07 26 casallaMario Casalla
(Especial para Punto Uno)

En momentos claves de la política, las elecciones presidenciales por ejemplo, está claro que la discusión de fondo no es sólo de nombres o partidos sino de modelos o proyectos en los cuáles se ve la ciudadanía imaginariamente representada. Tal cosa ocurrirá entre nosotros el próximo año (2027) cuando también seguramente polarizaremos entre un modelo anarco capitalista (tal lo como lo designa el actual presidente) y un modelo nacional y popular (en el sentido latinoamericano de esos términos).

En ambos casos se tratará de opciones entre ideologías, digámoslo sin más y sin ponernos colorados. Porque lo que en realidad se discuten –por detrás de toda esa parafernalia de marketing y candidatos- son ideas, valores y prácticas consecuentes, algo que la filosofía política y la economía vienen planteando con mucho más rigor conceptual y axiológico.

Es que esas discusiones –conceptualmente hablando- son ideológicas. Por eso, nos gustaría compartir con ustedes algunas líneas sobre el término ideología injustamente demonizado, o más bien “estratégicamente” desplazado en los discursos políticos o sociales.

 

La ideología desde el poder

La ambigüedad del concepto de ideología, nació al mismo tiempo que su creación (Desttut de Tracy, 1801). El enfrentamiento de Napoleón con los ideólogos, preanuncia ya los avatares futuros de la ideología, cuando ésta es abordada desde el ejercicio concreto del poder. Utilizada inexorablemente para “llegar” (en tanto herramienta que permite oponerse a ese otro que monopoliza el uso de la fuerza y el aparato político) es de suma utilidad en el camino de ida. El llano es prolífero en ideologías y utopías. A lo que Cicerón llamaba “el derecho de las bestias” (la fuerza física) se le suele oponer “la fuerza de las ideas”, que va socavando socialmente la legitimidad de ese poder constituido hasta tornarlo intolerable.

Es la etapa heroica de las grandes proclamas, los programas alternativos y las promesas de un futuro mejor y posible. Mientras Napoleón estaba en carrera, se enorgullecía de pertenecer al Instituto Nacional donde se agrupaban los ideólogos. Ese mismo orgullo estaba presente cuando firmaba las proclamas del ejército como “General en Jefe, miembro del Instituto”; o cuando reclamaba para sí el título de “héroe de las ideas liberales”. Como no le fue de utilidad cuando llegó al poder supremo, entonces despreció sin más trámites a los ideólogos (“abstrusos metafísicos”) suprimió las clases de Ciencias Morales y Políticas del Instituto (en 1803) y a la sección de Lengua y Literatura Francesa la puso a redactar un diccionario y a trabajar en obras clásicas y orientales. Tareas mucho menos peligrosas para su poder, claro.

Primera conclusión: la valoración de la ideología, cambia según el lugar desde donde se la haga. Suele serlo más desde el llano, que desde el gobierno. Sirve más para llegar, que para gobernar. Para el gobernante -que la necesitó para llegar- suele transformársele en una testigo incómoda de antiguas lealtades y promesas que, muchas veces, dificultan el ejercicio pragmático del poder. De aquí este desprecio a posteriori.

 

La ideología desde la oposición

“Cada vez que alguien proclama el fin de las ideologías yo me pregunto, ¿Cuál será la suya?”, así comienza el novelista mexicano Carlos Fuentes un breve pero sugestivo artículo periodístico. La pregunta vale, porque de lo anterior se desprende la voluntad de la ideología (en el poder) de enmascararse y aparecer en público como un producto no ideológico, como una suerte de “verdad” (natural y espontánea) que se explica por sí misma.

De ahora en más, ideólogos son los otros y esto -desde el poder- suena más a anatema que a reconocimiento. Pero sigamos con el ejemplo de Napoleón -por lejano acaso menos irritativo que otros más actuales-. Recordemos que el corso no gobernó sin ideología en sentido estricto: lo que hizo fue cambiar una por otra. La de los años del ascenso (liberal y revolucionaria) fue trocada en otra (reaccionaria y conservadora). No era tonto, ya que -instalado en la cima del poder- el problema no era ahora llegar sino mantenerse, por tanto, no se trataba de agitar sino de calmar.

