Así lo señaló el doctor en Antropología e investigador del CONICET en diálogo con Punto Uno. Analizó cómo se construye la campaña anti Argentina y por qué considera que el país debe rechazar las simplificaciones sin dejar de revisar sus propias deudas sociales.
En las últimas semanas se instaló en redes sociales una imagen muy negativa de la Argentina. ¿Existe una campaña para asociar al país con el racismo?
- Hay una combinación de factores. Existen intereses concretos, algunos hechos reales que son exagerados hasta el extremo y un funcionamiento de las redes sociales que potencia esos discursos. Pensar que lo que ocurre en internet no tiene consecuencias es un error. Estas narrativas pueden influir en la forma en que la Argentina y los argentinos son percibidos en el mundo.
¿La Argentina es un país racista?
- No existe ningún indicador internacional que permita afirmar que la Argentina sea el país más racista del mundo. Esa afirmación es absurda. Sin embargo, negar que aquí existen expresiones de racismo también sería un error. Hay personas que sufren discriminación y eso merece ser debatido y enfrentado.
Muchas veces se dice que en la Argentina el problema es más el clasismo que el racismo…
- Las dos dimensiones están profundamente vinculadas. En nuestro país, términos como "negro" suelen utilizarse para señalar una condición social antes que un color de piel. Pero eso no elimina el componente racial. Históricamente, la pobreza, ciertos rasgos indígenas y determinados colectivos migrantes quedaron asociados a formas de discriminación.
¿Quiénes son las principales víctimas de esa discriminación?
- Las investigaciones muestran que la xenofobia suele dirigirse especialmente hacia inmigrantes bolivianos y paraguayos, y en muchos casos esa hostilidad está relacionada con rasgos indígenas. En la práctica, racismo y xenofobia aparecen entrelazados.
Usted sostiene que la Argentina tiene una percepción distorsionada sobre su propia identidad.
- Durante mucho tiempo predominó la idea de que somos un país exclusivamente europeo. Sin embargo, distintas investigaciones muestran que una parte muy importante de la población tiene ascendencia indígena. Existe una distancia entre el relato tradicional sobre quiénes somos y la composición real de la sociedad argentina.
¿Es posible medir el racismo?
- Es muy complejo. No alcanza con preguntar si alguien aceptaría vivir junto a una persona de otra raza porque ese concepto no significa lo mismo en todos los países. Hay que formular preguntas adaptadas a cada contexto cultural para comprender realmente cómo funcionan los prejuicios.
¿Qué papel juegan la política y los discursos públicos?
- Las declaraciones de dirigentes y funcionarios tienen impacto. Cuando figuras públicas realizan comentarios discriminatorios o estigmatizantes, contribuyen a consolidar una imagen negativa del país y dificultan la construcción de una convivencia más igualitaria.
¿Las redes sociales agravan el problema?
- Sin dudas. Los algoritmos premian la confrontación, exageran los conflictos y multiplican los mensajes más extremos. Eso favorece la polarización y vuelve mucho más difícil sostener discusiones serias sobre temas sensibles.
¿Cuál debería ser la respuesta de la sociedad argentina?
- Hay que rechazar las descalificaciones simplistas que presentan a la Argentina como un país excepcionalmente racista. Pero, al mismo tiempo, debemos asumir que existen prácticas discriminatorias que afectan a muchas personas. Defender la imagen del país no puede implicar negar problemas reales. La mejor respuesta es fortalecer una sociedad más inclusiva y cumplir con el espíritu de una Constitución que se define abierta a todas las personas del mundo que quieran habitar el suelo argentino.
