el peso de la ley. La mayoría de ellos se hamaca entre tácticas y estrategias procesales cuando el señalado está en el poder, e intentan honrar su cargo cuando se huele a sangre. Agradezcamos que aún existen fiscales ejemplares que avanzan en investigaciones y develan la verdad. Si bien Cristina nunca irá presa, la cuestión judicial es una gran preocupación, como la pérdida de poder. Perder el poder para alguien que lo tuvo todo, lo perdió cuando asumió Mauricio Macri, y lo volvió a recuperar, debe ser terrible. Es una enfermedad, conocida como el síndrome de Hubris, considerada por la neurociencia como el ego sobredimensionado o la mente perturbada de los poderosos. La cuestión es que las polleras de este Gobierno, son las de Cristina.

Otro punto de análisis podría ser que Alberto no es el títere que parece ser ante el sometimiento que acepta, y que en la turbulencia extrema buscó aliarse con los gobernadores y busca relanzar su gestión con apoyo nacional. Que Juan Manzur se haga cargo de la coordinación de los ministerios nacionales, quizás sea una señal de que Alberto sentará las bases de su escaso poder de mando en los jefes provinciales. Una apuesta a un Gobierno de alianza con los gobernadores y a ministros del kirchnerismo a ultranza, que mantienen buen vínculo con él. El tiempo nos dirá si estamos ante un débil, un mártir, o un ideólogo. Pero a los hechos remitámonos.

 

El ultimátum

El martes por la noche en una reunión entre Alerto y Cristina, Ella, le dio el ultimátum. Mientras el presidente en la formalidad, analizaba cambios en el Gabinete tras las elecciones de Noviembre, Ella, fue tajante y solicitó el inmediato cambio de ministros y un relanzamiento de la gestión.

Si bien Alberto lo aceptó, pidió más tiempo y Cristina no pudo con su genio y explotó. Lo expuso ante todos y todas. Pero lo que parece fue la gota que rebalsó el vaso para Ella, fue un acto público de Alberto junto a los cuestionados ministros, Martín Guzmán y Matías Kulfas, una actitud tomada como una burla por Cristina, quien desató la guerra sin más. De hecho, nadie se esperaba la renuncia de Wado de Pedro, ni siquiera sus colaboradores más cercanos, por lo que la bomba la detonó Cristina junto a sus soldados más fieles. Alberto mientras almorzaba en José C. Paz, se enteró de la renuncia de sus ministros por las redes sociales. La guerra ya estaba declarada.

Para Alberto Fernández fue un antes y después, quedó sin reacción. Se resguardó en sus oficinas, solo, muy pensante y quizás ante la crisis más fuerte que le tocó pilotear. Un presidente acorralado. Solo. Sin poder. Fue allí que su gente más cercana ante la falta de reacción del presidente, empezó un “operativo rescate” y los llamados a gobernadores, sindicalistas, y gremios no cesaron para intentar volver a la vida a un hombre en terapia intensiva, casi sin pulso vital. De hecho, en esa crisis surgió -según sus allegados- la reunión de gobernadores en la Rioja. Fueron sus personas más fieles, las que sacaron al presiente de un profundo pozo de angustia, de incertidumbre. Quizás esa sea la razón por la que ahora Alberto sienta su gestión en los gobernadores, para no estar tan solo, y apostar a su capacidad de diálogo. Los caciques provinciales peronistas fueron fieles a Alberto, ya sabremos hasta cuándo. Aunque está en juego el futuro de Argentina, ojalá no se olviden de eso.