03 29 escalabriniPor Mario Casalla
(Especial para “Punto Uno”)

En este próximo mes de abril los argentinos recordamos la denominada Guerra de Malvinas, causa inclaudicable del pueblo argentino, pero aventura desesperada y pésimamente planificada por la dictadura militar de turno que esperaba así perpetuarse en el poder.

Nuestras Islas Malvinas fueron ocupadas en enero de 1833, hace 193 años, cuando fueron ilegalmente invadidas por fuerzas británicas que desalojaron a la población local y a las autoridades argentinas, reemplazándolas por súbditos británicos, instaurándose desde entonces medidas restrictivas para evitar nuestra vuelta al lugar.

Desde entonces, los intereses ingleses sobre nuestro país no dejaron de crecer, así como su negativa a discutir la soberanía de las islas, a lo cual incita cada año la Asamblea General de las Naciones Unidas (Resolución 2065/1965) para “resolver la controversia de soberanía”. Reconoció así la existencia de una disputa, la calificó como una situación colonial y solicitó negociaciones pacíficas. Claro como el agua, pero el Reino Unido sentado en el Consejo de Seguridad, veta sistemáticamente esa resolución de la Asamblea General. Un mecanismo perverso que desnaturaliza esas decisiones y que responde a las potencias triunfales en la Segunda Guerra Mundial.

Conformado ese Consejo por quince Estados, cinco son miembros permanentes: EE UU, Reino Unido, Francia, Rusia y la República Popular China y diez miembros no permanentes. Estos últimos van cambiando periódicamente, pero no tienen derecho a veto. Su punto de partida es también harto significativo: celebró su primera sesión el 17 de enero de 1946 en Church House, Westminster, Londres y actualmente está instalado en la sede de la ONU en Nueva York.

 

Falsas ilusiones

Nadie como el argentino Raúl Scalabrini Ortiz (1898-1969) para poner al descubierto la trama de los intereses ingleses en la historia argentina y latinoamericana y la forma como estos influyeron en la conformación de nuestras jóvenes (y dependientes) nacionalidades. Supo ver detrás del desarrollo de las ubérrimas pampas argentinas, la mano oculta de la diplomacia y el comercio inglés y sus reales intereses económicos.

Durante la década del ’30 del siglo pasado, estudió con detenimiento y precisión el notable progreso argentino -a cien años de la independencia de España- y llegó a una conclusión inapelable: no es el desarrollo autónomo de un pueblo libre y dueño de sus propias decisiones, sino el de una colonia relativamente próspera, en tanto y en cuanto trabaja como factoría al servicio de Inglaterra. Los gobiernos de Macri y el actual de Milei son ejemplos palpables del desinterés por la causa Malvinas, más potenciado aún por el alineamiento automático que éste último ha adoptado en material de política internacional.

Así, en medio de una Argentina presumida, que creía estar al margen del resto de América Latina, que se veía a sí misma como “la París de América” y que creía por eso mismo estar a salvo de las grandes crisis que se aproximaban a nivel mundial, Raúl Scalabrini Ortiz , “El hombre que está solo y espera” tal cual reza el título de una obra suya publicada en 1933, denunciaba: “Todo lo que nos rodea es falso e irreal, falsa la historia que nos enseñaron, falsas las creencias económicas con que nos imbuyeron, falsas las perspectivas mundiales que nos presentan, falsas las disyuntivas políticas que nos ofrecen, irreales las libertades que los textos aseguran”.

Y esto no tiene nada que ver con ninguna maldición metafísica, ni con ninguna degeneración congénita que supuestamente pesara sobre el ser nacional de los argentinos o latinoamericanos (explicación muy a la moda entonces, tómense por casos a Murena o a Martínez Estrada). Sí tiene que ver con mecanismos muy concretos y reales del despojo económico a que fueron sometidos estos pueblos por el colonialismo inglés cuando éste pudo reemplazar al español.

Y lo decía sin medias tintas y sin pelos en la lengua: “La riqueza argentina es aparente, pues el capital extranjero invertido en nuestras tierras, inglés en su inmensa mayoría, constituye una enorme hipoteca que succiona día a día la sangre de los argentinos. Son 19.723 millones que reditúan aproximadamente unos mil millones anuales El pueblo siente esa mole de números, ignorándolo. Los siente como una presión que lo rodea y desplaza de su propio país y que lo va transformando en un peón de campo que trabaja para que otros medren y gocen a su costa, los siente como una fuerza que lo estrangula y va haciendo de él, hombre libre y orgulloso de serlo. Los comerciantes ingleses cumplieron la obra que sus soldados no pudieron realizar en 1806”. Sustituya usted en estos párrafos, amigo lector, la expresión “ingleses” por “norteamericanos”, o “globales” y tendrá una perfecta actualización al presente latinoamericano en esta descripción escrita hace ya muchos años.

