08 30 aimoCristian Aimo

Hay ideas que aparecen en una entrevista y uno tiene la sensación de haberlas escuchado antes. No porque sean nuevas, sino porque consiguen ponerle palabras a algo que hace tiempo está ocurriendo delante de nuestros ojos, mientras nosotros seguimos mirando una pantalla.

Eso me pasó al escuchar recientemente a Jaime Durán Barba hablar sobre las nuevas formas de votar, la política y esa transformación silenciosa que ocurre detrás de los teléfonos.

La política dejó de ser solamente una disputa por las ideas para convertirse, cada vez más, en una disputa por la atención.

Y cuando la atención se convierte en mercancía, el pensamiento empieza a cotizar barato.

Venimos de una época en la que para defender una idea había que construir un argumento. Había que leer, discutir, escuchar al otro y aceptar, alguna vez, que podía tener razón. Un libro tenía un principio, un desarrollo y un final. La política, con todos sus defectos, también se construía sobre proyectos, historias y horizontes.

Hoy todo parece tener que caber en quince segundos.

Una tragedia internacional aparece junto a un perro haciendo una pirueta. Después un político grita frente a una cámara, luego una guerra, una receta, un escándalo, una canción, una muerte, un meme. Todo pasa por la misma pantalla, a la misma velocidad y muchas veces con la misma intensidad emocional.

Es lo que Durán Barba llama una “mente escroleada”.

Y quizás ahí esté una de las claves para entender la política contemporánea: ya no necesariamente gana quien tiene la mejor explicación. Muchas veces gana quien consigue detener el dedo durante unos segundos.

Javier Milei y Donald Trump, más allá de sus diferencias y de la valoración que cada uno pueda merecer, entendieron ese nuevo lenguaje: provocar también es comunicar, irrumpir también es disputar el relato y una frase de impacto puede viajar mucho más rápido que cien páginas de un programa.

Pero una democracia no puede alimentarse eternamente de frases de impacto.

Detrás de esta transformación tecnológica existe otra, más profunda: estamos cambiando nuestra relación con la autoridad. Muchas instituciones que durante décadas ordenaron nuestra vida colectiva fueron perdiendo capacidad de representar. Y cuando las instituciones dejan de ser creíbles, aparece el descreimiento; cuando el descreimiento se convierte en hartazgo, aparece el voto negativo.

No siempre votamos por alguien. Muchas veces votamos contra alguien.

Quien vota por un proyecto está dispuesto a esperar, tolerar dificultades y mirar más allá del presente. Quien vota solamente para castigar puede cambiar de dirección con la misma velocidad con la que cambia de pantalla.

Ahí aparece una de nuestras grandes paradojas argentinas: queremos cambiar, estamos cansados del presente, pero todavía no encontramos una alternativa capaz de convertirse en esperanza colectiva.

Y detrás de esa disputa por la atención existe una realidad que no cabe en un video de quince segundos: la inteligencia artificial y la automatización están transformando el mundo del trabajo. La pregunta que deberíamos estar discutiendo es sencilla y enorme:

¿Qué vamos a hacer cuando una parte importante del trabajo que hoy sostiene nuestras vidas deje de existir o cambie radicalmente?

La política debería estar pensando en eso. La escuela, los sindicatos, las empresas y nosotros como sociedad también.

En una sociedad acostumbrada a consumir información a la velocidad del scroll, distinguir entre lo verdadero y lo fabricado puede convertirse en una de las grandes batallas democráticas de los próximos años.

¿Qué queda de la democracia cuando la emoción puede fabricarse industrialmente y la mentira puede tener el rostro de la verdad? Quizás no tengamos todavía la respuesta. Pero sí sabemos algo: necesitamos recuperar el derecho a detenernos. A leer una noticia completa. A escuchar una idea con la que no coincidimos. A pensar antes de compartir.

Y hace unos días, casi como una pequeña señal, me ocurrió algo que me devolvió un poco de esperanza. Mientras caminaba haciendo gimnasia por la zona sur, vi a una adolescente sentada bajo un árbol. Tenía puestos sus auriculares y estaba leyendo un libro.

Seguí caminando, pero aquella imagen se me quedó adentro. En medio de una ciudad atravesada por pantallas, mientras todo parece empujarnos hacia la velocidad, aquella muchacha estaba allí, pasando las páginas de un libro.

No sabía quién era ni qué estaba leyendo. Tampoco hacía falta. Pensé: quizás no todo esté perdido. Quizás todavía haya chicos que necesiten algo más que una pantalla que les diga qué mirar, qué pensar y hasta qué sentir. Quizás todavía existan jóvenes capaces de buscar respuestas en otro lugar. Aquella escena pequeña me pareció una forma de resistencia. Una muchacha bajo un árbol, leyendo, mientras millones deslizan el dedo. Y quizás las grandes transformaciones comiencen justamente así: con alguien que decide detenerse mientras todos corren.

Porque el gran peligro de esta época quizás no sea que dejemos de pensar, sino que pensemos cada vez durante menos tiempo. Que opinemos antes de conocer, juzguemos antes de escuchar y reaccionemos antes de comprender. Que confundamos información con conocimiento y velocidad con inteligencia.

Y eso también explica parte de nuestra Argentina: una sociedad cansada, fragmentada y desconfiada que reclama cambios, pero que muchas veces ya no tiene paciencia para construirlos. Queremos respuestas inmediatas para problemas que tardaron décadas en formarse.

Una sociedad no se reconstruye con un clic. Una economía no se transforma con un tuit. La educación no se arregla con una consigna. Y la democracia no se fortalece simplemente cambiando de presidente.

El problema argentino no es solamente quién gobierna. También es qué sociedad estamos construyendo mientras discutimos quién gobierna.

Quizás haya llegado el momento de recuperar algo que parece antiguo y que, en este tiempo, puede convertirse en revolucionario: la pausa.

Porque en un mundo diseñado para que todo pase rápido, detenerse a pensar puede ser un acto de resistencia. Tal vez aquella adolescente debajo de un árbol me haya recordado algo sencillo: todavía podemos levantar la mirada del teléfono, escuchar al otro, leer una página completa y darnos el tiempo necesario para pensar.

Porque en esta Argentina donde todos parecen tener algo urgente que decir, quizás lo verdaderamente revolucionario sea volver a escuchar. Leer, dudar, pensar, y recién después, elegir.