Mario Casalla
(Especial para Punto Uno)
Como decíamos en nuestro artículo del domingo pasado, las ideologías estuvieron presentes a lo largo de toda la historia moderna y contemporánea de la humanidad. Recordamos también aquella frase irónica de Carlos Fuentes: “Cada vez que alguien proclama el fin de las ideologías yo me pregunto, ¿Cuál será la suya?”.
El debate sobre el fin de las ideologías -provocado inicialmente por un artículo de Francis Fukuyama- ha perdido intensidad como tal, pero se mantuvo en sordina en la polémica sobre “la muerte de la vieja política”. Este a su vez desembocó en el reemplazo de la política por un cierto modelo “administrativo y eficiente” que arremetió contra las ideologías, los partidos políticos y casi todo lo que a ellos está asociado.
El modelo denominado Neoliberal, o el curioso anarco capitalismo actual, ejemplifica muy bien de qué va este reemplazo. En Europa el derrotero fue el que señalamos antes, veamos ahora cómo jugaron las ideologías y los ideólogos en nuestra experiencia histórica, argentina y latinoamericana, diferente de aquella otra.
Ideología y emancipaciones
Vayamos al caso americano. Entre nosotros el término “ideología” no nació desprestigiado; la primera de las filiaciones descriptas (la ideología como pensamiento ligada a la acción, al sentir) tuvo un peso destacado en la gestación de nuestras jóvenes nacionalidades y en la reunión de las primeras generaciones políticas del período de la independencia (primera mitad del siglo XIX). Los fundadores de patrias -a partir de la crisis del sistema colonial español- y los intelectuales que los acompañaron, no pocas veces reclamaron para sí el nombre de “ideólogos”.
El caso argentino es palmariamente así: hablamos de “ideólogos de la Revolución de Mayo” e ideología fue lo que se enseñó en la primera cátedra de Filosofía de la flamante Universidad de Buenos Aires (Juan Manuel Fernández de Agüero, en 1822).
La denominada “Generación del ’37” (Alberdi, Echeverría, etc.) era eminentemente una generación ideológica que -como tantas otras- apostó a rodear al “príncipe” (Rosas) e imponer a través de él sus principios y estrategias para construir el país. No pudo, porque Rosas era también a su modo un ideólogo (“doctrinario”, era el término que usaba), cuya célebre “Carta de la Hacienda de Figueroa” nos da una excelente pista sobre el debate de la época.
También encarnaron por cierto una ideología los hombres de la “Generación del “80” (Mitre, Roca, Avellaneda, etc.) y estaban muy ciertos de ella. Bartolomé Mitre puso como lema del diario que fundara y llega hasta nosotros (La Nación) aquello de: “La Nación será una tribuna de doctrina”.
Sobre la marcha
En suma, que América Hispánica -a diferencia, quizás, de la portuguesa y la sajona- se constituyó fuertemente influenciada por las ideologías. Por pensamientos raigalmente ligados a la acción, al calor de los cuales se improvisó una clase dirigente y surgieron las instituciones de organización primaria de sus respectivas sociedades.
Pensamientos esencialmente “desprolijos” y asistemáticos -medidos con la vara externa de otras realidades-, en los cuales se oscila del mero reflejo de la anterior situación colonial, a la novedad que exigían las nuevas realidades emergentes -pasando, en la mayoría de los casos de esta primera etapa-, por una adaptación y mestizaje muy singular.
Con todo, ese es nuestro estilo y nuestra tradición ideológica (poblada a su vez de “traiciones” que hicieron época) realidad que no podemos ignorar al debatir situadamente el tema de la ideología. Aquí eso menta un tipo de pensamiento que se estructura a partir de las necesidades prácticas de la política y la sociedad –no hay tiempo para la elaboración de teoría pura o académica, mientras todavía se peleaba en el campo de batalla y en ese sentido jugaron en general un papel transformador. A las teorías y dogmas que sustentaban el orden colonial, se le opusieron ideologías de la más absoluta heterodoxia, nacidas más de la punta de la espada libertaria que de la sobria austeridad de los claustros (ligados éstos, en sus mayoría, al catecismo colonial de los libros permitidos).
