Antonio Marocco
Con los años uno se va dando cuenta lo importante que se vuelven las cosas que aprendemos o no aprendemos de chicos. Hay cosas que se quedan grabadas y nos acompañan toda la vida. Por ejemplo, hace algunos días me venía a la cabeza aquella frase popular que advierte sobre la soberbia como el peor de los pecados. Para quienes compartimos la fe cristiana, la soberbia se representa como un pecado capital, el pecado original que cometieron quienes se percibieron y actuaron como Dios.
Pero más allá de la connotación religiosa, la soberbia es un sentimiento nocivo, un vicio inconducente que ha acompañado más retrocesos que avances desde el origen civilizatorio mismo. En los albores del pensamiento político secular, Nicolás Maquiavelo le reservó gran parte de su obra al análisis sobre la legitimidad de la autoridad, las formas del ejercicio del poder y los efectos o resultados que producía. Decía que la naturaleza de los hombres soberbios y viles es mostrarse insolentes en la prosperidad y abyectos y humildes en la adversidad. Suena tan actual: la arrogancia se despliega en las buenas como si fueran eternas, hasta que en algún momento se precipita una tormenta que obliga a tomar un baño de humildad.
Pero la humildad tampoco es una virtud en sí misma ni una cosa dada, es algo que se trabaja y se aprende cada día, una forma de mirar y moverse. Cuando se respeta, cuando se dialoga, cuando se aprende, cuando se estudia, cuando se comprende y acepta lo diferente.
Por suerte también tenemos de esos buenos ejemplos.
Esta semana conmemoramos los 100 años del nacimiento del Padre Benito Honorato Pistoia, ese cura franciscano, que amen de promover uno de los clubes más importantes del norte argentino, fue un hombre que puso su vida al servicio de los más humildes. Fue uno de esos sacerdotes que estaba en los márgenes, donde era más valioso, donde era más necesitado, donde sabía que podía ayudar a cambiar más vidas. Italiano de nacimiento y salteño por adopción, Pistoia era una persona de carácter firme pero también con sentido del humor. Su obra trascendió ampliamente la dimensión religiosa, fue periodista, docente y dirigente deportivo. Vivía como un salteño más, andaba por las calles de nuestra ciudad en una motoneta Vespa que lo llevaba de Juventud Antoniana a radio LV9, o del Instituto Tommasini a la universidad.
Esa misma entrega al prójimo y sencillez que definía al Padre Pistoia es la que, hace más de dos siglos, el pueblo salteño reconoció en Güemes cuando fue electo como el primer gobernador de nuestra provincia. En mayo de 1815 se constituyó como el primer mandatario elegido por amplia mayoría popular en todo el territorio de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Esa semilla de soberanía es la que hoy nos inspira a seguir defendiendo a los salteños frente a la desigualdad que se promueve con planillas desde el centro del país.
Entender que, ante la soberbia de quienes se muestran insolentes en la prosperidad y pretenden ignorar la realidad del interior, nosotros respondemos con austeridad, trabajo y un programa de desarrollo para que el Estado de Salta siga estando donde los salteños necesiten que esté.
Columna emitida por FM Aries

Mario Casalla
Franco Hessling Herrera
Antonio Marocco