01 29 hesslingFranco Hessling Herrera

Como furgón de cola del presidente norteamericano, Milei podría llevarnos a guerras, ataques terroristas, una deuda externa estratosférica y, además, un compromiso con un delirio de junta de seguridad mundial que pretende dejar atrás el orden al que hasta el momento le depositábamos confianza. 

No es ninguna sorpresa que la invasión estadounidense en territorio venezolano para eyectar al poder nada tuvo que ver con liberar al pueblo venezolano, defender la democracia o restaurar un orden institucional que había sido mancillado por la dictadura de Nicolás Maduro.

El gobierno de continuidad de Delcy Rodriguez goza de buena salud y es un mal necesario para Donald Trump, ya que es quien reúne consensos dentro de las estructuras de poder que durante décadas se fueron sembrando en los organismos y fuentes de poder del país caribeño. Sin Delcy, que intermedia entre fuerzas militares y políticas mejor que cualquiera, lo de Estados Unidos debería haber sido todavía más burdo. 

Tampoco es sorpresa que esa operación militar tuvo como una de sus intenciones más visibles los recursos naturales del país latino, en particular su dotación petrolera. Con ello, Estados Unidos pretende recuperar su posición estratégica en la economía mundial -igual que con los aranceles que abonan por una guerra comercial- y en sus posiciones militares. Si no hay dominación total de los territorios alrededor suyo, ¿de qué modo podría Trump intimidar a Xi Jiping y su causa por una sola China bajo su égida o a Vladimir Putin y sus apetencias en el Dombás y en gran parte del territorio ucraniano?

En cuanto a esto último hay una clave análitica que merece mayor profundización, el realineamiento geopolítico y las relaciones internacionales a partir de este segundo mandato de Trump. Luego del 3 de enero mucho se ha machacado con que el derecho internacional, los tratados y la marencoche, sin embargo, lo cierto es que tales invocaciones son llantos sobre la leche derramada, porque no es ni la primera ni la única vez en tiempos recientes que tales acuerdos han sido conculcados por los Estados Unidos y también por otras potencias. El embargo a Cuba es un ejemplo cabal aunque no bélico, pero las acciones genocidas de Israel en Gaza, sin ir más lejos, son una muestra irrefutable de esas avanzadas ilegítimas que contravienen el derecho internacional público.  

Por lo demás, la ficción de las mancomunidades internacionales también ha sido muchas veces puesta en evidencias por sus sesgos, inacciones, tendenciosidad y omisiones. De hecho, por su estructura, con sólo cinco países dentro del comité de seguridad, la ONU se pretendía como una suerte de gendarme mundial para equilibrar los pesos de las potencias y evitando ataques frontales entre sí, aunque haciendo la vista gorda sobre las refriegas desenvueltas en otros países, en otros territorios y en otras causas. Aquello que durante en los tiempos de la post-Segunda Guerra Mundial se llamaron las zonas calientes de la Guerra Fría, como Vietnam o Afganistán, o más recientemente el Medio Oriente próximo o las guerras civiles en África. 

Aun así, esas ficciones como el derecho internacional público o la ONU podrán haber tenido todas esas flaquezas, pero eran nuestras ficciones, en las que depositábamos confianza y que nos daban cierta sensación, evidentemente también apócrifa, de orden y sosiego. Con las divergencias en el abordaje de la pandemia, la OMS develó que había ciertos consensos entre potencias que se estaban fracturando. Con la guerra ruso-ucraniana Putin demostró la debilidad bélica de la alianza militar noratlántica OTAN, otro de los ejes estructurantes de ese orden. Los aranceles al comercio internacional han horadado la OMC y, el último golpe maestro, es la constitución de un nuevo cuerpo de seguridad internacional. 

Esa junta que impulsa Trump por estos días y a la que paradójicamente invitó a un genocida, como Benjamín Netanyahu, y a un marginal militar como Javier Milei. Esto último se evidencia en que la última compra bélica de Argentina fueron unos F-16, un tipo de modelo de avión militar que Taiwán -no una potencia militar- adquirió a principios de 1990. Tanto novecentismo puede, a veces, ser perjudicial. En fin, volviendo a la impronta de Trump, en ese nuevo cuerpo hay una ostensible intención de rearmar el orden mundial, desvalijando definitivamente las instituciones que habían imperado desde mediados del siglo pasado. 

Más allá de esas intenciones geopolíticas, que puede prosperar o no, lo cierto es que ante los excelsos recortes que hizo Trump durante su primer año del segundo mandato, las presiones para que restaure algunos gastos públicos están desbordándolo en el fuero interno, incluso entre algunos legisladores republicanos. Frente a ello, los rumores son que durante este año se subirán los presupuestos, el gasto públicos y las inversiones en los Estados Unidos. Y ante esa situación, la junta de seguridad internacional se ha presentado en los medios yanquis como una posibilidad de financiamiento extra: los invitados se comprometerían a pagar la friolera de 1000 millones de dólares como cuota-parte. A este paso, lo menos perjudicial que dejará Milei es la recesión económica, la pobreza en ciernes, la destrucción del sistema científico, productivo e industrial, la inexistencia de la libertad de expresión genuina y el deterioro de las instituciones culturales argentinas como la extinta Télam, el INCAA, el Instituto Nacional del Teatro y un larguísimo etcétera. También nos meterá en guerras, nos dejará deudas externas siderales y compromisos tan pesados como integrar este delirio estratégico de Trump. Ojalá se terminé pronto esta experiencia de gobierno libertaria, que tanto ha hecho para reivindicar la bobera.