11 01 gramsiPor Mario Casalla
(Especial para Punto Uno)

La obra del filósofo y político italiano Antonio Gramsci (1891-1937) fue desde siempre sugerente y revulsiva. En principio dentro mismo del campo marxista, donde el Partido Comunista italiano se diferenció rápidamente de la ortodoxia soviética e influyó más allá de Italia.

En la Argentina, nuestro Partido Comunista –gobernado por la mano dura y el ceño fruncido de Victorio Codovila- también siempre miró a Gramsci como una herejía, por lo cual su introductor aquí pagó rápidamente con la expulsión: era José Aricó (Pancho para quiénes lo tratamos), fundador en 1963 de la mítica revista cordobesa “Pasado y Presente”, junto con Oscar del Barco, Héctor Schmucler y Samuel Kiczkowski.

Veinte años después en Buenos Aires, creará el Club de Cultura Socialista, junto a Juan Carlos Portantiero (el afable “Negro” a quien también conocí y traté), y fue entonces que las ideas de Gramsci volvieron tomar vigencia durante el gobierno de Raúl Alfonsín (1983-1989), de quien Portantiero era un destacado asesor. En aquéllos célebres debates del reinicio democrático argentino, las ideas gramscianas de Portantiero competían (en el interior del espacio alfonsinista) tanto con el tradicional radicalismo balbinista, como con los jóvenes de la Junta Coordinadora. Ahora algunas ideas centrales del pensamiento de Gramsci vuelven a ser influyentes. Esa competencia ideológica aflora -en el interior del espacio nacional y popular- en disputa.

Tanto el peronismo como el radicalismo –en sus recientes gobiernos- han dialogado y lo siguen haciendo con la tradición gramsciana del socialismo. Por cierto, que queda exceptuado de tal debate La Libertad Avanza y sus circunstanciales aliados, porque su alergia a lectura de libros unida a la profunda confusión mental de Javier Milei lo hace casi imposible. Por eso nos parece amigo lector que -más allá de acuerdos o desacuerdos ideológicos- acaso le interese detenerse por un momento en tres ideas gramscianas que aquí me permito presentarle.

 

1°) La primacía de lo cultural

Fue Gramsci uno de los primeros en criticar el materialismo histórico y el economicismo marxista, a los cuáles no sólo consideraba un error de interpretación de Engels y Lenin, sino un punto débil en el pensamiento del propio Marx. Un célebre artículo suyo (“La Revolución contra El Capital”) escrito poco antes de ser encarcelado por Mussolini, es claro en este sentido. Para Gramsci ni hay “leyes inexorables y objetivas de la historia” (como sí las hay de la naturaleza), ni “las relaciones económicas y de producción” constituyen la clave de bóveda de las sociedades humanas.

Sin bien son fundamentales y no deben ser ignoradas, la praxis humana está preñada de libertad y supera la pura necesidad (animal); así como la sociedad, la cultura y sus instituciones no son mera “superestructuras” determinadas por la economía, sino creaciones y expresiones de aquélla libertad. Por esto la cultura será el campo por excelencia de la lucha política (enfrentamiento de libertades en búsqueda de la hegemonía) y quien logre triunfar en ella obtendrá el control de la economía y del estado (y no a la inversa, como pensaba aquélla ortodoxia marxista). De aquí que los Intelectuales sean tan importantes como los cuadros políticos y sindicales.

Un intelectual –entendido al modo gramsciano- es un “constructor, organizador, persuasor” que, rompiendo su tradicional individualismo, trabaja ahora a favor del partido y la clase trabajadora (lo que él llama, “intelectual orgánico”). Por eso un partido político, o un grupo o espacio social que tienda a la conquista del poder, debe luchar “por la asimilación y la conquista ideológica de los intelectuales tradicionales”. Sólo quien logre la hegemonía en ese terreno, estará en condiciones de profundizar en los otros.

 

2°) El poder como hegemonía

La noción de hegemonía (y su correlativa de “bloque hegemónico”) es el principal legado de Gramsci al debate político contemporáneo. Sintéticamente podríamos expresarla así: el poder no es una sustancia (que se posee o no se posee), ni un aparato (que se usa o administra) sino la progresiva construcción de una “posición dominante” (hegemonía) desde donde sea posible conducir una sociedad. Esta conducción no está basada en el tradicional “dominio” (por la coacción o el terror), sino en la “dirección” que una parcialidad social (bloque histórico) puede llegar a imprimir sobre el resto. Esta dirección es “intelectual y moral”, pero requiere en simultáneo el dominio por sobre los otros bloques que se le opongan.

O sea que se trata de combinar: la “dirección” de los sectores afines o aliados, con el “dominio” de los otros bloques que disputen su hegemonía. Lo cual plantea, a su vez, un interesante desafío de equilibrio para el ejercicio de todo gobierno democrático y popular: ejercer el dominio sobre el adversario (básico en todo poder efectivo) al mismo tiempo que se sigue siendo dirigente de los afines y aliados. ¡Menudo dilema: “cuando se ejercita, el poder se vuelve dominante, pero debe continuar siendo dirigente”! advertía con lucidez el joven Antonio.

 

3°) Organización de un bloque hegemónico

El Partido no es para Gramsci simplemente “el partido de los proletarios unidos”, sino un espacio mucho más complejo, capaz de expresar y sintetizar intereses pluriclasistas (y hasta contradictorios entre sí) mediante una “dirección” unificada que los rescate de sus particularidades y los enfrente con el enemigo real.

Y aquí –como no podía ser de otra manera para un político italiano- el diálogo con Maquiavelo es tanto o más importante que con Marx (ver sus “Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno”). El Partido no es ni un Príncipe, ni una elite burguesa, el Partido es un “organismo”, es decir “la primera célula en la cual se reasumen los gérmenes de voluntad colectiva que tienden a volverse universales y totales”.

Pero esto no es fácil y -para que un Partido tal exista “y se vuelva históricamente necesario”, deben reunirse en él tres tipos diferentes de elementos. Primero, "Un elemento difuso, de hombres comunes, medios, cuya participación sea ofrecida por la disciplina y por la fidelidad”. En segundo término, “El elemento cohesivo principal... dotado de fuerza altamente cohesiva, centralizadora y disciplinadora”, a veces identificado por Gramsci como el capitán (o príncipe), cuya función principal será “centralizar, organizar y disciplinar” ese primer elemento difuso (transformándolo en su potencial ejército); y sobre la interacción de ambos nos advertirá: “con sólo este elemento (el capitán) no formarían un partido, sin embargo lo formarían más que el primer elemento considerado (la masa).bSe habla de capitanes sin ejército, pero en realidad es más fácil formar un ejército que a los capitanes”.

Y, por último, para que esa relación se lleve a cabo será necesario, “Un elemento medio, que articula el primer con el segundo elemento, que los pone en contacto, no sólo física, sino moral e intelectualmente...”. Estos son los oficiales de ese ejército, los “cuadros”, posición donde los intelectuales tendrán un lugar preferencial.

Y hasta aquí llego, amigo lector. Si desea seguir conversando y discutiendo con Gramsci, atrévase con sus “Escritos Políticos”, cuya edición castellana de Pasado y Presente está en Internet a un click de distancia. Sólo modernizando y elevando el debate político argentino, será posible construir un bloque político capaz de revertir el pronunciado declive que soporta nuestra querida República Argentina. Lo demás es viento de palabras huecas y repetidas hasta el aburrimiento.