Y si quiere ser más preciso aún para el caso argentino, donde Scalabrini decía 19.723 millones ponga usted que la deuda externa argentina actual alcanzó un valor nominal de 316.935 millones de dólares durante el tercer trimestre de 2025, superando así el 46% del PBI y verá el camino peligroso que hoy a volvemos recorrer de la mano de Milei/Macri y su autoproclamado “mejor equipo de gobierno de los últimos setenta años”.

Como advertirá, en esta curiosa alquimia colonial argentina y latinoamericana, se cumple también el principio de la energía de Einstein: nada se pierde, todo se transforma. O si usted lo prefiere, piense en el mecanismo freudiano de la “repetición” que –convenientemente potenciado- desemboca en la denominada psicosis (más comúnmente conocida como “locura”).

 

Volver a la realidad

Sin embargo, aquella Argentina opulenta de comienzos del siglo XX estaba orgullosa de sí misma. Más aún, por la boca de algunos de sus prohombres, se vanagloriaba de ser prácticamente una factoría inglesa en Sudamérica. En 1933 había firmado con Inglaterra un tratado de comercio (conocido como Pacto Roca-Runciman) y los cables noticiosos transmitían desde Londres que el jefe de esa misión comercial argentina (y a la vez vicepresidente de la Nación!), Julio A. Roca (h), decía –sin ponerse colorado- “La Argentina, por su interdependencia recíproca es, desde el punto de vista económico, una parte integrante del Imperio Británico”. Ante lo cual, un miembro de la Cámara de los Comunes, devolviendo la gentileza, opinaba: “Siendo de hecho la Argentina una colonia de Gran Bretaña, le convendría incorporarse al Imperio”.

Aquélla Generación del Centenario aceptaba (hasta con gusto) esa mentirosa propuesta, esperemos que las actuales sean capaces de reaccionar a tiempo ante las nuevas ofertas de esta Rubia Albión, época a la cual sueña también Milei explícitamente a volver. Porque tampoco los EEUU nos darán a nosotros la ayuda que sí prestarán a su madre patria y aliada fidelísima (Inglaterra).

Puerto Rico fue la última y generosa excepción que los EEUU le hicieron a un país latinoamericano, pero hoy tampoco quieren “estados libres asociados”, sino mercados emergentes y compradores que sean buenos clientes

Por aquellos años ‘30 del siglo pasado, el entonces asesor “argentino” de los ferrocarriles ingleses que circulaban por el país, Sir William Leguizamón, remataba los cables noticiosos que llegaban de Londres declarando: “La Argentina es una de las joyas más preciadas de la corona de su Graciosa Majestad”.

Frente a tanta obnubilación e hipocresía, el mensaje de Raúl Scalabrini Ortiz era tan sencillo como radical: “Es necesaria una virginidad a toda costa. Es preciso mirar como si todo lo anterior a lo nuestro hubiera sido extirpado”. Coincidía, sin saberlo por supuesto, con aquella definición de la política que la joven Hannah Arendt venía incubando del otro lado del Atlántico: la política es “el arte de hacerlo todo de nuevo”. Por esto y a pesar de todas esas realidades económicas –o más precisamente, por ellas- en la portada de “El hombre que está solo y espera”, escribía en 1931: “Estas no son horas de perfeccionar cosmogonías ajenas, sino de crear las propias. Horas de grandes yerros y de grandes aciertos, en que hay que jugarse por entero a cada momento. Son horas de biblias y no de orfebrerías”.

Tenía tan sólo 33 años. Luchador implacable, miembro de la naciente FORJA, es un buen ejemplo para estos tiempos oscuros que corren. Mientras escribo estas líneas el Congreso Nacional trabaja febrilmente para enajenar la totalidad de las empresas públicas que todavía quedan en manos del estado al mejor postor, liberar la totalidad del comercio nacional e internacional al capital extranjero y estudia otorgar al presidente de la Nación “facultades extraordinarias” para todo su período de gobierno, algo expresamente prohibido por la Constitución Nacional.

Con toda justicia, el nombre Scalabrini Ortiz reemplaza en esta ciudad de Buenos Aires, al de George Canning (ministro de Relaciones Exteriores de la corona británica). Una estatua de Canning estaba también en el Salón de los Cuadros del Ministerio de Economía, el cual fue rebautizado como “Scalabrini Ortiz” cuando Axel Kicillof presidía el Ministerio de Economía de la Nación (2013 y 2015).

Amigo lector sabe usted que, en la provincia de Salta, existe también una calle y un colegio denominados Raúl Scalabrini Ortiz. Cuando pase por allí, deténgase un momento y recuerde a este patriota argentino y a nuestras Malvinas todavía usurpadas.