Cuando en 1802 Chauteaubriand le dedicó la primera edición de su “Genio del Cristianismo”, descubrió que la religión y la alianza con la Iglesia eran más rentables que las ideas de los “enfants terribles” del período revolucionario. No vaciló ni un instante: ¡París bien valía una misa!. De allí en más consideró al ateísmo como el “principio destructor de toda organización social” y le prohibió a Lalande seguir publicando sus obras. El anciano sabio obedeció –con un gesto que también haría escuela-, considerando esa orden una “invitación fraternal”. A su vez, D’alambert y Diderot eran ridiculizados en público por el mismo Chauteaubriand, sin que nadie los defendiese. La revolución triunfante, era ahora el régimen.

Segunda conclusión: no se gobierna sin ideología. Lo que suele ocurrir es que ésta se cambie al llegar al poder. Los “sueños de juventud”, son mutados por la nueva realidad. Esto generalmente se recubre con el manto de la “responsabilidad del estadista”, aunque en otros responda a un sano realismo. Cosas que, por supuesto, no son lo mismo.

 

Pensamiento y realidad

Hay también otro tipo de ambigüedad en el uso y valoración del concepto de ideología, que merece ser destacada.

Para unos, la ideología es el pensamiento encarnado en la vida, en las sensaciones y su fin último es esencialmente práctico (en este sentido, ideología se opone a saber abstracto o a doctrinas inmutables). Para otros, en cambio, la ideología es el enmascaramiento de la realidad, una visión deformada que impide la acción verdadera (en este caso, ideología suele oponerse a ciencia). En la primera línea está Desttut de Tracy, quien recoge una tradición anti platónica que viene en lo inmediato de Condillac y más atrás de Bacon, Locke y Hume; es también una reacción contra el trascendentalismo kantiano.

En la segunda línea, están Hegel y Marx y -de otra manera- Schopenhauer y Nietzsche. Para Desttut de Tracy, “Pensar es sentir una sensación. Pensar es siempre sentir”. A la fórmula cartesiana (“pienso, luego existo”), opone otra: “siento, luego existo”; o, con sus propias palabras: “yo no existo más que por lo que siento”. El pensamiento se origina en lo sensible y debe permanecer en él.

De aquí surge toda una línea que desembocará en el positivismo, pero también en la denominada “filosofía de la vida” o vitalismos. Para Hegel, en cambio, la idea nace fuera del mundo de la vida y debe llegar a reencontrarse con él. Radicalizando esta posición, aparecerá Marx, para quien la ideología es también el “falseamiento” de lo real, basándose para ello no sólo en Hegel, sino en la crítica a la religión de Feuerbach. Como antecedente, agreguemos que ya Maquiavelo había puesto en claro el “desvío”, entre la realidad y las ideas políticas que de ella nos hacemos.

Otro es el caso de Schopenhauer y Nietzsche, ambos también furibundos críticos de la ideología. Pero con una diferencia fundamental respecto de Hegel y Marx: mientras que la crítica de estos últimos a la ideología se basa en su presunto desajuste con lo racional (ideología se opone en ellos a Ciencia), lo que Schopenhauer y Nietzsche criticarán es -al revés- el extremo racionalismo que asocian sin más con el término ideología. Tercera conclusión: ¿De qué hablamos entonces cuando hablamos de ideología? Esas dos filiaciones implican diferencias notorias: ¿nos referimos a ese pensamiento ligado a lo real, a la sensación, que proclama Desttut; o acaso hablamos de ese “enmascaramiento” que denunciaran Hegel y Nietzsche? Evidentemente, hablaríamos de cosas muy diferentes y extrayendo de eso comportamientos teóricos y prácticos absolutamente distintos. A su vez, en la expresión “fin de las ideologías”, ¿a cuál de las dos filiaciones del término nos decidimos?

Atención que en un caso estaríamos proclamando la muerte del pensamiento político y en el otro, su resurrección. Es necesario volver a plantearse (situadamente) una filosofía de la praxis acorde con nuestras circunstancias. Caso contrario, seguiremos alimentando un juego estéril y peligroso. Por esto mismo nos parece conveniente decir, aunque más no sea algunas palabras, acerca de qué ocurrió entre nosotros con el término ideología. Si le parece lo hacemos el próximo domingo amigo lector.