No hay prácticamente ningún gran caudillo de la emancipación americana, a cuyo lado no encontremos un “ideólogo”, bajo la figura del “secretario”: Bernardo Monteagudo cumplió ese papel al lado de San Martín y otro tanto ocurrió con Simón Rodríguez junto a Bolívar. Ambos son muy representativo en ese sentido. Pasando del siglo XIX al XX, esa tradición se continúa.
Los grandes movimientos políticos o partidos nacionales americanos (el APRA peruano, el MNR boliviano, el PRI mexicano, el Justicialismo y el Radicalismo en la Argentina, entre muchos otros) surgieron como fuerzas esencialmente ideológicas, antes que como aparatos burocráticos atentos a la clientela política y al sufragio ocasional. No es casual, por esto mismo que, en medio de la actual situación y del mundo complejo y diferente que asoma en este del siglo, sufran hoy radicales crisis de identidad.
Muchos han soportado sus primeras derrotas electorales serias y otros se debaten en medio de contradicciones profundas en las que se juega su propia razón de ser. El siglo XXI en su segunda década, los obligará a profundizar ese debate y determinar con mayor precisión qué es eso de una nueva política.
Oficialismos y oposiciones
Está claro que muchos de los viejos partidos ideológicos han implosionado, el problema está ahora en aquello que surge como su posible reemplazo.
Aquí el panorama general es confuso: es evidente que los gobiernos han girado hacia la derecha o ultraderecha (tal el caso de Milei en la Argentina, Vox en España, el partido Likud que comanda Benjamín Netanyahu en el Estado de Israel y el republicano Donald Trump en los EEUU).
Una característica común de estos gobiernos de ultraderecha es que todos ellos están relacionados con la corrupción y los negociados, estos sin embargo no los han desestabilizados. Los respectivos Poderes Judiciales no parecen tener demasiada prisa para actuar como corresponde. Y ¿qué pasa con las respectivas oposiciones?.
Aquí el panorama también es muy confuso. Razones hay varias, pero señalemos algunas importantes. En primer lugar, los oficialismos de ultraderechas no surgieron de un golpe de estado que los haya impuesto por la fuerza, sino que surgieron de elecciones que ganaron y en algunos casos por una apreciable cantidad de votos. Esto a pesar de que propusieran explícitamente programas de ajuste y sacrificios, por tanto, la gente sabía qué estaba votando.
En segundo lugar, pasó un tiempo relativamente largo hasta que asomaron las primeras quejas y disidencias, por tanto en ese período de dudas esos gobiernos legalizaron por vía parlamentaria los ajustes estructurales. En consecuencia, volver a poner las cosas en un lugar favorable para el pueblo, será una tarea difícil y delicada (pero posible, claro está).
Y en tercer lugar, las diferentes oposiciones muestran todavía una relativa falta de unidad que les permita ganar las elecciones de recambio presidencial, ante lo cual la gente está más expectante que movilizada. Porque esa movilización sólo se produce cuando se advierte en la vereda de enfrente un programa claro de gobierno y dirigentes capaces de llevarlo adelante.
Permítaseme recurrir al arte el cual, no pocas veces, ilumina al camino de la política y de las ideologías. En este caso a Leopoldo Marechal en su novela “Megafón o la guerra” de 1970, que en su última página vaticina: “Sea como fuere, todo está aquí en movimiento y como en agitaciones de parto. ¡Entonces dignos compatriotas recomencemos otra vez! Así lo aconsejaba Homero, gran farol de la historia, que sabía un kilo. ¡Y adiós que me voy!”.
Nosotros también, amigo lector y nos encontramos el próximo domingo.

Franco Hessling Herrera
Mario Casalla
Natalia Aguiar